Hablaba el viejo Sócrates sobre la impiedad,
ya un eufemismo cuándo se pretendía eliminar de la vida pública a un ciudadano
molesto para los intereses de la República.
La cicuta era el medio elegido para que de
una manera decorosa el imputado pudiera abandonar este mundo camino del Hades
sin dar mucha guerra y así ahorrar al erario público unas cuantas dracmas.
Hoy día la imputación no llega a consumar
este acto, termina cuándo el inculpado se ve obligado a replegarse o desaparecer
de la cosa pública o bien a retractarse de lo que fue acusado.
Pedir responsabilidades ante la ineficacia de
una gestión supone generalmente el despido en el ámbito privado pero la cosa
cambia cuándo se exige esta ante lo público, nadie acepta su ineficacia, su
mala gestión y menos su fracaso.
Todo el mundo reprueba la tiranía que ejercen
los hombres públicos en algunos casos, la Historia nos revela muchísimos
sucesos dónde hombres sin piedad y solo por el hecho de satisfacer sus peores
instintos obligaron a quitarse la vida a patricios, senadores, generales o los
asesinaron directamente sin remordimiento alguno. A mí me viene a la memoria
Séneca, que después de una conjura contra su persona y otros senadores romanos
se vio obligado por orden de Nerón a beber la cicuta aunque al parecer no fue
esta la que acabó con su vida y si el corte en sus venas dentro de una pileta
de agua caliente.
Ahora nos hacen creer que es imposible un
Nerón o un Calígula, yo no estaría tan convencido, el hombre es cruel por
naturaleza y sin ella es un animal sanguinario, nuestra Historia más reciente
así lo confirma.
¿Hay alguna manera de refrenar ese instinto
asesino? ¡No, creo que no! Las distintas religiones con sus respectivos dogmas
castigan esto amparados por el brazo secular o directamente según que
confesiones.
La relajación en los castigos en vez de “humanizar”
al implicado una vez cumplida la pena ha conseguido el efecto contrario, es
decir cada día nos despertamos con un nuevo hecho delictivo cada vez más
espantoso, se habla de castigos ejemplares que nunca se llevan a cabo y que de
hacerlo provocarían el rechazo popular. El pueblo al parecer se siente más
cómodo entre criminales que entre jueces.
Filoxides
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