“Protegida por un anillo de acero, por
un ejército de disciplina admirable, reclutado en las ciudades del Imperio por
un sistema que satisfacía a todos, Roma vivía en paz, sus ciudades se
desarrollaban, las comunicaciones eran fáciles, y el comercio florecía. Las
tierras lejanas derramaban sus productos en Roma, en cuyos mercados lo que no
se veía no existía” (Arístides).
Esta
alabanza dedicada a Roma influyó con una enorme fuerza en el ánimo de todas
aquellas personas que decidimos unirnos a la noble idea de crear el priorato de
los Escépticos.
La Roma
Republicana, la vieja Roma sería nuestro Ideal, un recuerdo de tiempos mejores.
Eso nos ayudó en nuestra idea monacal, hallar un centro dónde guardar la
esencia de un tiempo pristino y poder conservarlo por las Eras.
En tiempos
de dudas y pesares uno debe protegerse como lo hace la fiera en el invierno
cuándo el frio, la lluvia y el hielo paralizan su vida. Es en estos momentos
cuándo conviene buscar cobijo, no solo para el letargo invernal sino para que
la mente fluya sin traba alguna.
Encontramos
el lugar idóneo cerca de la vieja ciudad de Épiro, en un viejo convento de
origen desconocido pero que los lugareños llamaban el lugar de los viejos
sueños. Allí nos instalamos durante años. Al principio la comunidad la formaban
unas pocas personas todas ellas de cierta formación académica pero que por una
u otra razón habían sido apartados de sus funciones.
Esto podría
dar que pensar, creer que un grupo de fracasados se refugiaban para llorar su
frustración entre otros sus decepciones y reveses. Puede que haya cierta verdad
en esta suposición pero al conocerles uno a uno descubrías su verdadera valía.
El más
viejo en edad propuso utilizar nuevos nombres para identificarnos entre
nosotros y evitar cualquier intromisión de afuera en nuestra paz y
recogimiento.
Asfelio,
así es como llamamos al más viejo, le elegimos como Abad Intemporal, sus
segundos o ayudantes Cayo Lucio y Petronio se encargaron de la organización del
monacato como Administradores Generales, ellos se preocuparon de suministrar
todo lo que fuera necesario para el orden y la tranquilidad del Priorato, el
resto fuimos recibiendo nuestros trabajos como Hermanos Escépticos.
A mí me
nombraron Filoxides, en recuerdo de un viejo cínico que vivió en Anfisa, cerca
de Delfos, desde el comienzo me pusieron un tutor, Marcio Severo un viejo
filósofo que en su anterior vida había ejercido como profesor en una conocida
Universidad Italiana. Él fue mi instructor en las tareas que en el Priorato me
encomendaron.
Puede que fuesen
los mejores años de mi vida, la Orden se fue fortaleciendo con más hermanos y
tuvimos que ampliar el Monacato anexionando una vieja Escuela que había
pertenecido a los cistercienses, en esta Escuela vivía como único inquilino un
viejo archivero que atendía por Belanio, era ya el único fraile de la
congregación. Hombre erudito conocedor de la Historia Clásica especialmente la
romana, nos deleitaba los ocasos con poemas de Cátulo y Propercio aunque muy
pocos conocían el latín.
Vivamos en
el Monacato periodos de dos meses en intervalos de cinco, el resto del tiempo
hacíamos una vida normal, dedicados a nuestros respectivos trabajos.
Un día le
pregunté al viejo Belanio qué hacía el resto del tiempo, su respuesta me dejó
atónito:
-Me escondo
en el bosque por el día y salgo de cacería por la noche pues soy un licántropo.
¡Belanio un licántropo! Imposible de creer y menos de
una persona tan versada en Historia y con unos grandes conocimientos de filología
latina.
Aquello me
hizo reflexionar sobre la apariencia humana. ¿Cuántas extrañas criaturas se
podrían esconder bajo una apariencia normal?
Le hice
esta observación a mi Maestro Marcio Severo y se limito a reírse como contestación.
Entonces comencé
a ver a las personas con su verdadera identidad, no fue un don que me viniera de
repente sino que procuré ver a través de la persona física, al interior dónde
se oculta el verdadero yo. Me puse a prueba con varios hermanos y mis
descubrimientos fueron prodigiosos.
Asfelio se
me ofreció como la reencarnación del mismo Séneca, prudente y obstinado y veraz
“No
nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no
nos atrevemos a hacerlas” (Séneca).
Asfelio demostró hasta su muerte una
enorme capacidad para cualquier trabajo intelectual. Me demostró que era la
persona idónea para dirigir el Priorato y así fue hasta que la Parca vino a por
él.
A su muerte su puesto fue ocupado por
Sucellus, un hombre sencillo, humilde pero con un enorme don, el de interpretar
los designios escondidos en las estrellas. Fue por ello por su pasión por la
alquimia y la astrología por lo que fue expulsado de su cátedra en la
Universidad.
Durante su mandato la Orden siguió
progresando y expandiéndose, Éfeso en Turquia, Filipos en Tracia y mi nuevo
destino Ursaria en la Mantua Carpetan allá en Hispania. Fue mi Maestro Marcio
Severo el que sugirió al nuevo Abad Intemporal dónde debía abrir un nuevo
Monacato.
Allí me fui, o regresé según el
capricho de los dioses con dos amigos escépticos como yo que me ayudarían en mi
nueva tarea, Filastros y Taranis se llamaban y eran del mismo concejo dónde
tenía mi casa y mi trabajo.
Buscamos un lugar alejado del mercado
y del bullicio de la gran ciudad, allí en dónde solo podrían acercarse los
proscritos y los rechazados, pero sobre todo los escépticos. Así poco a poco
fuimos agrandando la Congregación, Filastros y Taranis se encargabas de los suministros
y de la compra de libros hasta llegar a alcanzar una Biblioteca de mil
volúmenes que pronto se multiplico por diez gracias a las donaciones de los
numerosos escépticos que habitaban en aquellos parajes.
De acuerdo con mi Maestro decidimos
denominar a la Congregación como “La Colegiata de Gorgias” y grabamos en la
entrada las siguientes palabras:
“El poder de la palabra en relación
con los asuntos del alma está en la misma relación del poder de los
medicamentos en relación con a los asuntos del cuerpo”.
Y
aquí comenzamos nuestra labor siempre protegidos por Minerva la hija de Júpiter
diosa de la Sabiduría.
Filoxides
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