Me dirijo a la Clínica Psiquiátrica del Doctor López-Fhis situada a las afueras de una bella
ciudad al noroeste de España. El camino ha sido largo por las inclemencias del
tiempo, el aire sacudía el pequeño coche que había alquilado para la ocasión,
según me acercaba a las inmediaciones de la ciudad el paisaje se tornaba rosáceo
gracias a la floración de los innumerables almendros que rodean esta. Un
pequeño cartel a unos dos kilómetros de la ciudad me indica la desviación hacía
la clínica, el camino bien asfaltado me lleva hacia el este, el sol me ciega y
tengo que aminorar la velocidad hasta llegar a una puerta enrejada que impide
la entrada al recinto.
Llamó mediante el claxon y la puerta se abre hacía un lateral permitiendo
la entrada del vehículo, según voy entrando en un extraño jardín de plantas
bastante raras para estas latitudes, en el centro un enorme plátano de sombra se erige majestuoso cubriendo a la vista el
oscuro edificio de ladrillo y piedra gris que cobija la clínica.
Nadie sale a recibirme así que aparco el coche en una zona habilitada para
ello, dónde hay otros dos coches aparcado y una ambulancia, recojo mi
portafolio dónde llevo los extraños apuntes que el amigo de Lendon me dejo y me
dirijo hacia la puerta.
La recepción es algo siniestra, una lámpara sobre un mostrador expande
una tenue luz suficiente para alumbrar este pero dejando en penumbra el resto
de la sala. Allí un viejete con enormes gafas y un ridículo bigotito gris
ordena unas carpetas en un enorme archivador situado en la pared detrás del
mostrador, me mira con ojos de disgusto y sin muchas prisas termina de colocar
las carpetas y se vuelve hacía mi.
-El Sr Filoxides supongo, me dice sin mucho interés.
-Efectivamente. Le contesto con la misma frialdad que la suya.
-Espere un momento allí sentado (me señala un sillón de cuero)
mientras aviso al Doctor.
El antipático abuelo desaparece detrás de una puerta y yo me quedo
sentado en el incómodo sillón que junto a otro similar componen junto a una
mesita el único mobiliario de la sala.
-El doctor le atenderá en unos minutos. Me suelta el abuelo sin
mirarme siquiera.
Mientras me entretengo ojeando unas revistas que hay sobre la mesita,
la mayoría son sobre cuestiones médicas, tratamientos, productos farmacéuticos,
etc.
A los diez interminables minutos aparece el Doctor López-Fhis, es un
hombre de mediana edad, bastante alto muy delgado de un color cetrino que me
extiende una larga y nervuda mano que estrecho con cierta repugnancia, su mano
está fría, muy fría como si hubiera estado tocando hielo o algo similar pero
muy secas.
-Bien, estimado Señor. Usted me dirá el porqué de su visita, me suelta
con una cínica sonrisa que más bien es una mueca, su boca es pequeña con unos
labios muy finos y unos dientes no muy blancos.
Como le comenté por teléfono hace años recibí una carta de un tal
Lendon, solo Lendon que permanecía internado en una prisión de Arizona, cuyo
último interno salió de allí en el año 1909 pero la carta tiene el sello de la
prisión de 1999 y como Usted puede ver viene firmada por el director de la
Prisión.
Le enseño el documento al Doctor que lo lee con cierta indiferencia
para comentar después.
-Es extraño, lo reconozco…¿pero qué tiene esto que ver conmigo?
-El personaje que me entrego esta carta más estos apuntes que traigo
conmigo estuvo años bajo tratamiento de Usted y creo que también estuvo
ingresado en esta clínica durante varios años.
-Es probable pero comprenderá que por aquí pasan muchos pacientes al
cabo del año con todo tipo de esquizofrenias y yo no me puedo acordar de ellos,
Usted no se puede imaginar la cantidad de historias que escucho y los problemas
que debo intentar solucionar, tendría que revisar mis archivos que como puede
Usted ver no están informatizados. (Me señala el enorme fichero)
-Creo que el personaje en cuestión estuvo aquí ingresado en el año
2000 permaneciendo ocho meses y tres días, según consta en una factura que me
llegó junto a los papeles que le he enseñado además incluye un parte médico y
el alta correspondiente, en el parte se define la enfermedad como esquizofrenia
paranoica con grado de violencia máximo por lo que se precisa internamiento en
centro especializado.
-Pero en cambio Doctor, Usted le dio el alta y este hombre apareció
ahorcado en un hostal de carretera a las pocas semanas. La policía encontró un
par de cartas en su bolsillo una dirigida a Usted y la otra dirigida a Lendon,
esta más bien es una nota dónde le agradece su amistad durante tantos años y le
dice que siga trabajando en lo que más le gusta y eso es lo preocupante, la
misiva dice textualmente:
“Busque Usted mi querido Lendon la felicidad de la
gente liberándola de sus múltiples miserias y vicios, siga con su ejemplar
tarea de acabar con ellos sin sentir ningún placer solo por la necesidad moral
de darle un sentido a sus vidas”
-¿No cree Doctor que este sujeto, no debía andar suelto por ahí?
¡¡Ah, ya lo recuerdo!!. Si la policía estuvo por aquí pero sus
pesquisas demostraron que ese pobre hombre solo era un desequilibrado sin más y
desgraciadamente cómo él hay muchos pateando las calles a todas horas.
