lunes, 7 de mayo de 2018

Abelio y el dolmen (4)


Me levante sobre las siete y media, tenía por delante un largo viaje hasta Madrid, me duche bajé al salón, no había nadie, en la cocina tampoco al dirigirme hacia el patio una nota sujetada por un celo decía: He tenido que salir temprano, lo siento que tengas un buen viaje, hay café hecho en la cocina. ¡Hasta la vista!

Era la letra de Abelio, me fijé que hasta para las notas más simples siempre las firmaba, era un garabato que asemejaba un a rueca o algo parecido. Me dirigí a la cocina me preparé una taza de café y unas galletas y me senté en el patio, la mañana era algo fresca y me tuve que poner un jersey sobre la camisa.

Me resultaba extraño que Abelio tuviera que salir tan temprano, llevaba varios años retirado y sus únicas ocupaciones eran leer, escribir para alguna ponencia de vez en cuando y cuidar de sus plantas, que por cierto en estos días de ajetreo a causa del suicidio de Alberto estaban un poco desatendidas, así que aproveche para coger la manguera y regar el pequeño jardín que rodeaba la casa y las jardineras del patio. 

Un vecino no me quitaba la vista de encima, desde la casa de enfrente seguía mis movimientos con suma atención, me quedé un instante fijo clavándole la mirada y levantó el brazo en forma de saludo, pero siguió pendiente de mis movimientos. Me resulto algo irritante su actitud pero pensé que era algo normal entre las gentes del lugar, no parecía tener mucho que hacer, probablemente ocupará un sitio en la lista de parados que hay desgraciadamente por esta zona y continué a lo mío.

Sobre las nueve cerré las ventanas y puertas del patio y de la casa, recogí mi maleta, que la había preparado la noche anterior y me dirigí hacia el coche, observe que el vecino cotilla hablaba por el móvil pero sin dejar de observarme, entre en la furgoneta y la arranque, estuve unos cínco minutos mientras el motor se calentaba observando al tipejo que seguía hablando por teléfono y mirando hacia dónde me encontraba.

Cogí la carretera en dirección a Zafra dónde pensaba parar a tomar algo y llenar el depósito, tenía un largo viaje por delante pero sin prisas, la muerte de Alberto, las dos semanas entre Trigueros y Huelva  habían trastornado bastante mí rutina, tenía algunas cosas pendientes en Madrid y una de ellas era mi revisión periódica con el cardiólogo, no me encontraba mal aunque el susto del dolmen me había provocado unas taquicardias por las que tuve que estar con la pastilla de nitroglicerina debajo de la lengua unas cuantas veces.

Ya en plena carretera los acontecimientos de estos días empezaron a retornar a mi mente de forma algo menos confusa, dijéramos que según me alejaba del pueblo y de su misterioso y aterrador dolmen mi cerebro recobraba cierta lucidez, cierta capacidad de análisis y fui repasando los hechos más pausadamente sin la opinión de Abelio, la intrigante presencia de Antonio ni la influencia del dolmen.

Y una pregunta me vino de pronto a la cabeza:
¿Cómo fue a buscarnos Alberto al dolmen y al no vernos o por los motivos que fuera se suicidó? ¿Y la nota que le entregó el alguacil a Abelio cuando la había escrito y con qué finalidad si pensaba encontrarnos en el dolmen?.

La investigación me pareció muy rápida, me dio la impresión de que todos querían dar carpetazo al asunto de la forma más rápidamente posible, el finado pertenecía a un partido político afín al gobierno de la Región y el escándalo podía salpicar a muchas personas, luego la intrigante presencia del tal Antonio que parecía tener más influencia de la que su cargo exige.
Eran muchas las preguntas que ahora me pasaban por la cabeza. El cambió de actitud de Abelio después del suicidio lo entendí normal, él era amigo de Alberto y pensé que lógicamente estuviera afectado pero durante esas dos semanas apenas hablamos, no salimos nada más que a comer o a declarar cuando fuimos llamados, Abelio se pasó las tardes leyendo y cuando en la hora de la siesta yo me quedaba dormido unos ruidos como de estar empaquetando cosas me despertaba, me hacía el dormido mientras él subía y bajaba por la escalera desde su habitación al salón, nunca vi una caja por medio ni nada que me diera una pista de lo que había estado haciendo durante esa hora pero resultaba extraño que el amigo que siempre fue me estuviera ocultando algo.

Una noche mientras cenábamos en el barecillo de la plaza le pregunté:

-Estás bien Abelio, te noto raro, apenas hablamos y estás como ausente en muchos momentos, entiendo que la muerte de tú amigo te haya afectado pero tienes que tener en cuenta que por lo visto te quería implicar de una manera u otra en sus teje manejes.

-Creo que no lo entiendes, pero esto es algo más grande de lo que piensas.

Y ahí se acabó la conversación.

