Una vez un
hombre sabio me habló sobre la importancia del fuego en el hogar, me contó que
junto al leño ardiente, al calor de este, en ese recinto dónde se cocinaba y se
hacía vida familiar se había forjado la civilización.
Me hizo
reflexionar sobre tal importante hecho y su importancia en el desarrollo de la
historia familiar. Siempre al calor de este fuego, de su luz, del encanto que
trasciende de las brasas chisporroteando en mil tonalidades iluminando las
noches de invierno y escuchando la voz del más anciano que nos deleitaba
contando historias míticas, de héroes y gigantes, íbamos imaginando un mundo
ideal.
Hoy la
llama del Hogar se ha apagado, es la muerte del Hierofante. Él nos revelaba
pequeños secretos que para nosotros pequeños infantes eran todo un mundo de
ilusiones y contrastes. Temíamos encontrarnos con Circe y que al igual que a
Ulises nos convirtiera en borregos o a las Erinias engalanadas con sus túnicas
negras y nos robaran nuestra cordura. Soñábamos con el viejo Agamenón o con Héctor
el troyano.
Un mundo de
ideales, de sueños y realidades entremezcladas que nos unían al pasado con un
fuerte cordón llamado Tradición, era nuestra Historia, la de nuestros padres y
abuelos; este se sentaba en el viejo sillón que todos respetábamos pues era el
sillón del abuelo y desde allí rodeado de una pequeña jauría de chiquillos,
contaba cuentos e historias de sus padres y abuelos, así fue durante
generaciones, de esta forma llegaron hasta nosotros la Historia, la verdadera
historia, la que a veces deforman los libros.
Al morir el
abuelo, inmediatamente le incorporábamos a la Historia, ya era parte de ella,
desde este momento era un héroe más de los mil que nos había contado y así
generación tras generación el abuelo se hacía parte de la historia.
Romper este
lazo de de unión entre unas generaciones y otras es el derrumbe de la
civilización, el recuerdo de nuestra historia personal encajada en los
acontecimientos de la época vivida nos hacía comprenderla de una manera
diferente al hecho frio de un libro de historia, nuestra historia estaba llena
de matices, de pequeñas anécdotas, se incorporaban otros personajes que enriquecían
esta.
Así fue
durante años, siglos, muchas generaciones lo vivieron así y de este modo lo
transmitieron. La historia se enriqueció con el mito o este se convirtió en
historia; hombres, animales, dioses, todos en un mismo plano, próximos,
cercanos, estaban allí a nuestro lado y gracias al viejo abuelo que recordaba y
enriquecía la historia con una y mil ocurrencia.
Si esto se
pierde perdemos el sentido de la vida, de nuestra vida pues en la historia está
el porqué de nuestra existencia actual, nuestra ontología; el desapego hacia el
que nos dirigimos será en última instancia el final de nuestra historia, se
romperá el lazo de la tradición y cualquier factor externo será más creíble que
nuestra propia existencia, lo anterior se volverá difuso irreal y perecedero,
lo iremos olvidando y la siguiente generación ya no tendrá constancia de ello,
la historia, nuestra historia habrá desaparecido y con ella recuerdos y
tradiciones, mitos y leyendas, sueños y realidades propias de un linaje
concreto, la estirpe se volatizará como por encanto y ya nada tendrá sentido.
Filoxides
de Ursalia

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