miércoles, 22 de febrero de 2017

Tobi el vencejo



En uno de mis viajes por trabajo me ocurrió un hecho que me  marcaría  a mí y al resto de mi familia para siempre.

Fue durante una noche a principios de Junio durante el año dos mil seis en la ciudad de Úbeda en la provincia de Jaén, había estado trabajando toda la semana por la región en compañía de un colega. Durante el día comíamos allá por dónde teníamos clientes que visitar pero al llegar la noche un par de cervezas y cada uno por su lado, él a su casa y yo al Hotel.

Ese jueves había sido un día muy caluroso, salí del Hotel sobre las ocho y media de la mañana, me di una vuelta por los alrededores hasta que llegó Loren a recogerme; de Úbeda a Jaén dónde trabajamos por la mañana, comimos a las afueras y por la tarde estuvimos en Linares; el verano se había echado encima y el calor se hacía bastante insoportable al mediodía, la tarde mejoró bastante y a las nueve de la noche regresamos a Úbeda, nos despedimos en la puerta del Hotel, subí a dejar el maletín, ducharme y llamar por teléfono a casa, sobre las nueve y media en mangas de camisa pues el calor aunque más suave seguía firme e invitaba a ello, salí a cenar en una terraza justo enfrente del Hotel.

Mientras cenaba unos chiquillos recogieron algo del suelo, no le preste mucha atención hasta que uno de ellos se acercó y me enseño lo que habían cogido. Era un polluelo de no sé qué ave, debió caerse de algún árbol y no tenía plumas para volar ni fuerzas para cobijarse en algún sitio, el crio me dijo que no podía quedárselo y que los demás tampoco, así que me vi cenando con un invitado imprevisto al cual no sabía que darle, le puse agua en un plato pero no bebía, el pico al acariciarle era una ternillita blanda, muy frágil así que desistí. Terminé de cenar pague la cuenta y cogí al polluelo, en el jardín del interior del hotel pensé que estaría mejor y que probablemente sus parientes le recogerían como algunas veces había visto en documentales de televisión.

A la mañana siguiente desayuné y con la maleta baje al coche, era viernes y trabajaríamos en Andújar y Bailen, después de comer yo en mi coche regresaba para Madrid mientras Loren terminaba unos asuntos pendientes y volvía a su casa.  Mire en el sitio dónde la noche anterior había dejado al polluelo y mi sorpresa fue que seguía allí, en el mismo sitio dónde le dejé. Pedí una caja en recepción y metí al polluelo, los dos nos metimos en el coche a esperar al compañero.

En todos los clientes dónde estuvimos trabajando pregunté qué tipo de pájaro era aquél suponiendo que al ser gente de campo o al menos más relacionada con él me podrían indicar que hacer pues temía que el animalito se pudiera morir de hambre o de sed, el calor se iba adueñando del día y yo no me atrevía ni a poner el aire acondicionado del coche por temor a que se me muriera mi pequeño compañero.

Al mediodía en un restaurante a las afueras de Bailén una señora, cocinera del local, me dijo que probablemente se muriera pues solo la madre le podría dar de comer y que creía que podía ser un cuervo o algo similar.

Viendo que todos eran igual de ignorantes que yo, no me lo pensé y tiré para Madrid con él, le puse en el suelo del coche para que no le diera el aire o le molestara el sol y con un recipiente pequeñito de agua y una migas de pan al lado, así hasta mi casa de Madrid.

El recibimiento fue apoteósico, mi hijo le bautizo con el nombre de Tobi y mi mujer salió corriendo a la pajarería más cercana para ver cómo le podíamos alimentar, nos recomendaron que le llevásemos al día siguiente y así hicimos, le desparasitaron y nos dijeron que era un polluelo de vencejo y que solo podría volar si le soltábamos al aire cuando estuvieran las alas hechas pues aún eran solo unos pequeños brotes como si de cáñamos se tratara.

La paciencia de Ana con Tobi fue enorme, le daba agua con una jeringuilla y le preparaba trocitos de carne cruda y huevo cocido, le hacía una pasta y le abría el piquito con sumo cuidado para que este fuera comiendo poco a poco. Le preparo una cajita con plumas sobre los trozos de una antigua chaqueta de piel que rompió para ello y poco a poco Tobi se fue haciendo un precioso pájaro. Yo seguí con mi trabajo pero cada viernes al volver a casa veía como Tobi iba cambiando en todos los aspectos, le iba saliendo un plumaje grisáceo y blanco, pero lo que más me impresionaba eran sus ojos, aquel animal hablaba por sus ojos, unos enormes ojos negros que nos tenían prendados a los tres.

El veterinario nos advirtió de que Tobi tendría que echar a volar un día de estos y que nosotros deberíamos ayudarle, así mi hijo le soltaba sobre la cama para ver si ya estaba apto para el vuelo, día tras día Tobi se mantenía un poco más en el aire pero caía sobre la cama a los pocos segundos.

Durante tres meses tuvimos a Tobi en casa, cuidándole, dándole de comer aquello que el veterinario nos indicaba, mi hijo le traía gusanos y larvas, mi mujer seguía al pie de la letra los consejos del veterinario le seguía dando de beber con una jeringuilla hasta que Tobi comenzó a beber por su cuenta.

Por fin Tobi se mantuvo en el aire, mi hijo le tuvo por casa volando posándose en las lámparas y yendo sobre los armarios, cada día un poco más,  él le impulsaba y Tobi cada vez volaba con mayor seguridad.

Llego la hora, Tobi estaba apto para volar, para volver con los suyos, para abandonar nuestra casa, el animalito nos lo pedía con esos ojos negros intensos, tenía que irse ya estaba listo, así que una mañana cogimos a Tobi y nos fuimos al puerto de Cotos en Navacerrada, el animal temblaba de la emoción, sabía que aquel era su día, lo presentía y nosotros llenos de tristeza sabíamos que Tobi debía irse, volver con los suyos, volar por los cielos, cazar él solo, vivir su vida. Mi hijo cogió a Tobi le beso en esa cabecita e impulsándole hacía arriba le soltó. Fue sorprendente, Tobi volaba, volaba con una majestuosidad propia de cualquier gran ave, le vimos alejarse hacia el Norte, con seguridad hacía la libertad, con sus parientes.

Y nosotros nos quedamos destrozados, sabíamos que habíamos hecho lo correcto, que era nuestro deber dejar a Tobi emprender su camino pero….. de vuelta a casa nadie hablo, no podíamos hacerlo.

Suerte Tobi
Filoxides de Ursalia

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