Según Aristóteles,
Platón y Empédocles, todas las cosas están formadas por cuatro elementos: aire,
agua, fuego y tierra y los tres principio elementales sal, mercurio y azufre.
Al parecer fueron
muchos los que anteriormente a los griegos y también posteriormente intentaron
transmutar no solo los metales sino a la vez el espíritu humano. Causa noble
dónde las haya pues en sus experimentos lograron en muchos casos descubrir para
la ciencia hallazgos de importancia tales como el arsénico por San Alberto
Magno o según testigos de la época convertir mercurio en oro por Kelley ante el
Rey Rodolfo II de Baviera o el
antimonio por Ripley , además de numerosos medicamentos por obra de Paracelso o
el uso del alcohol en la medicina por Arnau de Vilanova o las diferentes obras
escritas sobre pócimas, transmutaciones y hasta el descubrimiento del nitrato
de plata por Geber.
Podríamos estar
escribiendo sobre John Dee, Hermes, Avicena, y tantos otros que harían este
artículo interminable, pero mi interés se centra en otro tipo de alquimistas,
aquellos que no buscan la piedra filosofal, ni descifrar el idioma de los
ángeles o la transmutación del mercurio u otros minerales en oro y ni mucho
menos conseguir el mismo efecto con el espíritu de las personas sometidas a
estos experimentos. No mi idea es otra, digamos que más perversa por lo
simplista y dirigida a los falsarios que pretenden “transmutar todos los
valores” a estos los denomino los pseudo
alquimistas.
Y mí sufrido
lector se puede preguntar ¿Quiénes son esos falsos taumaturgos a los que te
refieres? En tiempos como estos es difícil diferenciar lo real de lo falso pues
es lo ilusorio lo que convive entre la verdad y la mentira, es aquello con lo
que nos desayunamos todos los días cuándo escuchas la radio, ves la televisión
o chocas con los anuncios publicitarios. Todo una ilusión, magníficos chalets a
precios asequibles, preciosos dormitorios, automóviles de ensueño, bebidas
afrodisiacas, viajes de ensueño y todo al alcance de tú mano por un precio
razonable o con el crédito de cualquier entidad a tú servicio.
Es difícil de
asimilar esto para los jóvenes sin trabajo, los parados de larga duración, los
jubilados, las amas de casa, y otros muchos damnificados por las erróneas
políticas económicas de los diferentes gobiernos, la voracidad de los bancos y
por qué no decirlo por la avaricia de muchos empresarios.
Pero esto se
soluciona cada cuatro años, en este momento aparecen nuevamente en escena los
nuevos nigromantes, los gurús de la prosperidad y el buen gobierno, los que nos
van a llevar a ese mundo edénico al que la propaganda nos encamina. Trabajo
para todos, ayudas para la familia, subsidios para los necesitados, mejoras en
las pensiones, creación de puestos de trabajo por doquier, casas para todos y
más y más y más.
¿Y si no lo
hicieron antes, porqué ahora? ¿Y qué ha cambiado para que esto sea posible?
¡Nada! Absolutamente nada, solo que vienen nuevos tiempos, es decir, viene la
nueva posibilidad de que los pseudo-alquimistas ocupen sus puestos de poder, no
para alcanzar la piedra filosofal y menos aún para conseguir la transmutación
de una sociedad entera sino para alcanzar su propio bienestar y para ello
convierten en oro todo lo que les beneficia y para ello las sales de mercurio
somos la sociedad, la misma que sale todas las mañanas a trabajar, a la oficina
del paro, al mercado o a matar el tiempo en los bancos de cualquier jardín.
Podríamos recurrir
a Avicena en cuanto a la apariencia de la cosas y no en su posible
transmutación, para darnos cuentas que es imposible pensar que estos
pseudo-taumaturgos son capaces de cambiar realmente las cosas, pueden como
mucho mejorar en algo lo hecho por los anteriores en el cargo o puesto pero sin
esa transformación que al igual que los metales requiere de la intervención del
alquimista, pero este debe transformarse al igual que los elementos utilizados,
mientras que esto no sea real cualquier intento de transformación resultará inútil.
Convertir
cualquier metal en oro, no era simplemente la intención del alquimista lo suyo
era mucho más profundo era la transmutación de todos los valores y para ello necesitaba
cambiar, purificarse al igual que los burdos metales, utilizar en la retorta o
el mortero aquello que se puede transmutar, sea un simple metal o un espíritu,
reducir los efectos negativos mediante el alambique que puede cambiar a
cualquiera.
El egoísmo, el afán
por enriquecerse no figura en ningún Tratado sobre Alquimia, todos los
alquimistas conocidos desde Hermes Trimegisto, pasando por Paracelso, Trevisano,
Juan de Peratallada hasta el último
conocido Edward Kelley no han hecho de sus habilidades o conocimientos su medio
de vida o de enriquecimiento, los pseudo a los que me refiero en este escrito
es al contrario, hacen del noble arte solo un medio para alcanzar la riqueza
que va unida al poder, solo eso, todo lo demás es simplemente el engaño con el
que cubren su vil intención.
El alambique hoy
en día puede ser la sociedad, el atanor u horno alquímico moldea opiniones,
pues los medios de comunicación
transmiten consignas y promesas. Con todo esto en su poder la “Obra” se
consuma, el burdo metal pierde sus impurezas y limpio admite la transformación,
ya son parte del sistema, su cuerpo se ha transmutado ahora como siempre pierde
su identidad para convertirse en masa, en grupo, en individuo sin personalidad
pero un número en el registro.
Filoxides el Crítico
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