domingo, 14 de julio de 2019

Mi acuerdo con Láquesis.




He ido perdiendo familiares, perros y amigos por este orden, a todos Átropos les corto el hilo de la vida, utilizando sus “detestables tijeras” cuando considera que ha llegado la hora de morir. Al igual que el resto de sus hermanas las Moiras, es implacable y estoy seguro de que mi hebra ya estará cercana al filo de sus tijeras.

El perder seres queridos te hace reflexionar, sobre todo cuando vas llegando a una edad de “riesgo”, aunque cierto es, que la rueca donde hila la hebra de la vida  Cloto  y que después Láquesis mide y echa a suertes el siguiente paso, puede llegar en cualquier momento, lo aparentemente normal es que esta se dilate hasta llegar a edad madura.

Sin darnos apenas cuenta, pues la rueca hila en corto, nos encontramos en la puerta del Hades con un óbolo en la boca previo pago al barquero.
Mi perdida más sentida fue mi Padre, quizás por ser el primero y a la vez la persona que más he querido en ese momento, su marcha me dejó desprotegido, indefenso, no lo esperaba por que fue fulminante, en pocos días el mal se lo llevó en brazos de Thanatos.
Aquella perdida tan dolorosa me hizo reflexionar sobre la cortedad y el sentido de la vida, pensé en todo aquello que había dejado de hacer y que no podría recuperar y a la vez me afirmé en lo que si me quedaba por hacer y debía de hacerlo sin falta.

Lo  primero era proteger a los míos de una muerte dolorosa ¿Cómo podía hacer tal cosa? Yo no tengo ningún poder sobrenatural para decidir sobre el destino de las personas y los animales. Debía evitar el dolor ante todo, ya que no podía controlar la inmediatez de la muerte.
Después la Parca se llevó a mi Madre, también aquí Átropos actuó con rapidez, el dolor fue mínimo y la muerte inminente, sin la horrible agonía de Enios, Hipnos le adormeció sin que las viejas Grayas pudieran actuar y así evitó el dolor.

Han sido las dos muertes más cercanas de mi familia, amigos los voy perdiendo de mayor, aquí mi sensibilidad es otra, el corazón se encallece entiende que las Moiras hacen su trabajo. El sufrimiento que me causó la muerte de mi Padre fue tremendo, para mi cerebro era incomprensible pero para mi corazón supuso una herida irreparable.

Su edad y su salud de hierro no hacía presagiar una enfermedad tan letal y una muerte tan rápida, la muerte de mi Madre, aunque igual de dolorosa, era más previsible pues sobrepasaba los ochenta años y su salud siempre había sido muy delicada, no por ello fue menos desgarradora su muerte para mí, en ese momento comprendí que el cabeza de familia era yo y mi responsabilidad se acrecentaba al igual que el miedo a no ser capaz de llevar esa carga.

Pero si había unos seres que estaban bajo mi total tutela, mis perros, Blondy, Sussi y el último Morgan. Yo no era su amo, nunca me consideré con ese atributo si se le puede considerar así, era su padre, su protector y a la vez su hermano mayor. Les cuidamos, les alimentamos, dormían a nuestro lado y vivan con nosotros y al referirme a vivir lo escribo con todas las consecuencias, mis perros eran una prolongación de la familia. Sacrifique el que mi nieto pudiera venir a nuestra casa a causa de la alergia que tiene a los animales pero Morgan tenía sus derechos y ninguna culpa de ello.

Digo que acordé con Láquesis que mis perros no sufrirían, debían tener una muerte digna y sosegada, Blondy enfermó, la operamos y la pobre murió a mis pies, me habían asegurado que la operación iba a ser un éxito y no fue así pero al menos no sufrió, los calmantes y el cariño le hicieron felices los últimos días.

Sussi empezó a cambiar de carácter, en pocos días se fue apagando, se cansaba, le costaba subirse al automóvil y le teníamos que ayudar, le hicieron unos análisis y nos dijeron que la metástasis le alcanzaba al estómago y los riñones y tomamos la decisión más dura de nuestra vida sacrificarla, los ojos del animal mientras le dormían eran de agradecimiento, su mirada tan firme se despedía de nosotros mientras la droga iba haciendo efecto.


Morgan nos ha cogido más viejos, más sensibles y aunque era el perro más rebelde que habíamos tenido probablemente es el que más cariño hemos tenido. Su infancia había sido todo un trauma de recogida en recogida y de estas al Refugio de perros, le adoptamos con un año de vida, sus mejores momentos cuando uno es cachorro los había perdido de jaula en jaula, pronto se hizo el dueño y señor de la casa, era un perro alfa y muy difícil de someter pero noble como ninguno, también enfermo con once años y aún tengo grabada en la retina su final.
Láquesis me permitió que yo fuera el “dador de vida” y espero  que la compensación de nuestro trato tarde en llegar.
                                                                                                                                 Filoxides de Ursalia

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