viernes, 12 de julio de 2019

Al Fuego del Hogar





Una vez un hombre sabio me habló sobre la importancia del fuego en el hogar, me contó que junto al leño ardiente, al calor de este, en ese recinto dónde se cocinaba y se hacía vida familiar se había forjado la civilización.

Me hizo reflexionar sobre tal importante hecho y su importancia en el desarrollo de la historia familiar. Siempre al calor de este fuego, de su luz, del encanto que trasciende de las brasas chisporroteando en mil tonalidades iluminando las noches de invierno y escuchando la voz del más anciano que nos deleitaba contando historias míticas, de héroes y gigantes, íbamos imaginando un mundo ideal.

Hoy la llama del Hogar se ha apagado, es la muerte del Hierofante. Él nos revelaba pequeños secretos que para nosotros pequeños infantes eran todo un mundo de ilusiones y contrastes. Temíamos encontrarnos con Circe y que al igual que a Ulises nos convirtiera en borregos o a las Erinias engalanadas con sus túnicas negras y nos robaran nuestra cordura. Soñábamos con el viejo Agamenón o con Héctor el troyano.

Un mundo de ideales, de sueños y realidades entremezcladas que nos unían al pasado con un fuerte cordón llamado Tradición, era nuestra Historia, la de nuestros padres y abuelos; este se sentaba en el viejo sillón que todos respetábamos pues era el sillón del abuelo y desde allí rodeado de una pequeña jauría de chiquillos, contaba cuentos e historias de sus padres y abuelos, así fue durante generaciones, de esta forma llegaron hasta nosotros la Historia, la verdadera historia, la que a veces deforman los libros.

Al morir el abuelo, inmediatamente le incorporábamos a la Historia, ya era parte de ella, desde este momento era un héroe más de los mil que nos había contado y así generación tras generación el abuelo se hacía parte de la historia.

Romper este lazo de de unión entre unas generaciones y otras es el derrumbe de la civilización, el recuerdo de nuestra historia personal encajada en los acontecimientos de la época vivida nos hacía comprenderla de una manera diferente al hecho frio de un libro de historia, nuestra historia estaba llena de matices, de pequeñas anécdotas, se incorporaban otros personajes que enriquecían esta.

Así fue durante años, siglos, muchas generaciones lo vivieron así y de este modo lo transmitieron. La historia se enriqueció con el mito o este se convirtió en historia; hombres, animales, dioses, todos en un mismo plano, próximos, cercanos, estaban allí a nuestro lado y gracias al viejo abuelo que recordaba y enriquecía la historia con una y mil ocurrencia.

Si esto se pierde perdemos el sentido de la vida, de nuestra vida pues en la historia está el porqué de nuestra existencia actual, nuestra ontología; el desapego hacia el que nos dirigimos será en última instancia el final de nuestra historia, se romperá el lazo de la tradición y cualquier factor externo será más creíble que nuestra propia existencia, lo anterior se volverá difuso irreal y perecedero, lo iremos olvidando y la siguiente generación ya no tendrá constancia de ello, la historia, nuestra historia habrá desaparecido y con ella recuerdos y tradiciones, mitos y leyendas, sueños y realidades propias de un linaje concreto, la estirpe se volatizará como por encanto y ya nada tendrá sentido.
Filoxides de Ursalia

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