viernes, 4 de mayo de 2018

Abelio y el Dolmen (2)


Llegar a la finca de Soto nos llevó una media hora de paseo, un rato muy agradable, el sol ya iba avisando de que iba a hacer un día bastante caluroso, preámbulo de una tormenta que al parecer se acercaba por el Atlántico, Abelio hablaba sin parar de las ventajas de vivir en aquellas tierras, de la amabilidad de sus gentes, de la comida, del clima y hasta de los mosquitos, decía que eran los más grandes que había visto nunca.

Ángel el guarda nos estaba esperando, era una espigada figura, delgada hasta parecer anoréxico con unos ojos azules de un tamaño enorme para una cara tan enjuta, barba de varios días y un cigarrillo en la comisura de los labios, nos ofreció una cerveza a la vez que encendía la iluminación del dolmen, este era sobrecogedor, imponente, resulta increíble que se hubiera podido transportar, colocar y a la vez orientar esas enormes piedras por unas gentes que apenas llevaban unos años utilizando el fuego. Veintiún metro de longitud por casi un metro de ancho. Abelio me va explicando que fue descubierto en 1922 por Armando de Soto, las excavaciones duraron tres años más o menos y terminándose con un estudio del prestigioso Hugo Obermaier, hoy es Monumento Nacional desde 1931 y está en un magnífico estado de conservación a pesar de los expolios de principios de siglo. Orientado del Levante al Poniente de tal manera que los primeros rayos del sol en el equinoccio avanzan por el corredor y se proyectan en la cámara durante unos minutos los suficientes para los rituales de aquellas gentes.

Nos adentramos por aquel extraño lugar, las momias halladas han sido retiradas y ahora se han colocado unas fotografías, a pesar de la luz eléctrica y las mejoras para el mantenimiento el lugar sigue irradiando cierto magnetismo. Abelio no para de darme datos, fechas, impresiones técnicas, etc. Yo me desentiendo aquí hay algo sobrenatural, no podría decir qué, ni si es positivo o negativo pero me sobrecoge hasta el punto de que me empieza a faltar el aire y le ruego a Abelio que salgamos, no aguanto más.

Al salir una bocanada de aire fresco de la sierra cercana me libera en cierta forma, creo que he sentido miedo, un miedo extraño, como si miles de personas estuvieran al acecho para saltar sobre nosotros en cualquier momento. No le digo nada de esto a Abelio pero creo que él se ha dado cuenta pues enseguida me coge del brazo y me dice:

-Salgamos de aquí, pronto.

Nos despedimos de Ángel y subimos a un taxi que hay aparcado unos metros más allá.

-A Trigueros, por favor.

El taxista tiene la radio encendida, la emisora emite unas noticias sobre el rapto de una menor.

-Parece que esto está de moda ahora. Dice el taxista, nadie le contesta.

La carrera es corta, ni una palabra sale de nuestras bocas, el conductor ha notado el silencio sepulcral y se une a nosotros, nadie habla.

Abelio paga el servicio y abandonamos el vehículo, después me hace una seña y nos dirigimos a un café cercano.

-Creo que te ha impresionado demasiado ¿No es cierto?

-Si, la verdad es que si, ha habido un momento que me asfixiaba y no se los motivos pero he estado al borde del pánico.

-Es normal, le ocurre a muchas personas sensibles como tú. El dolmen debería tener esa misión en la antigüedad, imponer, provocar miedo a la vez que un respeto religioso.

Mientras nos tomamos un par de tazas de café portugués, se nos acerca un hombre que se presenta como el alguacil de Trigueros, se dirige directamente a Abelio y le hace entrega de un sobre y se queda de pie esperando una respuesta. Abelio lo abre, saca un cuartilla con un membrete indescifrable para mí y le contesta:

-Dígale que pasaré esta tarde por la Biblioteca, gracias.

El hombre hace un gesto con la cabeza y se aleja.

-¿Ocurre algo Abelio?

-Mi amigo Alberto viene esta tarde a Trigueros y quiere verme.

-¿Y…porqué este trámite, no es más fácil que te llame o que vaya directamente a tú casa?

-No lo sé……. Puede que este con otras personas, ya veré.

-¡Nada de eso! Ya veremos, yo no me lo pierdo, después del miedo de hace un rato yo no me separo de ti hasta que vuelva a Madrid.

Comimos en una taberna en el centro del pueblo, un lugar muy agradable con un servicio impecable, el dueño conoce a Abelio el de las piedras y salió de la cocina a saludarle en cuanto nos vio entrar. Él fue quien nos sugirió el menú y el vino, después nos invito a unos vasitos de orujo para que hiciéramos bien la digestión según su costumbre.

Pasamos por casa para asearnos un poco y para cambiarnos de calzado, pues nos habíamos ido al dolmen con botas de sierra y ahora el calor apretaba. A la media hora salimos y nos dirigimos a la biblioteca que está al lado del Ayuntamiento y dónde esperaba Alberto.

No había nadie en la puerta así que pasamos directamente a un salón dónde unas cuantas mesas de lectura y dos ordenadores eran el único mobiliario, en la pared del frente un mostrador y varias estanterías llenas de libros clasificados por temas.

Allí no había nadie más, solo se oía el murmullo de los funcionarios del ayuntamiento al otro lado del tabique.

-¿Qué raro que Alberto no esté ya aquí, suele ser muy puntual.  Dice Abelio

-Venía de Huelva directamente  no creo que esta carretera tenga mucho tráfico. Continuó

Esperamos unas dos horas ojeando alguna revista o leyendo cualquier libro sin ningún interés especial. Mientras Abelio le había llamado al móvil tres o cuatro veces sin contestación alguna.
Ibamos a salir, aburridos de tanta espera cuando un personaje extraño acompañado de dos guardias civiles nos cerró el paso.

-Hola Abelio, ¿esperabas a Alberto?

-Si, Antonio, llevo dos horas largas esperándole, le he llamado varias veces pero salta el contestador y ya nos íbamos.

-Bueno, creo que nuestro común amigo no vendrá.
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