CRÓNICAS ENCADENADAS
Este libro no es un libro cualquiera, es la
ensoñación o visión enfermiza de un alma atormentada que próxima a la muerte
descubre en sus largas horas de vigilia la enfermedad del Mundo, poniendo de
manifiesto toda la maldad que diariamente va minando este hasta destruirlo en
un futuro no muy lejano.
Hechos que como los eslabones de una cadena se unen
unos con otros pero con vida propia, donde el dolor y la alegría se funden en
la tragedia de la vida.
…………
1º Eslabón. ( Las
horas rojas 1ª parte)
Este relato lo escuché de la voz de un viejo
ferroviario alemán. Y dice así: “Los años cincuenta y sesenta fueron muy duros
para los alemanes que quedaron atrapados en la zona oriental. No es que sus
hermanos de la otra parte no hubieran sufrido penalidades a causa de la
desnazificación, no pero aquí la sed de venganza no parecía tener fin. El
Régimen dudaba de la lealtad de sus ciudadanos, temía el alzamiento de estos en
cualquier momento y no dudo en aplicar las medidas que fueran necesarias para
controlar y desbaratar cualquier alzamiento o revolución”.
La temible Stasi era el organismo político policial
encargado de esto y contaba con una gran cantidad de agentes, empleados,
infiltrados, militares y toda la fuerza que el Estado le podía proporcionar, no
se fiaban de nadie, se vigilaban entre si y las delaciones eran recompensadas
de tal forma que todos se espiaban entre ellos, amigos, familiares, todos eran
policías de ellos mismos, nadie estaba seguro ante los fuertes tentáculos de
este organismo.
Marko vivía en el distrito de Marzahn desde antes de
la guerra, había nacido en un pueblecito a las afueras de Berlín, Köpenick a
pocos kilómetros de la entonces capital del Reich Alemán, a los catorce años
sus padres le envíaron a estudiar música al conservatorio en Berlin, allí Marko
conoció a Elissabeta una joven violinista con unas grandes dotes para la
interpretación, pronto ambos se hicieron más que amigos y a los diciseis años
Markp ya vivía en Berlín con su adorada Elissabeta, ella debía tenr dos o tres años
más que él, muy apuesta, delgada con una enorme trenza rubia que le llegaba a
la cintura y unos ojos verdes semejantes a esmeraldas.
Allí les pilló la guerra, Marko pronto fue reclutado
y salió en el año 43, a finales, al frente occidental, Elisabetta trabajó durante
estos años en la Liga de las Muchachas Alemanas. La caída del Reich la pilló en
Berlin pero tuvo la gran suerte de librarse del ejercito rojo gracias a unos
amigos que la cobijaron en un sótano hasta que las cosas se fueron calmando, se
cortó su explendida cabellera, se tiñó esta de negro y estuvo meses vistiendo
como un muchacho, gracias a su profesor de violín, viejo comunista, se salvó de
los primeros momentos de la barbarie de los soldados soviéticos, grupos de
mogoles dedicados al saqueo, la violación y el pillaje.
Marko tuvo peor suerte, por el momento, prisionero
en Alsacia, fue intercambiado a los soviéticos para que fuera desnacificado en
la Alemania ocupada por ellos al ser vecino del Berlín ocupado por estos,
intentó escapar tirándose en marcha del camión que le llevaba a Berlín y
durante días estuvo escondido entre las ruinas, campos quemados hasta que una
patrulla de soldados ingleses lo detuvo cerca de Freiburg con la intención de
llegar a Suiza, en esto tuvo suerte si hubieran sido franceses seguro que lo
hubieran fusilado allí mismo.
Después de un periplo de seis años en cárceles
aliadas y soviéticas, Marko pudo volver a Berlín. Su encuentro con Elissabeta
fue casual, ella se encargaba de la limpieza y retirada de escombros y él llegó
con una cuadrilla de prisioneros a recoger estos escombros, en cuanto se vieron
se fundieron en un abrazo, abrazo que le costó tres semanas de castigo en los
retretes de su internado.
Por fin cercano el 55 ya años después de terminada
la guerra Marko y Elisabet pudieron volver a encontrarse y esta vez sería la
definitiva, habían pasado ya diez años del final de la Guerra y aunque las
heridas seguían abiertas, se vislumbraba una leve esperanza de que el régimen
comunista fuera aplacando su sed de venganza sobre los que habían servido al
Reich, aunque como en el caso de Marko como simple soldado sin ninguna adhesión
al partido, con el que no estaba de acuerdo y que le costó más de un arresto
estando en el frente francés.
