miércoles, 22 de febrero de 2017

La Residencia



Pablo  languidece en la Residencia, hace ya más de cinco años que llegó a ella obligado por las circunstancias, su mujer Pepita, había fallecido hace ahora siete años y para Pablo fue el principio del fin.

Pablo y Pepita se conocieron nada más volver él del Sáhara dónde había prestado el servicio militar allá por los sesenta, fue un flechazo instantáneo, ella trabajaba en los Talleres que tenía Intendencia Militar en la Avenida de Barcelona muy cerca de dónde vivía y cerca también del taller de chapa desde el que Pablo la veía salir a la hora de comer con otras compañeras en dirección a la calle Abtao. Pablo buscaba la excusa en el taller para salir detrás de ella y sin decirle media palabra la seguía hasta su casa, ella se daba cuenta y tonteaba con el panadero, la chiquita del kiosco de prensa y con medio barrio para enfado de Pablo que se sentía celoso sin haber siquiera hablado una sola vez con Pepita, por fin el encontronazo gracias a un tacón roto, unas risas, unas miradas cómplices y desde ese momento hasta cuarenta años después Pepita y Pablo no se separaron nunca.

Se casaron en una pequeña Iglesia en la barriada de Vallecas, y alquilaron un piso en la calle Peña Prieta muy cerca de dónde vivían los padres de Pepita, Pablo era huérfano desde hacía muchos años, su padre murió tísico por culpa de la guerra y su madre le siguió un par de años después de pena y cansancio.

Pablo recuerda el nacimiento de su único hijo Eduardo, su bautizo, la primera Comunión de este, los problemas en la Escuela a causa de la poca atención del muchacho y que le obligó a llevárselo al taller en cuanto cumplió los catorce años, después este se marchó a Alemania siguiendo a otros amigos que le allanaron el camino y allí se caso, tuvo dos hijos y al principio venían todos los veranos a casa para ver a sus padres, después según se iban haciendo mayores los críos pasaban por casa un día o dos camino de la playa hasta que destinaron a Eduardo a Chile y no le volvieron a ver, unas cuantas cartas cada vez más espaciadas, una llamada telefónica por Navidad y nada más.

Le envió un telegrama cuando murió Pepita y tuvo la contestación casi un mes después disculpándose y nada más, que tal estas Papa, como te va, en fin cuatro palabras y nada más. Pablo se quedó solo, en una casa que se iba haciendo vieja a pasos agigantados, superando la vejez de Pablo y la de los otros inquilinos que habían llegado a ella más o menos cuando Pepita y Pablo y que la muerte en algunos casos, y en otros menos afortunados los hijos les"exiliaban"  a una Residencia, mientras los menos  se habían ido a vivir tranquilamente con sus hijas y sus nietos.

Mientras Pepita vivía la jubilación le había parecido a Pablo el Edén, todas las mañanas iban a desayunar su café con churros a un barecito en la esquina con Valdearribas, después un paseo por un jardín cercano dónde veían correr a los críos, las mascotas, oían a las mamas charlar, más tarde compraban el pan dónde siempre se acercaban a la tienda de ultramarinos para hacer la pequeña compra diaria, se entretenían viendo escaparates y saludando a los vecinos que se encontraban al paso y para casa. Pepita era una gran cocinera y pronto se ajustó a la modesta pensión, para Pablo era todo un orgullo comentar a los conocidos que nunca había comido una tortilla de patatas como la que preparaba Pepita ni unos callos con garbanzos como los que igualmente ella cocinaba. Discutían como todas las parejas, pero no tardaban ni diez minutos en reconciliarse, eran tal para cual.

Su muerte fue un duro palo para Pablo, todo se precipito, aunque esto iba ocurriendo desde hacía años él no se había dado cuenta o no quiso hacerlo, el barrio no era el mismo, la casa estaba casi inhabitable y el casero había muerto hacía cuatro o cinco años dejando la propiedad en manos de una inmobiliaria que pretendía echar a los vecinos de allí y derruir el edificio, los vecinos se habían ido marchando y sus pisos los ocupaban inmigrantes, no eran malas personas pero rompían la tranquilidad que hasta entonces había tenido la comunidad dónde solo se escuchaba la radio de Carmen una señora algo sorda que vivía  en el tercero pero que daba al otro lado de la escalera por lo que Pablo casi no la oía. Ahora estos nuevos vecinos con más hijos pequeños y otras costumbres rompían la placidez del edificio. Los sábados por la noche era insoportable el estar en casa, las televisiones echaban humo, la música a todo volumen y las broncas y borracheras con vómitos en medio de la escalera o peleas entre familiares eran continuas hasta llegado el lunes donde la civilización volvía otra vez a la vivienda.

Pablo solo y con este ambiente procuraba pasar en la calle todo el tiempo posible y sus piernas le permitían, en invierno se cobijaba en el bar de enfrente pero poco a poco este se fue llenando de unos salvajes que trapicheaban con droga y pegaban a los chicos del barrio presumiendo de sus raíces caribeñas. Todo esto unido a su soledad iba volviendo a Pablo en un viejo taciturno, triste y cada vez más débil; por mediación del hijo del panadero cuya mujer era asistenta social le estaban buscando una residencia. Pablo no quería abandonar su casa a pesar de todo pero se decidió a ello cuando la policía tuvo que intervenir una noche reventando la puerta del bajo C y apresando a una familia marroquí por asuntos de terrorismo. En esa casa había vivido hasta su muerte un matrimonio, ella peluquera y el guardia civil retirado, ambos llevaban en la casa más de cuarenta años, cuando él murió Carmen así se llamaba la viuda se fue a vivir con una hija a Sigüenza dónde falleció al poco tiempo.

Recogió las cuatro cosas que cabían en una maleta y siguiendo como un perrillo a Jenny la asistenta social terminó en una Residencia en medio de la nada cerca de la Carretera de Andalucía  entre una escombrera  y  una horrible y ruidosa gasolinera.

No sabe cuánto tiempo lleva allí, a veces le parece que fue ayer cuando llegó, le vacunaron, le visitó un médico, le recetó un montón de pastillas, le metieron en la misma habitación que ocupaba un pobre loco y le dejaban salir a la terraza con el grupo, nunca solo. Aquello es lo que peor llevaba, era como ser parte de un rebaño de inválidos, restos deformes y maltrechos de lo que había sido una humanidad normal, ahora quejosa, quebrada y maltratada por la vida y el destino.

Sabe que el final se aproxima, la muerte le ha avisado en forma de infarto dos veces y presagia que la tercera será la definitiva, ahora espera tranquilamente que llegue el momento. Mientras tanto y gracias a su todavía  capacidad de atraer a las personas ha convencido a la cuidadora para que le deje salir un ratito, solo un ratito de diez minutos a la terraza mientras los demás residentes dormitan en le salón viendo la televisión.
Filoxides de Ursalia

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