Alcanzar la madurez no es cuestión de
edad sino de formación. Algunas personas son maduras a los pocos años de llegar
a este mundo, las circunstancias de la vida les hace perder la inocencia o más
bien la naturaleza infantil con la que nos envolvemos durante muchos años de
nuestra vida.
Así reflexionaba Darío ya jubilado,
apartado de la sociedad y recluido en una Residencia de ancianos adónde iban a
visitarle sus parientes cercanos de tarde en tarde.
-Es la soledad acompañada, me decía
cuando hablábamos por teléfono.
Darío siempre ha sido una persona
optimista, lo fue en la mocedad y continuo siéndolo ya de mayor; afirmaba que
había pocas cosas por las que preocuparse, nada tiene un valor constante y por
lo tanto su naturaleza es endeble, poco consistente como para tomarla en serio.
-Creo que lo único real que hay en
este maldito mundo son mis dolores. Decía esto mientras le ayudaban a
incorporarse de la cama pues una severa artrosis le tenía casi inválido.
Fui a visitarle una mañana de Abril
con un regalo bajo el brazo, era un libro de Paulo Coelho titulado: El
manuscrito encontrado en Accra. Estaba sentado en una especie de tumbona con
una pierna en alto, al parecer no le regaba bien la sangre y estaba en
tratamiento. Me recibió como un niño al que los Reyes Magos le han traído su
añorado regalo, rompió el envoltorio y a la vez que me daba las gracias se puso
a ojearlo al principio y después como si se hubiera quedado solo se enfrasco en
su lectura.
Comprendí que había acertado en el
libro y que era mejor dejarle tranquilo, así que me levanté y salí de la sala
dónde se encontraba acompañado de otros residentes en parecidas condiciones
físicas.
Recordé una frase de la contraportada
del libro: “Nadie sabe lo que nos reserva el mañana, porque cada día llega con
el mal y con el bien. Así que al preguntar lo que deseáis saber olvidar las
tropas que están fuera de la ciudad y el miedo que está dentro de ella.
Hablaremos en cambio de nuestra vida cotidiana de las dificultades que debemos
afrontar”.
Esto debe pensar Darío, ahora postrado
en una cama de hospital, atendido por personas que no saben nada de él y que
tampoco les importa lo que haya sido ni tampoco lo que deje de ser. Sin embargo
Darío no era como los demás enfermos o los viejos encerrados de por vida en
aquel Spandau con flores.
Años atrás, Darío había sido una
eminencia en su profesión: Ingeniero Nuclear. Había estudiado en Madrid pero
pronto fue a ampliar sus estudios a los Estados Unidos, mente privilegiada,
según sus profesores y extraño personaje para sus compañeros de estudios.
Pronto consiguió trabajo en España, en aquellos años el Almirante Carrero
Blanco estaba muy interesado en la fusión del átomo y se rodeo de verdaderos
genios en la materia, se montaron en España unas cuantas centrales nucleares y
en todo el proceso intervino Darío.
Solía ir poco por el barrio dónde
nacimos; visitaba a sus padres que fallecieron al poco de volver a España y a
una hermana algo díscola “casada” con un hippy, bastante en contra de la
actividad de su hermano, las visitas terminaban en una trifulca enorme, hasta
que una vez muertos sus padres Darío no volvió a ver a su hermana, ahora los
parientes que le visitan son primos o sobrinos a los cuales colmó de regalos de
sus viajes a los USA y que son como hijos para él.
A la muerte del Almirante hubo muchos
cambios en la “empresa” y Darío marchó nuevamente a Estados Unidos hasta que
sin saber el porqué regresó a España, se afincó en Ronda provincia de Málaga y
nadie supo jamás a lo que se había dedicado ese hombre de pelo cano, perilla rubia
y andar encorvado, siempre con un sombre de ala ancha que le daba un aire de
turista extranjero.
A los pocos días me llamó, con voz
entrecortada me dio las gracias por el libro y me pidió por favor que volviera
a visitarle pues quería hacerme partícipe de un secreto.
No tardé en hacerlo, pues la
Residencia está a pocos Kilómetros de Madrid por la Nacional uno. El mes de
Abril había sido muy lluvioso y Mayo aparecía esplendido ante mis ojos; llegué
sobre las doce de la mañana a la Residencia, aún seguían desayunando algunos
residentes, atravesé el jardín cuyo aroma embriagaba los sentidos, un jardinero
replantaba unas nuevas plantas en las jardineras que flanqueaban el camino, al
llegar al porche pude ver a Darío sonriente al otro lado del cristal que
separaba este de un enorme salón dónde jugaban a las cartas, o veían la
televisión los residentes.
-¿Qué tal mi buen amigo, como te va?