El resto de los días Abelio atendía el teléfono pero se apartaba lo suficiente para que yo no pudiera escuchar nada. Solo una tarde que estábamos sentados en el patio y tomando una cerveza me soltó de sopetón.

-Creo que los tejedores no somos bien vistos por aquí. Y se echo a reír.

Llegue a Zafra sobre las once y media había recorrido los ciento setenta kilómetros a paso de tortuga, en esta época los tractores y camiones provocan un tráfico lento y yo tampoco tenía mucha prisa absorto en mis pensamientos.

Llene el depósito, me senté en una terraza cercana al restaurante la Rebotica, pensaba comer allí, a estas horas Zafra es un hervidero, tiene vida, se nota que ha cambiado mucho desde que la visité por razones de trabajo hace ya unos cuantos años, me tomé un par de cervezas, pagué la consumición y me fui dando un paseo desde la plaza hasta el restaurante pero dando una vuelta para hacer tiempo. Al poco de levantarme sonó el móvil, era un número oculto dudé en cogerlo pero al final lo hice.

-Dígame. 

-Al fin doy con Usted, ¿Por dónde anda?

Era la voz antipática de Antonio.

-Pues en Zafra camino de Madrid…por?

-Va solo.
-Sí, por supuesto. Contesté de mala manera

-Y no sabrá por casualidad dónde se encuentra su amigo Abelio, verdad?

El tono sarcástico me encendió, aquel sujeto era un imbécil mal educado con unos aires de superioridad que me sacaba de quicio.

-No tengo ni puñetera idea de dónde está, cuando me marché de su casa ya se había ido.

-Si eso ya lo sabemos pero…… ¿A dónde ha ido?

-No tengo la menor idea, me dejó una nota diciendo que había salido pronto y nada más, cerré la casa tal y como lo hace él todas las noches y me marché.

-Y a un amigo del alma no le parece extraño que se despida de esta manera??

Me quedé un instante en blanco, la verdad que resultaba extraño la forma que Abelio se había marchado sin haberme dicho la noche anterior que se tenía que ir o a dónde iba a ir, nada me dijo ni me dió la impresión de que se fuera sin despedirnos.

-La verdad es que sí, pero los últimos acontecimientos nos han afectado a todos, especialmente a él. Contesté sin mucha convicción.

-Ahhh…… claro. Supongo que ha parado para almorzar.
-Sí
-Bien, dígame dónde que en una hora estaré allí.

Le dije el restaurante hacía dónde me dirigía y colgué.

Eso ya lo “sabemos” ¿Quiénes?

La frase me vino de golpe mientras aguardaba sentado en la barra del restaurante, era temprano para comer y además tenía que esperar al imbécil de Antonio que llegase. Si hubiera sido más tarde hubiera empezado a comer sin él pues maldita gracia me hacía comer con tal sujeto.

Sobre la una un coche negro de importación para delante del restaurante, desde la amplia ventana veo bajarse tres personas una de ellas es Antonio, el chofer se lleva seguidamente el coche. Con el calor que ya hace por estas tierras, las tormentas primaverales que han barrido la región estos últimos días ver a tres personas enfundadas en trajes oscuros y encorbatados resultaba bastante chocante, a la legua se veía que eran funcionarios.

-Hola, veo que se encuentra estupendo, las últimas veces que le ví estaba bastante fastidiado.

Trataba de ser amable pero distante y demostraba como siempre su aire de superioridad,

-La caja de cambios no me funciona bien desde hace varios años y estos días se ha resentido bastante. Contesté con frialdad.

-Bien, sentémonos en el comedor, esteremos más cómodos.

Sin más los dos personajes que acompañan a Antonio se dirigen a una mesa en el lado más alejado de la puerta, como si esa mesa hubiera sido ya reservada, Antonio muy cortésmente me abre camino y hace unas indicaciones a los camareros que inmediatamente colocan un biombo separando nuestra mesa del resto del comedor.

-No me gustan los curiosos. Me suelta Antonio mientras una leve sonrisa se le escapa por la comisura de los labios.

Nos sentamos, los dos sujetos a mis costados daba la impresión de que me custodiaban y enfrente Antonio. Pidió la carta, eligió la comida y pidió vino, yo le dije que solo bebería agua pues tenía que conducir hasta Madrid.

Se echo a reír y soltó:

-Eso ya lo veremos.

La comida resulto tediosa, Antonio hablaba sobre las cualidades del vino, de la frescura de las hortalizas de la ensalada, del sabor de la carne, todo estaba exquisito para su paladar, los dos secuaces asentían a todo mientras devoraban y a mí se me estaba haciendo un nudo en estómago según iba pasando el tiempo.

-Bueno querido amigo, es hora de que hablemos en serio. ¿Qué sabe de Abelio? ¿A qué se dedica?

