Si hay algo que añoro son las antiguas tertulias en el café, me decía
el bueno de Sancho recostado en la cama de la Residencia. Aquellos tiempos
jamás volverán repetía con resignación mientras el sopor provocado por los
calmantes le iban adormeciendo.
Invadido por ese mal de la época Sancho lleva ingresado en cuidados
paliativos desde hace aproximadamente un mes, aunque la morfina u otros
calmantes le mantienen en una especie de ensoñación en la que parece recrear imágenes
y sucesos ocurridos en el tiempo, sigue despierto.
Pero el rato que se mantiene lúcido se advierte en él al hombre
seductor, amable, genial conversador y sobre todo inteligente. Son mucho años
los que nos conocemos como para no saber su trayectoria desde el Instituto
hasta el día de hoy pasando por su carrera de Ciencias Políticas, su trabajo en
la delegación comercial de la Embajada de España en Finlandia, sus viajes a
Laponia, Groenlandia las Islas Feroe y
cualquier sitio dónde hubiera hielo, solía decir que él era como el whisky un
hombre seco que mejora rodeado de cubitos de hielo.
Después de muchos años en los que estuvimos sin apenas vernos a causa
del trabajo tan diferente de cada uno, volvimos a coincidir en un simposio
sobre política internacional en Madrid, Sancho siempre ha sido muy abierto y
comprensivo con cualquier idea por muy extraña que resulte.
Recuerdo que en una charla con otros amigos en una cafetería de la
Cava Baja dónde solía encontrarse con compañeros de su promoción, me dijo:
España sería mejor si fuera un inmenso café, aquí la gente aunque discuta
guarda la compostura, teme ser señalado por los demás clientes por nuestro
marcado sentido del ridículo.
Nunca le oí levantar la voz ni aún en las riñas más acaloradas, siempre
mantenía un tono de voz más dado a sugerir que a convencer lo que provocaba en
el oponente una sensación de impotencia tal que procuraba cambiar de tema.
Ahora solo, tumbado en la cama de la Residencia parece un enfermo más,
pero no es así, Sancho es y será el día que falte un hombre excepcional,
inteligente como ya he dicho pero con una preparación tal que bien podría
decirse de él que pertenece a la última escuela de filósofos, su aportación a
los intereses de España en su época de delegado y de secretario del Embajador
dónde hizo un gran trabajo consiguiendo para su nación inmejorables condiciones
comerciales en los países que recorrió. Ya solo queda de él un viejito con los
ojos grises, enfundado en una bata de un color azulado rodeado de sus buenos
amigos y de los pocos familiares que le quedan pues fue un gran solterón aunque
en la soledad siempre me aseverar que le hubiera gustado tener un hijo.
Salgo de la Residencia apesadumbrado como todas las tardes que le voy
a visitar y como un rito entro en un café próximo, me siento en una mesa en la
más apartada solo para contemplar como charlan en las otras mesas, veo grupos
de parejas sonrientes, hablando en tono elevado pero correcto, también un grupo
de jubilados que por su aspecto gozan de buena salud y refinado humor. El café tiene
vida, se nota cierta empatía entre la disparidad de clientela pero con un nexo
de unión, el calor de la conversación, de la discusión contenida, del cambio de
impresiones y como no de alguna declaración de amor.
Mañana volveré a visitar a Sancho.
Filoxides
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