Ahora próximos a una nuevas elecciones conviene que reflexionemos un
poco. Lo suficiente como para equivocarnos lo menos posible (acertar es tarea
imposible) a la hora de tomar la decisión de elegir entre unos candidatos u
otros.
Dicen los políticos que el pueblo es maduro para elegir con
responsabilidad y conocimiento ¿Lo creen de verdad? Yo pienso que no, si fuera
así solo necesitarían exponer sus propuestas en una gacetilla o en otro medio y
dejar que el día de las votaciones llegara.
Ahora bien. ¿A qué viene taladrar el cerebro humano con infinidad de
horas de propaganda, mítines, debates, apariciones televisivas y
manifestaciones? ¿Es que no confían en el pueblo, al que dicen ser el garante
de la democracia, y se le debe “inducir” por la vía correcta?
Acaso este mismo pueblo al que se le pide el voto no es el mismo al
que una vez conseguido el éxito en las urnas se le deja a un lado a la hora de pactar,
negociar y hasta rendirse a las exigencias de otros solamente para gobernar.
No fue el Gobierno del Terror en la Revolución Francesa el que como paladín del pueblo guillotinó a todo
aquél al que no comulgaba con sus ideales de igualdad y fraternidad, lo de
libertad nunca estuvo en su hoja de ruta.
Hoy día el nivel de honestidad de nuestros políticos no está muy
claro, siendo bastante magnánimo con ellos, más bien podríamos decir que es una
virtud que ha desaparecido entre los de su clase. A falta de esta virtud es
preciso detectar en ellos alguna otra que supla de una manera similar a ella.
¿Cuál, honradez? Los hechos actuales no demuestran que esta sea la norma
general.
Entonces uno se pregunta ¿Qué valores o virtudes debe uno tener en
cuenta a la hora de votar? Los más ingenuos, los que enarbolan el estandarte de
la progresía afirman que se debe votar aquél que nos promete derechos y
libertades a bajo coste. Los otros los menos liberticidas se adhieren a los que
garantizan seguridad y orden.
Ni los unos ni los otros (hunos y hotros en palabras de Unamuno) serán
capaces de cumplir sus propuestas, la Historia así no nos lo demuestra.
El Gobierno del Terror pretendió repartir las riquezas de los nobles
entre el pueblo ¿Lo hizo? ¡No! Pero se llevó por delante a una clase entera de
ciudadanos para dar el poder a una emergente y envidiosa clase social ¡el burgués!.
Uno se pregunta cuantas revoluciones en nombre del pueblo ha habido
pero sin el pueblo, cuantas dictaduras se han implantado con el fin de acabar
con una monarquía o con otro tipo de gobierno absolutista y se han convertido
en el peor de los opresores.
La mayoría de los partidos políticos defienden postulados que muchas
veces repudian solo por el hecho de satisfacer la “demanda” es decir a aquellos
movimientos “espontáneos” que surgen de vez en cuando para desestabilizar a la
Nación sin más objetivo que el de llenar las calles de utópicas pretensiones o
de ideas extravagantes.
Del Mayo del 69, de aquel movimiento que se justificaba en un
principio como el redentor de los pueblos oprimidos por la guerra, léase
Vietnam, se le acabó la gasolina ante las guerras o revoluciones de los otros,
es decir de los que habían financiado a los instigadores de la revolución.
Pero no hemos de irnos más allá de nuestras fronteras. ETA definió su
lucha armada como un acto de repulsa y liberación contra un dictador que oprimía
al pueblo vasco, el dictador murió y ETA siguió matando.
¿Qué fines espurios buscan los “libertadores”? ¿Y cuáles son en el
fondo los intereses de los actuales partidos?
Podemos a la izquierda y Ciudadanos a la derecha pretendían abrir las
ventanas de la política para que entrara aire fresco, renovador, limpio, un aire
de renovación al estilo de los regeneracionistas de principios del XX, pero sin
la infundía de un Sagasta o un Silvela o el tufillo masónico de Lerroux. Ambos
partidos personificados por sus presidentes no han dado la talla, uno se ha
perdido entre la demagogia, las divisiones internas y sus múltiples
contradicciones. El otro representa, al menos hasta ahora, la imagen del que
pacta con quien sea con tal de obtener ciertas cuotas de poder.
Después tenemos a los dos clásicos de nuestra democracia, socialistas
y conservadores (aunque ellos no lo quieran), hasta ahora se han ido alternando
en el poder al igual que en su día liberales y conservadores (Sagasta y
Cánovas) pero con los peligros de siempre: el inmovilismo de la derecha y el
destructivismo de la izquierda.
La cuestión estriba en la valoración de sus dirigentes. Tanto unos
como otros carecen de liderazgo, al menos a mí me lo parece y creo que no estoy
muy desacertado cuando se escucha voces de personas ajenas al devenir político
pero que por su enjundia y saber saben de qué hablan.
Pero no solo está el mal aquí ¡No! ¿Quién rellena las listas
electorales? ¿Dónde se manifiesta el valor o el saber de esas personas? ¿Por
qué debe mandar la paridad sobre la excelencia? Esto último define a las claras
la manipulación de la democracia. Nadie está en contra de que aquellas mujeres
que destaquen en la faceta política estén representadas en tal o cual
porcentaje sino que lo estén por su valía y no por cuota.
Por ello vemos en el hemiciclo un nivel intelectual tan bajo, tanto
que a veces resulta más bien un corral de verbenas que el epicentro de la vida
política nacional.
Esto es el resultante de que al intentar contentar a tantos se olviden
casi todos de la esencia por la que se postulan a dirigir el país. Olvidan
cosas tan simples como familia, seguridad, obligaciones y otras igual de
importantes y que forman un cúmulo de valores que estos “dirigentes” consideran
trasnochados.
De ahí el nacimiento de movimientos considerados retrogrados o ultra
conservadores, no hay que ser un experto analista para ver el resultante de la
inacción u olvido de lo elemental de los partidos clásicos lo que ha propiciado
la aparición primero de movimientos populistas, feministas, gays, etc. Siempre
bajo la protección de la izquierda más radical lo cual siempre lleva a reacción
contraria y mientras en los foros internacionales se hacían eco de que era
España el único país de Europa dónde el virus del extremismo de derechas estaba
aniquilado, surge de la noche a la mañana un banderín de enganche para todos
aquellos hastiados de una corrupción a todos los niveles de la política y de
los políticos.
¿Adónde, nos llevará esto? Es difícil pronosticar lo que puede suceder
en los próximos años pero la inmigración incontrolada, los excesos en la ayuda
a estos a costa de los recortes de la Sanidad Pública, la adaptación de las
escuelas a las costumbres de los extranjeros, el aumento de impuestos para
sostener todo este aparato, la radicalización de las autonomías, el excesivo
gasto público, la falta de empleo y de oportunidades y una larga lista de
necesidades que se ven recortadas ante la falta de acción de nuestros políticos
de uno u otro lado puede que fuerce al ciudadano a dar un giro inesperado que
sorprenda a analíticos y expertos sociólogos.
Filoxides
el Crítico.
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