-Conocí a Abelio hace muchos años, durante una conferencia que dio en un Hotel de Madrid sobre temas arquitectónicos de la antigüedad, la verdad es que a mí personalmente el tema no me suscitaba ningún interés pero por acompañar a la persona (femenina) que me lo pidió no dude un instante. Me lo presentaron allí mismo y me pareció un hombre bastante interesante. Acababa de venir de Alemania, creo y pensaba instalarse en España para estudiar sobre el terreno excavaciones y ruinas de la antigüedad.

-Y……

-Estuve viniendo a su casa de Trigueros desde que se instaló hará ahora veinticinco años, al principio venía con la misma persona que me lo presentó y varios colegas de ella, todos entusiastas de los dólmenes o de cualquier piedra que hubiera sido colocada por el hombre, después ya en los últimos años he venido solo, estoy una semana y regreso a Madrid.
-Y…..

Repitió insolentemente Antonio, mientras uno de los dos acompañantes iba tomando notas en una tablet de última generación, al hacerlo vi que en la muñeca llevaba un extraño tatuaje, como de una cruz con el sello papal en el centro, el individuo en cuestión no la ocultaba para nada.

-Pues nada más que tenga importancia, creo.

Dije arto de tanta e inútil conversación, quería irme, estaba cansado de tanta pregunta y estaba a punto de estallar cuando Antonio soltó.

-Entonces no sabía nada de las andanzas de su amigo Abelio, nunca le dijo o le insinuó que pertenecía a una secta anticlerical muy activa desde antes de venir a España.

-Abelio….jajajaja. Imposible siempre estaba solo, pegado a sus libros, sus puntas de lanza, sus vasijas de barro, sus apuntes, sus conferencias… no diga tonterías, nunca me habló de esas estupideces conspiratorias.

-Pues si y el fallecido Alberto y dos personas más a las que ahora mismo estamos interrogando pertenecen a esta secta y creemos que han expoliado material muy valioso de las ruinas o de los dólmenes que hay por toda la región y el sur de Portugal, material que es utilizado para rituales digamos que peligrosos.

-No me haga reír, a estas alturas de siglo estamos en luchas demoniacas, no veo a Abelio en ritos de magia negra, misas satánicas ni nada por el estilo, el es un hombre de estudios, un intelectual que lleva toda su vida dedicado a una materia que le encanta y que según dice siempre en España está oculta por ignorancia o por desidia de sus gobernantes. Si ahora eso está prohibido ya sería el colmo.

Durante mis palabras Antonio iba cambiando de color del color cetrino, habitual en él, se iba transformando en una especie de morado o rojo oscuro, sus ojos desprendían un odio  profundo, un odio de siglos, me pareció estar ante algún inquisidor del siglo XVI mirando con desprecio e ira al pobre chivo expiatorio que iba a ir al cadalso de un momento a otro.

-¿Y si no ha hecho nada por que huye?

-Y quién dice que lo haya hecho, ha faltado de su domicilio unas horas, probablemente ya esté de vuelta  o comiendo en el bar de siempre. Además que tengo yo que ver en todo este asunto.

-Espero que nada, al menos pensamos eso por ahora.

-Pensamos…. ¿Quiénes, cuantos?

-Eso a Usted no le compete, solo queremos encontrar a Abelio y se zanja el asunto.

-Pero….¿Qué autoridad tiene Usted para ello?. Desde cuando se persigue a un hombre en este país por sus ideas.

Aquí me tuve que contener, pues la verdad es que se ha perseguido, se persigue y probablemente se seguirá persiguiendo siempre.

-Es Usted un iluso o un redomado ingenuo, nosotros somos el poder, un poder que va más allá de las mojigatas y ridículas proclamas que hacen Ustedes, viven en un mundo falso lleno de colores, de discusiones absurdas, de derechos, de libertades y no tienen ni remota idea de que para conseguir eso otros movemos los hilos hasta dónde sea posible, cueste lo que cueste y téngalo en cuenta amigo… caiga quién caiga.

Al parecer la conversación había terminado, Antonio llamó al camarero, este le trajo la cuenta, el acompañante que había estado tomando nota de lo hablado me pidió mi número de teléfono y mis señas de Madrid y los tres se levantaron.

-Ah, otra cosa más. Si Abelio se pone en contacto con Usted llámeme sin dudarlo o tendrá que avenirse a las consecuencias. Entendido. Bien pues queda Usted avisado.

.No contesté, ni me dio tiempo ni creo que al tipo este le importará un bledo lo que pudiera decir. Esperé que salieran les ví dirigirse al coche que aparecía cuando lo necesitaban, se subieron en él y les vi salir en dirección Huelva. Me fijé en el comedor, habían unas cuatro mesas ocupadas, los comensales unas diez o doce personas casi todas hombres habían escuchado las últimas frases de Antonio y me miraban  con enorme curiosidad y con algo de recelo como si estuvieran ante un condenado de antemano. Es lo que tiene la autoridad o mejor dicho los que la ejercen, mayormente tiene el auditorio de su parte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario