sábado, 27 de abril de 2019

Jornada de Reflexión


Hablaba el viejo Sócrates sobre la impiedad, ya un eufemismo cuándo se pretendía eliminar de la vida pública a un ciudadano molesto para los intereses de la República.

La cicuta era el medio elegido para que de una manera decorosa el imputado pudiera abandonar este mundo camino del Hades sin dar mucha guerra y así ahorrar al erario público unas cuantas dracmas.
Hoy día la imputación no llega a consumar este acto, termina cuándo el inculpado se ve obligado a replegarse o desaparecer de la cosa pública o bien a retractarse de lo que fue acusado.

Pedir responsabilidades ante la ineficacia de una gestión supone generalmente el despido en el ámbito privado pero la cosa cambia cuándo se exige esta ante lo público, nadie acepta su ineficacia, su mala gestión y menos su fracaso.

Todo el mundo reprueba la tiranía que ejercen los hombres públicos en algunos casos, la Historia nos revela muchísimos sucesos dónde hombres sin piedad y solo por el hecho de satisfacer sus peores instintos obligaron a quitarse la vida a patricios, senadores, generales o los asesinaron directamente sin remordimiento alguno. A mí me viene a la memoria Séneca, que después de una conjura contra su persona y otros senadores romanos se vio obligado por orden de Nerón a beber la cicuta aunque al parecer no fue esta la que acabó con su vida y si el corte en sus venas dentro de una pileta de agua caliente.

Ahora nos hacen creer que es imposible un Nerón o un Calígula, yo no estaría tan convencido, el hombre es cruel por naturaleza y sin ella es un animal sanguinario, nuestra Historia más reciente así lo confirma.

¿Hay alguna manera de refrenar ese instinto asesino? ¡No, creo que no! Las distintas religiones con sus respectivos dogmas castigan esto amparados por el brazo secular o directamente según que confesiones.

La relajación en los castigos en vez de “humanizar” al implicado una vez cumplida la pena ha conseguido el efecto contrario, es decir cada día nos despertamos con un nuevo hecho delictivo cada vez más espantoso, se habla de castigos ejemplares que nunca se llevan a cabo y que de hacerlo provocarían el rechazo popular. El pueblo al parecer se siente más cómodo entre criminales que entre jueces.
                                                                                                                                    Filoxides

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