Sería de gran utilidad que vaciásemos de arabescos nuestra existencia.
Probablemente ello nos haría más felices pues la sencillez aleja toda
ostentación y suntuosidad. Ahora vivimos una etapa convulsa, de esas que mi
viejo amigo Marcio nombraba como “eras del espanto”, puede que en esto no
estuviera muy acertado pues su peculiar escepticismo le hacía dar un paso atrás
y optar por la prudente postura del observador sin intervenir sobre
acontecimiento alguno. “No soy un hombre de acción” solía repetir a todo aquel
que le reprochaba su conducta. Sostenía ante todos aquella máxima de
Jenócratres: “Lo uno constituye la quietud y el bien y lo múltiple, por el
contrario, constituye el movimiento y el mal”. Y esta unidad del ser era a o que
se aferraba el buen Marcio en tiempos de tribulaciones.
En mi modesta opinión creo que Marcio Severo pecaba de pusilánime,
pero esto era normal entre los escépticos a la hora de afrontar los problemas
de la vida. Hoy una legión de hombres de acción han tomado la iniciativa en lo
que a dirigir la vida pública se refiere, a tomar arrebatiña todo aquello que
fuere necesario para sus intereses.
Y entonces florece lo grotesco, lo hace de una manera casual como si
formase parte del paisaje o de la moda del momento. Se escuchan voces
irrisorias, burlescas que pretenden entender los problemas más recónditos de la
condición humana, aparecen nuevos mesías de lo extravagante, de lo pueril y sin
sentido. Caricaturas de una humanidad vacía y desacralizada, dónde el tener
sustituye al saber, pero que esto último también se adultera bajo las mil
formas de lo utópico, cuanto menos o más bien de lo imposible.
Uno ha de esconderse en los misteriosos y horripilantes cuentos de Poe
o de Lovrecaft antes que aceptar las patrañas a las que llaman realidad los que
dominan la acción o creen someter a la razón de los otros.
¿Serán ciertas las historias de Kafka? ¿Es la metamorfosis un aviso de
lo que ha de venir o de lo que ya está aquí, entre nosotros?
Me inclino a pensar que todos estos soñadores de lo irreal están más
en lo cierto que muchos de los pseudo-pensadores actuales.
A mí en inquieta el futuro, no porqué me asuste la muerte.
“La muerte es
algo que no debemos temer,
Mientras somos
la muerte no es
Y cuando la
muerte es,
Nosotros no
somos”.
(Antonio Machado)
Es algo natural que ha de llegar cuando sea, y no será bien recibida
aunque no tengamos más remedio que aceptarla con su consecuencia.
Ahora me gustaría, una vez llegado el caso, que se me recordará por
los míos, más cómo un hombre sencillo que por cualquier otra virtud (o defecto,
vaya Usted a saber). No he pretendido ser nunca un hombre de acción aunque en
muchas ocasiones me haya visto obligado a ello, tampoco he sido un pusilánime,
me he revuelto cuanto he podido ante aquello que no consideraba justo.
Mis discusiones con Marcio Severo así como con otros de su tiempo
siempre giraban en torno al mismo tema: La determinación.
He aquí el verdadero objetivo de la existencia, el hacer o desarrollar
la determinación como sentido de nuestros actos, aunque estos sean erróneos o
exentos de valor alguno.
“El valor y la firmeza hacen al hombre de bien” decía un poeta
olvidado.
Entiendo que hoy día es difícil manifestarse en este orden, pues son
muchas las circunstancias que doblegan la posibilidad que tiene el hombre de
poder afirmarse con libertad, ello requiere una gran firmeza y a la vez un
valor tremendo pues lo más probable es que seas tildado de loco o proscrito.
“Turbada
quedó la mente,
al escuchar
tal lamento
qué sonó
tirando a muerto
cuándo se
acerca la peste”.
Tiempos difíciles para los
apestados, aquellos que portan el mal de la ignominia, su fin es el patíbulo,
el manicomio o el aislamiento, para el hombre esto último suele ser el mayor
castigo, el acto del patíbulo es cuestión de un instante, apenas perceptible si
se encamina uno hacía el con disposición y valentía, el manicomio puede ser
aceptable siempre que tu
locura sea superior a la de los
demás internos, hasta puede que los baños de agua helada reconforten el cuerpo
pero el aislamiento es terrible, es seguir vivo pero muerto, olvidado apartado
por aquellos que rigen el carcelario, sepultados en vida dentro de una
hornacina borrosa y confusa.
De aquí no se puede uno escapar,
nadie vendrá en tú auxilio, ni se hará nuevo juicio por tu causa, estarás en
esta situación hasta que pases a la otra vida, si es que la hay y si no serás
un vago recuerdo en algún documento extraviado por cualquier archivero.
Entre estos desatinos o delirios sigo yo con mis
desatinos, ausente aunque cercano, esperando que el gran inquisidor me aplique
el castigo que merezco.
Filoxides
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