martes, 22 de mayo de 2018

Sesenta y ocho años


Algo bueno debía de tener el haber superado la barrera de los sesenta y ocho años, no es que sea una fecha especial, pero si para mi, pues supero en longevidad a un gran admirador y al que le debo mucho.

Y digo que algo bueno tiene esta fecha pues la cercanía del final de nuestros días nos hace ser más imprudentes es decir, más veraces o al menos menos hipócritas. Nos quitamos la máscara de la conveniencia, olvidamos la necesidad de la convivencia y apostamos por el libre criterio sin cortapisas sociales, familiares o de cualquier otra índole.

Un viejo ácrata como yo no puede estar sometido durante mucho tiempo a las conveniencias del protocolo o la obligatoriedad del “quedar bien”. Ahora todo me importa un higo, es decir no es que la vida y sus consecuencias no me importen pero si la manera de haberlas afrontado anteriormente.

Nadie y repito, nadie es totalmente veraz. Hoy cuesta caro decir libremente lo que se piensa y esto tiene gracia después de más de cuarenta años de democracia, expresarse con libertad acarrea el silencio cuando menos y el desprecio casi siempre, hoy uno tiene que amoldarse a la cohorte de borregos que bajo el mando del buen pastor y sus perros habitan este mundo, son los incapaces, los sumisos, los que no tiene sueños más allá de lo que se escribe y se emite, los pobres de espíritu pues desconocen lo que esto representa, los “libertos” aunque siguen siendo esclavos de los mismos amos de antaño.

Por ello me acabo de liberar de un ropaje que me ahogaba, me constreñía hasta la saciedad, mi cerebro me pide cautela pues pocos son los que entenderán mis razones y muchos los que me lapidaran sin compasión, pero no pienso ni en unos ni en otros sino en lo que me dicta el corazón que en estos instantes de mi vida supera al cerebro en sus dictámenes.

Sin ligaduras ni ropaje que me obligue a decir lo que suena bien o lo que la gente quiere escuchar, nada me obliga solo la ética, aquella que aprendí a la vez que empezaba a escribir y leer y que se lo debo a mis padres, solo eso me ata o me impide en cierto modo romper con toda forma de relación social, digo como Céline: “Soy un maldito” pero libre y me llevaré esa libertad conmigo hasta mi muerte.
Filoxides de Ursalia

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