Llegar a la finca de Soto nos llevó una media hora de paseo, un rato
muy agradable, el sol ya iba avisando de que iba a hacer un día bastante
caluroso, preámbulo de una tormenta que al parecer se acercaba por el
Atlántico, Abelio hablaba sin parar de las ventajas de vivir en aquellas
tierras, de la amabilidad de sus gentes, de la comida, del clima y hasta de los
mosquitos, decía que eran los más grandes que había visto nunca.
Ángel el guarda nos estaba esperando, era una espigada figura, delgada
hasta parecer anoréxico con unos ojos azules de un tamaño enorme para una cara
tan enjuta, barba de varios días y un cigarrillo en la comisura de los labios,
nos ofreció una cerveza a la vez que encendía la iluminación del dolmen, este
era sobrecogedor, imponente, resulta increíble que se hubiera podido
transportar, colocar y a la vez orientar esas enormes piedras por unas gentes
que apenas llevaban unos años utilizando el fuego. Veintiún metro de longitud
por casi un metro de ancho. Abelio me va explicando que fue descubierto en 1922
por Armando de Soto, las excavaciones duraron tres años más o menos y
terminándose con un estudio del prestigioso Hugo Obermaier, hoy es Monumento
Nacional desde 1931 y está en un magnífico estado de conservación a pesar de
los expolios de principios de siglo. Orientado del Levante al Poniente de tal
manera que los primeros rayos del sol en el equinoccio avanzan por el corredor
y se proyectan en la cámara durante unos minutos los suficientes para los
rituales de aquellas gentes.
Nos adentramos por aquel extraño lugar, las momias halladas han sido
retiradas y ahora se han colocado unas fotografías, a pesar de la luz eléctrica
y las mejoras para el mantenimiento el lugar sigue irradiando cierto
magnetismo. Abelio no para de darme datos, fechas, impresiones técnicas, etc.
Yo me desentiendo aquí hay algo sobrenatural, no podría decir qué, ni si es
positivo o negativo pero me sobrecoge hasta el punto de que me empieza a faltar
el aire y le ruego a Abelio que salgamos, no aguanto más.
Al salir una bocanada de aire fresco de la sierra cercana me libera en
cierta forma, creo que he sentido miedo, un miedo extraño, como si miles de
personas estuvieran al acecho para saltar sobre nosotros en cualquier momento. No
le digo nada de esto a Abelio pero creo que él se ha dado cuenta pues enseguida
me coge del brazo y me dice:
-Salgamos de aquí, pronto.
Nos despedimos de Ángel y subimos a un taxi que hay aparcado unos
metros más allá.
-A Trigueros, por favor.
El taxista tiene la radio encendida, la emisora emite unas noticias
sobre el rapto de una menor.
-Parece que esto está de moda ahora. Dice el taxista, nadie le
contesta.
La carrera es corta, ni una palabra sale de nuestras bocas, el
conductor ha notado el silencio sepulcral y se une a nosotros, nadie habla.
Abelio paga el servicio y abandonamos el vehículo, después me hace una
seña y nos dirigimos a un café cercano.
-Creo que te ha impresionado demasiado ¿No es cierto?
-Si, la verdad es que si, ha habido un momento que me asfixiaba y no
se los motivos pero he estado al borde del pánico.
-Es normal, le ocurre a muchas personas sensibles como tú. El dolmen
debería tener esa misión en la antigüedad, imponer, provocar miedo a la vez que
un respeto religioso.
Mientras nos tomamos un par de tazas de café portugués, se nos acerca
un hombre que se presenta como el alguacil de Trigueros, se dirige directamente
a Abelio y le hace entrega de un sobre y se queda de pie esperando una
respuesta. Abelio lo abre, saca un cuartilla con un membrete indescifrable para
mí y le contesta:
-Dígale que pasaré esta tarde por la Biblioteca, gracias.
El hombre hace un gesto con la cabeza y se aleja.
-¿Ocurre algo Abelio?
-Mi amigo Alberto viene esta tarde a Trigueros y quiere verme.
-¿Y…porqué este trámite, no es más fácil que te llame o que vaya
directamente a tú casa?
-No lo sé……. Puede que este con otras personas, ya veré.
-¡Nada de eso! Ya veremos, yo no me lo pierdo, después del miedo de
hace un rato yo no me separo de ti hasta que vuelva a Madrid.
Comimos en una taberna en el centro del pueblo, un lugar muy agradable
con un servicio impecable, el dueño conoce a Abelio el de las piedras y salió
de la cocina a saludarle en cuanto nos vio entrar. Él fue quien nos sugirió el
menú y el vino, después nos invito a unos vasitos de orujo para que hiciéramos bien
la digestión según su costumbre.
Pasamos por casa para asearnos un poco y para cambiarnos de calzado, pues
nos habíamos ido al dolmen con botas de sierra y ahora el calor apretaba. A la
media hora salimos y nos dirigimos a la biblioteca que está al lado del
Ayuntamiento y dónde esperaba Alberto.
No había nadie en la puerta así que pasamos directamente a un salón dónde
unas cuantas mesas de lectura y dos ordenadores eran el único mobiliario, en la
pared del frente un mostrador y varias estanterías llenas de libros
clasificados por temas.
Allí no había nadie más, solo se oía el murmullo de los funcionarios del
ayuntamiento al otro lado del tabique.
-¿Qué raro que Alberto no esté ya aquí, suele ser muy puntual. Dice Abelio
-Venía de Huelva directamente no
creo que esta carretera tenga mucho tráfico. Continuó
Esperamos unas dos horas ojeando alguna revista o leyendo cualquier libro
sin ningún interés especial. Mientras Abelio le había llamado al móvil tres o
cuatro veces sin contestación alguna.
Ibamos a salir, aburridos de tanta espera cuando un personaje extraño
acompañado de dos guardias civiles nos cerró el paso.
-Hola Abelio, ¿esperabas a Alberto?
-Si, Antonio, llevo dos horas largas esperándole, le he llamado varias
veces pero salta el contestador y ya nos íbamos.
-Bueno, creo que nuestro común amigo no vendrá.
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