Algo bueno debía de tener el haber superado la
barrera de los sesenta y ocho años, no es que sea una fecha especial, pero si
para mi, pues supero en longevidad a un gran admirador y al que le debo mucho.
Y digo que algo bueno tiene esta fecha pues la
cercanía del final de nuestros días nos hace ser más imprudentes es decir, más
veraces o al menos menos hipócritas. Nos quitamos la máscara de la
conveniencia, olvidamos la necesidad de la convivencia y apostamos por el libre
criterio sin cortapisas sociales, familiares o de cualquier otra índole.
Un viejo ácrata como yo no puede estar sometido
durante mucho tiempo a las conveniencias del protocolo o la obligatoriedad del “quedar
bien”. Ahora todo me importa un higo, es decir no es que la vida y sus
consecuencias no me importen pero si la manera de haberlas afrontado
anteriormente.
Nadie y repito, nadie es totalmente veraz. Hoy
cuesta caro decir libremente lo que se piensa y esto tiene gracia después de
más de cuarenta años de democracia, expresarse con libertad acarrea el silencio
cuando menos y el desprecio casi siempre, hoy uno tiene que amoldarse a la
cohorte de borregos que bajo el mando del buen pastor y sus perros habitan este
mundo, son los incapaces, los sumisos, los que no tiene sueños más allá de lo
que se escribe y se emite, los pobres de espíritu pues desconocen lo que esto
representa, los “libertos” aunque siguen siendo esclavos de los mismos amos de antaño.
Por ello me acabo de liberar de un ropaje que me
ahogaba, me constreñía hasta la saciedad, mi cerebro me pide cautela pues pocos
son los que entenderán mis razones y muchos los que me lapidaran sin compasión,
pero no pienso ni en unos ni en otros sino en lo que me dicta el corazón que en
estos instantes de mi vida supera al cerebro en sus dictámenes.
Sin ligaduras ni ropaje que me obligue a decir lo
que suena bien o lo que la gente quiere escuchar, nada me obliga solo la ética,
aquella que aprendí a la vez que empezaba a escribir y leer y que se lo debo a
mis padres, solo eso me ata o me impide en cierto modo romper con toda forma de
relación social, digo como Céline: “Soy un maldito” pero libre y me llevaré esa
libertad conmigo hasta mi muerte.
Filoxides
de Ursalia
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