domingo, 31 de marzo de 2019

La determinación


Sería de gran utilidad que vaciásemos de arabescos nuestra existencia. Probablemente ello nos haría más felices pues la sencillez aleja toda ostentación y suntuosidad. Ahora vivimos una etapa convulsa, de esas que mi viejo amigo Marcio nombraba como “eras del espanto”, puede que en esto no estuviera muy acertado pues su peculiar escepticismo le hacía dar un paso atrás y optar por la prudente postura del observador sin intervenir sobre acontecimiento alguno. “No soy un hombre de acción” solía repetir a todo aquel que le reprochaba su conducta. Sostenía ante todos aquella máxima de Jenócratres: “Lo uno constituye la quietud y el bien y lo múltiple, por el contrario, constituye el movimiento y el mal”. Y esta unidad del ser era a o que se aferraba el buen Marcio en tiempos de tribulaciones.

En mi modesta opinión creo que Marcio Severo pecaba de pusilánime, pero esto era normal entre los escépticos a la hora de afrontar los problemas de la vida. Hoy una legión de hombres de acción han tomado la iniciativa en lo que a dirigir la vida pública se refiere, a tomar arrebatiña todo aquello que fuere necesario para sus intereses.

Y entonces florece lo grotesco, lo hace de una manera casual como si formase parte del paisaje o de la moda del momento. Se escuchan voces irrisorias, burlescas que pretenden entender los problemas más recónditos de la condición humana, aparecen nuevos mesías de lo extravagante, de lo pueril y sin sentido. Caricaturas de una humanidad vacía y desacralizada, dónde el tener sustituye al saber, pero que esto último también se adultera bajo las mil formas de lo utópico, cuanto menos o más bien de lo imposible.

Uno ha de esconderse en los misteriosos y horripilantes cuentos de Poe o de Lovrecaft antes que aceptar las patrañas a las que llaman realidad los que dominan la acción o creen someter a la razón de los otros.
¿Serán ciertas las historias de Kafka? ¿Es la metamorfosis un aviso de lo que ha de venir o de lo que ya está aquí, entre nosotros?
Me inclino a pensar que todos estos soñadores de lo irreal están más en lo cierto que muchos de los pseudo-pensadores actuales.
A mí en inquieta el futuro, no porqué me asuste la muerte.

“La muerte es algo que no debemos temer,
Mientras somos la muerte no es
Y cuando la muerte es,
Nosotros no somos”.
(Antonio Machado)
Es algo natural que ha de llegar cuando sea, y no será bien recibida aunque no tengamos más remedio que aceptarla con su consecuencia.

Ahora me gustaría, una vez llegado el caso, que se me recordará por los míos, más cómo un hombre sencillo que por cualquier otra virtud (o defecto, vaya Usted a saber). No he pretendido ser nunca un hombre de acción aunque en muchas ocasiones me haya visto obligado a ello, tampoco he sido un pusilánime, me he revuelto cuanto he podido ante aquello que no consideraba justo.

Mis discusiones con Marcio Severo así como con otros de su tiempo siempre giraban en torno al mismo tema: La determinación.

He aquí el verdadero objetivo de la existencia, el hacer o desarrollar la determinación como sentido de nuestros actos, aunque estos sean erróneos o exentos de valor alguno.

“El valor y la firmeza hacen al hombre de bien” decía un poeta olvidado.

Entiendo que hoy día es difícil manifestarse en este orden, pues son muchas las circunstancias que doblegan la posibilidad que tiene el hombre de poder afirmarse con libertad, ello requiere una gran firmeza y a la vez un valor tremendo pues lo más probable es que seas tildado de loco o proscrito.
“Turbada quedó la mente,
al escuchar tal lamento
qué sonó tirando a muerto
cuándo se acerca la peste”.

Tiempos difíciles para los apestados, aquellos que portan el mal de la ignominia, su fin es el patíbulo, el manicomio o el aislamiento, para el hombre esto último suele ser el mayor castigo, el acto del patíbulo es cuestión de un instante, apenas perceptible si se encamina uno hacía el con disposición y valentía, el manicomio puede ser aceptable siempre que tu
locura sea superior a la de los demás internos, hasta puede que los baños de agua helada reconforten el cuerpo pero el aislamiento es terrible, es seguir vivo pero muerto, olvidado apartado por aquellos que rigen el carcelario, sepultados en vida dentro de una hornacina borrosa y confusa.

De aquí no se puede uno escapar, nadie vendrá en tú auxilio, ni se hará nuevo juicio por tu causa, estarás en esta situación hasta que pases a la otra vida, si es que la hay y si no serás un vago recuerdo en algún documento extraviado por cualquier archivero.

Entre estos  desatinos o delirios sigo yo con mis desatinos, ausente aunque cercano, esperando que el gran inquisidor me aplique el castigo que merezco.
Filoxides

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