sábado, 13 de abril de 2019

UNA NOCHE EN EL HOSPITAL



Visitar un Hospital me provoca una sensación extraña, es cómo si en otra vida ya hubiera estado allí y no como visitante, eso me provoca cierto pavor, me siento muy incómodo y procuro acortar la visita sin llegar a ser grosero pero evitando una visita prolongada.

Un Hospital por la noche es algo tétrico, por muy modernas que sean las instalaciones y amable el trato de enfermeras y personal auxiliar hay algo en el ambiente que me retrae, me acobarda, siento unas ganas enormes de irme a la vez que una extraña sensación me atrae hacia él.

He pasado toda la noche con mi amigo Sancho, sus parientes dejaron la Residencia sobre las ocho de la tarde y me comprometí que me quedaría con él para que pudieran descansar pues lleva mucho tiempo en cuidados paliativos y no sabemos cuánto puede durar con vida.

Sancho cada día va perdiendo facultades, hoy le cuesta bastante articular palabra y he de acercarme mucho para llegar a entenderle, consigo que escuche un poco de música. Le conozco desde hace tantos años que sus gustos me son conocidos, mientras le traen la cena la cual ni cata consigo conectar en el teléfono móvil los Nocturnos de Chopin, antaño cuándo nos quedábamos a estudiar por la noche en su casa, el abuelo de Sancho nos dejaba una vieja gramola para que escuchásemos los Nocturnos u obras de Debussy, decía el simpático abuelete que con esa música estudiaríamos mejor y no nos quedaríamos dormidos.

Se lo recuerdo a Sancho que dentro de su debilidad me sonríe o mejor dicho una mueca forma su boca pero intuyo por el brillo de sus ojos grises que se siente reconfortado escuchándola, bien por lo recuerdos o por la belleza de la música en sí.

Sobre las diez nos visita el capellán, este es un hombre mayor, según él sobrepasa los ochenta años pero de una vitalidad asombrosa y con un nombre sorprendente Heliodoro, “él que ha recibido el don del Sol”, una curiosidad más para mí al pensar que un hombre dedicado a Jesús de Nazaret tenga un nombre pagano. Entre estas elucubraciones y recuerdos de la infancia compartidos con Sancho va cayendo la noche.

Salgo  a estirar las piernas al pasillo, todo el mundo duerme, en una habitación próxima una viejecita llama quejosamente a la  Doctora, acuden de inmediato dos enfermeras a atenderla mientras esperan a la Doctora, sigo mi paseo, unas habitaciones más allá escucho a un hombre rezando, es normal que cercanos al final los más escépticos retornen al Dios de su niñez o juventud, continuo por el pasillo hasta un recodo dónde varias enfermeras y dos auxiliares hacen guardia pendientes de las llamadas de los enfermos, el silencio es sepulcral, hasta la viejecita se ha callado, regreso por el mismo pasillo hasta alcanzar la habitación de Sancho, este duerme aunque su respiración es entrecortada por una especie de suspiros, como si soñara y esto le supusiera algún pesar.

Pensar que este hombre escuálido, comido por la enfermedad pudo en su día estar frente a frente con ministros, secretarios de estado, magnates de la industria y otras personas relevantes y ahora encorvado, delgado hasta notársele como las venas intentan romper el pellejo para escapar del cuerpo, y viejo infinitamente viejo duerme esperando que la hora fatal  le llegue.

Sobre las dos de la madrugada un enfermero le pone una inyección, al parecer para evitar los fuertes dolores de estómago, Sancho ni lo siente aunque el enfermero le llama por su nombre y le acaricia con cariño, él abre los ojos pero no está aquí, él ya va estando en el umbral del mundo a dónde en cualquier momento va a entrar.

Recuerdo que a la vuelta de un viaje me trajo una cachimba de cedro y un bolso de piel para Ana mi mujer, yo no he fumado en la vida pero cada vez que venía a casa yo sacaba la cachimba la llenaba de tabaco y fumaba como un marinero irlandés. Un día mientras tomábamos café, yo apuraba mi pipa cuándo Sancho soltó una sonora carcajada mientras me decía: Pensé que regalándote la pipa llegarías a saber utilizarla pero veo que cada día lo haces peor, será mejor que la dejes, ya te regalaré otra cosa que te vaya mejor. Reímos los dos, y la tos que me entro casi me mata, el tabaco no es lo mío.

Sobre las cuatro y media se forma revuelo en la Residencia Hospitalaria, hay un ingreso urgente. En menos de diez minutos acoplan a un enfermo en su habitación sin que casi nadie lo haya advertido, solo yo y algún acompañante de otras habitaciones hemos salido al pasillo para ver que ocurría, una vez calmada la curiosidad el silencio vuelve al edificio.

He debido quedarme dormido pues no he notado como una enfermera le tomaba el pulso a Sancho y renovaba una de las bolsas de suero que le inyectan directamente. La enfermera me sonríe y me anima a que siga durmiendo con un gesto. Me siento avergonzado voy al baño me mojo un poco la cara y salgo al pasillo, parece que hay más actividad, miro el reloj son casi las seis dentro de poco saldrá el sol y este alcanzará el amplio ventanal de la habitación de Sancho, me vuelvo a la habitación esperando ver amanecer junto a mi buen amigo.
Filoxides

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