-¿Qué ha ocurrido, le ha pasado algo grave a
Alberto?
-¿Este quién es?
Le pregunta a Abelio mientras me dirige una
mirada de desprecio. Acabo de conocerle y este tipo ya me cae mal, me resulta
un pedante altanero y mal educado.
-Es un amigo que está aquí de visita.
¿Ha estado esta mañana contigo?
-Claro, por supuesto, hemos estado en el
dolmen de Soto. ¿Por qué?
-Nada, se viene también con nosotros, vamos al
maldito dolmen.
Salimos de la biblioteca, hace un calor
terrible, se nota que se aproxima una tormenta pero a pesar de ello la gente del
vecindario se para curiosa a ver qué es lo que está pasando.
Los dos números de la Guardia civil nos
invitan a que subamos a un jeep mientras el odioso Antonio se monta en un coche
gris dónde un chofer le estaba aguardando. Salimos camino del dolmen nuevamente.
Al llegar a la finca hay otros dos agentes más
acompañando a Ángel, este parece todavía más delgado que esta mañana. Entramos
todos en el dolmen, atravesamos la estrecha entrada, seguimos el tenebroso
pasillo y llegamos hasta la cámara, el miedo de la visita anterior me había
impedido fijarme en aquella enorme cámara de más de tres metros, una luz roja
acompaña a otras más que varias personas enfundadas en unos trajes blancos se
encuentran en la sala.
-¿Qué ha pasado aquí? Grita Abelio sin quitar
la vista de una camilla que soporta una persona tapada excepto los pies por una
sábana también blanca.
-Es Alberto, al parecer se ha suicidado o eso
parece…..por ahora.
Mientras dice esto Antonio se queda fijamente
mirando a Abelio y después a mí.
-¿Usted le conocía?
-No, llegue ayer a Trigueros y solo sé que era
profesor y amigo de Abelio.
-Ah….ya, bien veremos que dice el forense.
Entretanto Abelio habla con el médico forense
y con un sargento de la Benemérita que está al mando de la investigación.
………………………………………………
Tuve que quedarme en Trigueros dos semanas
mientras concluían las investigaciones por parte de la policía judicial y de la
Guardia Civil. Tanto Abelio como yo tuvimos que declarar en el Juzgado de
Huelva varias veces al igual que en la Comandancia de la Guardia Civil. Al
parecer el teléfono de Alberto tenía varias llamadas sin contestar, las que
hizo Abelio y esto era lo único que nos relacionaba con el caso.
Cuando las pesquisas acabaron supimos que el
tal Antonio era un Funcionario del Gobierno, por lo visto andaban detrás de una
organización de ladrones de antigüedades que operaban por toda Andalucía
Occidental y el tal Alberto estaba involucrado en la desaparición de ciertas
piezas, objetos catalogados de suma importancia por su antigüedad y por su
valor en sí pues muchos de ellos eran trabajos en oro y que habían ido
desapareciendo poco a poco de los inventarios del Museo Arqueólogico y que
Alberto con otros dos compinches, traficantes de todo lo que pudieran sacar
dinero.
Al parecer Alberto quería involucrar en cierto
modo a Abelio pues esperaba que este dada su autoridad en la materia negara o
rebajara el valor de ciertas joyas paleolíticas que Alberto había desviado
hacía su poder y que paralelamente había enviado a Abelio mediante una agencia de transporte, que
había sido requisada por la policía antes de que llegara a su destino por ello
mantenían una cierta vigilancia a la casa de Abelio hasta comprobar que este no
tenía nada que ver con el asunto. Rodeado por todos lados Alberto llegó a
Trigueros a primera hora de la mañana se dirigió a la casa de Abelio pero no le
encontró, nos habíamos marchado al dolmen, la marcha precipitada del dolmen a
causa de mi ataque de pánico hizo que Alberto llegase minutos más tarde y después
se suicido.
¿O le obligó a terminar su vida de un tiro el
poder que irradia el dolmen?
Le hice esta misma pregunta a Abelio y me
contestó enigmáticamente:
-De eso hablaremos en el próximo viaje, ahora
descansa un poco y regresa a Madrid por la mañana.
Filoxides de Ursalia
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