Se fueron a vivir a una habitación con derecho a
cocina cerca de la Potsdamer Platz, un sitio que en su día fue el alma de la
capital prusiana y ahora dejada y abandonada estaba casi situado en tierra de
nadie a causa del levantamiento de los pasos fronterizos, el control de la
policía que derivaría años después al levantamiento del famoso muro.
Aquí vivieron hasta el 1960, Marko consiguió un
trabajo de fontanero y Elissabeta cosía guerreras y pantalones para el ejército
alemán que había creado el nuevo Régimen. Fueron años duros pero el gran amor
que les unía les mantenía felices aunque las necesidades eran tremendas, en
noviembre del 57 Elissabeta envuelta en una chaqueta y una bufanda recorrió los
dos kilómetros del trabajo a su casa bajo un temporal de agua y nieve que la
postró en cama durante más de un mes, principio de pulmonía la dijo el médico y
tuvo que estar metida en la cama todo este tiempo, menos mal que la solidaridad
de los vecinos le ayudaron en algunas tareas y Marko cuando regresaba por las
noches preparaba la cena y comida del día siguiente, se encargaba de fregar los
cacharros y limpiar la casa.
Elissabeta se recuperó aunque le quedo una tos
crónica que se agudizaba cuando los cambios de tiempo, la humedad de la casa y
las malas condiciones de la calefacción ayudaban también en contra de su total
recuperación, mientras Marko había envejecido, su pelo se había vuelto
totalmente blanco, con poco más de treinta años parecía un hombre cercano a los
cincuenta.
El apartamento había tenido un anterior inquilino,
un viejo profesor de arte que al morir había dejado una buena colección de
libros, el resto, lo que dejase había sido saqueado por los vecinos o por los
funcionarios que recogieron el cadáver, lo libros pesan y no tienen valor en el
mercado negro por ello seguían allí, amontonados en viejas estanterías de
madera, algunos los que Elissabeta consideraba de menor valor habían ayudado a calentar
el hornillo durante muchas noches de invierno.
Solo había un libro que intrigaba enormemente a la
joven, era un gran tocho de unas doscientas páginas, muy bien encuadernado en
piel y que se titulaba: Poemas de suerte y vida de August Von Stambreg.
Elissabeta era una mujer instruida, había cursado
estudios medios y música, conocía a los clásicos alemanes y franceses tal y
como regía en la educación de entonces, ella por su cuenta había leído a los
griegos y latinos y su conocimiento del latín era bastante bueno. Pero aquel
libro la intrigaba, no podía leer uno solo de sus capítulos pues se adormecía,
una especie de sopor que emanaba el libro le hacía caer en los brazos de Morfeo
al poco de abrir el libro, daba igual que lo abriera por el medio o el final,
no llevaba leídas tres o cuatro estrofas de algún poema y caía en un profundo y
reparador sueño.
Las tapas del libro totalmente negras le daban a
este una especie de valor inestimable, su encuadernación era toda una obra de
arte y su escritura en gótico alemán le daban una pomposidad ceremonial. Al
lado de otros libros y novelas compañeros de estantería destacaba solemnemente.
Una mañana antes de salir a trabajar llamaron a la
puerta, Marko acababa de salir, aún salía humo e su taza de café cuando unos
golpes secos en la puerta sobresaltaron a Elissabeta, pensó que algo le había
pasado a Marko pues esa forma de llamar no era propia de él y abrió la puerta
sin más, afuera un hombre alto enfundado en un abrigo de cuero negro y dos
policías sorprendieron a Elissabeta.
-Marko Spitz. Dijo sin más el hombre de negro.
-Se marchó a trabajar como todas las mañanas.
Respondió Elissabeta con forzada calma.
-Apártese camarada. El hombre de negro empujó a
Elissabeta y entró en la habitación, revisó la mesa donde continuaba la taza de
Marko, removió unas revistas que estaban encima de la mesa y que también eran
del antiguo inquilino y buscó en los cajones del armario, pocas cosa tenía que
registrar pues el mobiliario era más bien escaso, pasó a la habitación que
estaba a medio hacer pues interrumpieron a Elissabeta cuando la estaba haciendo
y tiro del edredón y después uno de los policías tiro del colchón hasta dejar
al aire el somier, el otro policía se había quedado en la puerta donde algún
vecino curioso se había acercado.
-¿Dónde trabaja Marko?
La pregunta le pareció ridícula a Elissabeta pues
todos los viernes Marko tenía que ir a la comisaria de policía a rellenar unos papeles, si quería
salir al campo, o visitar a algún familiar y allí quedaban registrados todos
los datos de su vida. Aún así contestó al hombre de mala manera.
-En la construcción del puente Ferdinand,
satisfecho.
-Eso ya lo veremos, camarada. Espero por tú bien y
por el de él que no me hayas mentido. Le dio una patada a la escoba que estaba
en la habitación y salió hacia la puerta de la calle, los dos guardias se
fueron no sin antes haberse tomado una taza de café, el que vigilaba la puerta,
taza que tiró al suelo rompiéndose esta.
Esperó intranquila hasta la noche cuando apareció
Marko, venía demudado, parecía un cadáver, al deterioro físico que ya
aparentaba se le habían añadido unas terribles ojeras que le daban un aspecto
cadavérico.
-Me han tenido seis horas de interrogatorio. Dicen
que mi padre fue un dirigente del partido nacional socialista y que no saben
dónde se encuentra.
-¿Y qué les dijiste?
-¡Cincuenta veces lo mismo! ¡No veo a mi padre desde
que me marché al frente en el 43!
-Bueno, ahora te dejarán tranquilo, y buscarán a tú
padre por otro lado, quizás algún pariente, un vecino o un amigo, esta gente
encuentra lo que quiere.
-No sé, no sé. Espero que lleves razón.
Cenaron en silencio y se fueron a dormir, al día
siguiente Elissabeta se volvía a incorporar a su trabajo y debían madrugar los
dos, apagaron la bombilla que alumbraba el dormitorio y abrazados se quedaron
dormidos.
-Markooo, vete, Markooo, vete. Un ruido parecido a
una voz despertó a la pareja, encendieron la luz y nada vieron aunque el sonido
se percibía a través de la pared Markooo vete. Marko salió al comedor cocina y
no vió nada, al poco poniéndose una especie de toquilla apareció Elissabeta, su
cara reflejaba miedo, sus ojos verdes brillaban intensamente, el pánico se
había adueñado de su luz.
A Marko le temblaban las piernas pero el miedo o te
abotarga o despierta en ti soluciones a veces inexplicables.
-¿Qué hora es, Preguntó a su mujer.
-Las cuatro de la mañana.
-Perfecto, tengo media hora para subirme al camión
que cruza el puesto de control y escapar al Berlín occidental. Arrglate y vente
conmigo.
-No puedo, sería una carga como estoy, me he quedado
muy débil después de esta enfermedad y me está costando recuperarme, debes irte
tú cuanto antes, yo me ocultaré unos días en casa de mi viejo profesor, a él no
le controlan o al menos no se atreven a molestarle por ahora.
-Está bien pero en cuanto pueda mandaré por ti o
vendré yo mismo a por ti.
Ninguno de los dos pensó el porqué de la alarma, ni
de dónde partía la voz que animaba a Marko a irse, seguro que era algo que
ambos tenían ya en la cabeza antes de esta noche, Marko estaba fichado quizás
por escaparse de los aliados, por culpa de su padre o por el mismo sistema de
terror en el que se basaba la República Democrática Alemana. Marko cogió un
petatemetió cuatro cosas en él dio un profundo beso a su mujer y se fijó en el
libro negro de la estantería, estaba abierto por el medio, y en la página de la
izquierda estaba escrito: Vete antes que el sol despunte por el puente del
cruce. ¡El puente del cruce!, así
llamaban al tramo muy poco vigilado por dónde entraban y salían trabajadores
con permiso especial entre el sector soviético y el inglés.
Sin esperar más Marko abrió la ventana y se deslizó
por el canalón hasta la planta baja, la distancia del piso primero era pequeña
pues el bajo era más bien un semisótano. Obsevó con detenimiento que no le
viera nadie y se dirigió con paso firme hasta el aparcamiento dónde los
camiones pasaban al otro lado a recoger cemento o llevar chatarra, materiales
viejos o simplemente trabajadores.
En cuanto llegó a la tapia saltó sobre un camión
preparado para salir, se cubrió con una gruesa lona tapo está con una pala y
varios sacos y se quedó debajo esperando tener suerte y pasar al otro lado, él
había solicitado el pase muchas veces pero siempre se lo habían denegado,
haciéndole un sinfín de preguntas a las que Marko ya se había cansado de
contestar.
Marko fue detenido en el primer puesto fronterizo,
lo delató el mismo camionero que otras tantas veces había pasado gente de un
lado al otro a veces sobornando a los guardias otras en colaboración con la
misma Stasi, Marko cayó en las garras de la terrible policía política y su
futuro se presentaba muy negro.
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