Darío estaba exultante, la pierna que tantas molestias le causaba parecía estar
curada, su tono de voz era jovial, alegre, una sensación de vuelta a la
juventud reflejaba toda su fisonomía.
-Veo que estás bastante mejorado desde
la última vez que te ví.
-¡Exacto, mi querido amigo! Creo que
he mejorado bastante con un nuevo tratamiento que me están aplicando, he
mejorado en movilidad y mis piernas responden sin necesidad de tanto masaje
circulatorio, pero te diré con franqueza, yo no confío en el tratamiento pero
si en mi propia mente, ahora estoy mejor acompañado, han ingresado en la
Residencia a un colega y podemos hablar de nuestros conocimientos sin tener la
sospecha de que aburras o desilusiones a
la gente con tus peroratas científicas. ¡Ven, te lo voy a presentar!
Salimos a un jardín interior y en una
pequeña mesita un hombre se escondía detrás de un periódico mientras tomaba una
taza de té.
-.Isaac, mi amigo Filoxides.
-Isaac se puso en pie, debía medir
unos dos metros de altura y su envergadura era enorme, tiempo atrás debió ser
un gran atleta pues su constitución le delataba. Me estrechó la mano y a modo
de saludo me dijo:
-No le puedo ofrecer nada más que té,
aquí el café es malísimo.
Nos sentamos, pedí una botella de agua
mineral y escuché a Darío.
-Isaac, trabajó en el departamento de
defensa de la marina de Estados Unidos muchos años, luego se casó con una
española y se vino a vivir a España, durante algún tiempo dio clases de Física
y Química en la Universidad San Pablo de Sevilla hasta que se jubiló, años
antes se había divorciado de su mujer y al no tener hijos decidió que dónde
mejor podía estar era aquí ¡ Y aquí está!
Reímos los tres mientras me traían el
agua pedida.
Es una casualidad encontrarme aquí a
Darío, sabía de él por una conferencia que dio en mi Universidad por los años
noventa, me sorprendió gratamente por sus altos conocimientos sobre física
cuántica y la fisión nuclear, aquella conferencia me dejó atónito pues yo
pensaba que los españoles eran grandes literatos pero me encontré con uno de
los hombres más preparados en cuanto a la energía atómica.
Le reconocí no tener ni la más remota
idea sobre Física Nuclear, pues yo sí que era de los españoles de letras a los
que se refería.
-Darío sabe mucho, no solo de Física,
sino de buena parte de la Historia de España de la que él fue protagonista.
-Yo era un joven recién salido de la
Universidad cuando entré en el grupo de trabajo del General Velarde en la Junta
de Energía Nuclear, allí en la Vandellós I, Al General le había tenido de catedrático
de Mecánica Cuántica en la Universidad y él me llevó a su equipo.
¡Qué cerca estuvisteis!
¡No, Isaac lo conseguimos! Pero el
asesinato del Almirante frenó todo, Franco estaba medio muerto y sus asesores
temieron que les pudiera ocurrir lo mismo que a Carrero y se puso fin al
proyecto, yo me fui a los USA y el equipo se descompuso, las presiones fueron
muy fuertes por parte de los de siempre.
La tarde iba cayendo, habíamos
almorzado algo en la cafetería de la Residencia y mis dos amigos seguían hablando
en una jerga desconocida para mí, siempre me perdía entre ecuaciones y
fórmulas.
Me despedí de mis dos contertulios
pues era hora de regresar a Madrid, cuando Issac se dirigió a mí, casi de una
manera tenebrosa me dijo:
-Ustedes no saben nada de su Historia
reciente, si se desclasificasen totalmente los documentos que la Embajada americana envió al Pentágono
aquí se formaba otra guerra civil.
Darío me acompañó a la puerta, estaba
rejuvenecido, no parecía el mismo.
-Te confiaré mi secreto, Isaac me ha
pedido que escribamos un libro sobre lo vivido aquellos años, yo conservó
muchos apuntes en mis diarios y él tiene mucha información. Creo que será un
bombazo que dos viejos abran el cajón de los truenos.
-Bombazo no sé pero peligroso, muy
peligroso, hay todavía muchas personas vivas que tuvieron responsabilidades
políticas en aquellos años y no les gustaría lo más mínimo verse envuelta ahora
en este asunto.
A los pocos meses de mi última visita
a la Residencia, Issac murió de un infarto y Darío empeoró gravemente de su
enfermedad, a los seis meses también falleció, pues al corriente a sus sobrinos
sobre la conversación y les dije que pidieran los diarios y apuntes que debía
tener Darió, pero la Residencia no sabía nada de estos papeles y solo les entregó
unos libros y fotografías de la
habitación de Darío más ropa y utensilios personales. Si llegaron a escribir
algo desapareció con ellos.
Filoxides de Ursalia

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