-Podría Doctor mirar en sus archivos el expediente de este enfermo?
-Mi ayudante lo hará, ahora discúlpeme tengo pacientes que me
necesitan.
El Doctor se da media vuelta sin despedirse y desaparece por la misma
puerta que llegó, el viejete de la recepción me pide el número de teléfono y me
indica que en cuanto pueda me llamará.
Al salir me fijo en una pintada que debe llevar allí mucho tiempo,
está escrita al lado del muro que separa el jardín del exterior, la pintada muy
bien escrita con una caligrafía perfecta dice así:
“Que
alegría morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío. El único que
todavía no he experimentado…” J.D.
Sin mucho entusiasmo me pongo en marcha de vuelta a mi pueblo, pensé
equivocadamente que me sería de gran ayuda la visita a la clínica pero ni el
doctor aquel estaba por la cooperación ni aquel desvencijado archivo me daría
las pistas que estaba buscando para desentrañar el enigma que me inquietaba
desde que recibí los papeles.
He estado bastantes meses sin pensar en el tema. Llamé varias veces a
la Clínica sin respuesta alguna, o bien estaban ocupados o el teléfono
permanecía comunicando durante horas, nadie me devolvió la llamada ni supe nada
del Doctor. Cansado de esperar me puse en contacto con el Ayuntamiento de la
ciudad y la contestación me dejó de piedra. ¡¡Allí no había existido nunca una
clínica mental en ese lugar y el citado
Doctor no aparecía en ningún listín telefónico, ni estaba acogido a ningún
colegio o sindicato, como último intento llamé a la telefónica y me dijeron que
ese abonado no existía, cuando le dije que había estado hablando con ellos
varias veces en los últimos meses me contestaron que en el control de llamadas con
el cual se hacen después los cobros esas llamadas no aparecen.
He tratado de olvidar el asunto, pues a buen recaudo los papeles que
ese infeliz me dio y pasar de ello.
Sr. Filoxides tiene usted una carta certificada me dice la señorita
cartero cuando entraba en el portal de casa.
¿Una carta certificad, que raro? Desde que me jubilé no recibo carta alguna
exceptuando del banco, publicidad o de la Seguridad Social pero certificada
ninguna.
Firmo y me subo a casa con ella, abro la puerta y me dirijo a la
terraza, cuando hace buen tiempo paso prácticamente todo el día en ella, me
siento y abro la carta.
“Mi querido amigo, siento con gran pesar que Usted me ha olvidado,
llegué a pensar que podría ser una de la pocas personas que me comprendería y
por ello le envié a mi hermano Albert con ciertos papeles para que Usted
indagara, ahora veo con cierto fastidio que me equivoqué, Usted no es la
persona indicada para comprender lo que el Superior Conocimiento da a personas
como yo. Quise erróneamente qué Usted se ocupase de mi caso, llevo encerrado
aquí en la Prisión de Yuma desde 1888 he
visto salir a muchos compañeros, la mayoría en cajas de madera de pino y
algunos pocos excarcelados, la mayoría eran unos indeseables, asesinos del tres
al cuarto, traficantes, estafadores, violadores, unos imbéciles que se movían
por simple instinto, por el placer de matar, violar o saquear. Yo no soy de
esos y por ello llevo aquí tantos años, ahora estoy solo hace unos meses se
llevaron al último, era un gordo patán que había degollado a su suegra o al
menos de eso fantasmeaba, se los han ido llevando a una cárcel nueva creo. Yo
sigo aquí solo como siempre he estado, perfeccionando mi arte, enseñando a los
pocos elegidos que merecían el que yo les ilustrara sobre la “Salubridad Social”
es como yo llamo el ir limpiando esta de individuos nocivos, mequetrefes sin
espíritu alguno, muertos en vida por la desidia, la pereza o la monotonía, yo
limpio la sociedad de estos pobres hombres que no tienen nada que aportar, solo
respiran y molestan con su simple presencia a personas como yo, he librado a la
sociedad de más de cien idiotas, la mayoría por el sistema que más me gusta ,
el estrangulamiento, les miro a los ojos, ojos sin vida, sin alma de pequeños
hombrecillos que van a trabajar todos los días comen y defecan, hablan poco con
sus mujeres y menos con sus hijos, les libro a estos de la agonía de tener que
soportar a padres así. A otros les corto la garganta, es algo más cruel o efectista
pero el sentir cómo se ahogan con su propia sangre me ayuda a entender que
estoy haciendo el bien y por último utilizo el puñal o el cuchillo, es menos
directo, la distancia no me aporta la satisfacción de sentir entre mis manos el
calor de la sangre o de las venas mientras se colapsan. ¡ Si amigo yo soy un
gran exterminador de una plaga que inunda la tierra, el <hombrecillo>!.
PD. Ahora he de buscar alguien que continué mi labor, alguien con el
suficiente amor por la humanidad para que sea capaz de limpiarla como yo lo he
ido haciendo durante años.
Si todavía tiene Usted interés en mi caso deje una luz encendida
durante la noche para que yo pueda verla.
A.S. Lendon Prisión Territorial de Yuma, Tercera Galeria,
interno 00001 (Arizona)
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