Fontilles se extiende por 73 hectáreas
de monte y más de una treintena de edificios. Antaño fue un auténtico pueblo
con comercios, cementerio, quirófano, imprenta, herrería, carpintería, grupos
de teatro, cine… Un mundo paralelo al real. Lo sigue siendo en cierto modo. «El
tiempo en Fontilles es más lento que fuera». Lo dice el jesuita Antonio
Guillén, exdirector del sanatorio. El responsable espiritual es hoy el padre Carlos
Sancho. Una docena de jesuitas y franciscanas, personal médico y un puñado de
voluntarios (algunas, como Blanqui, de San Sebastián, con medio siglo de labor
en el centro) son el alma del lugar………
Este artículo aparecido en la Revista
UD Magis en Enero del 2011 me despertó una enorme curiosidad, la lepra esa
terrible enfermedad que de niño me asustaba hasta no poder dormir por las
noches y que hoy en día la tenía olvidada venía ahora después de tantos años a
ser recordada cuando ya no sabía de su existencia.
Así que aprovechando un viaje de
trabajo me desvié el viernes ya de regreso de Alicante por aquellas sierras que
más que mediterráneas parecen norteñas. Puse el GPS en marcha y me adentre por
la sierra, había salido de Jávea después de comer y no sabía exactamente hacía
dónde me dirigía pues esa tierras del interior apenas tienen negocios y nunca
entré en ellas.
Sobre las cinco de la tarde alcance un
alto desde dónde se veía el Hospital, así como el Centro Geriátrico añadido a
sus dependencias, el lugar era idílico, impensable que allí entre aquellos
muros hoy abiertos totalmente al exterior se pudiera esconder el peor mal de la
humanidad en la Edad Media y que aún existe en muchos lugares de la Selva
brasileña especialmente.
Bajé con cierto temor por una estrecha
carretera hacía el centro, comido por la curiosidad pero también con el temor
que aquella terrible palabra de cinco letras me había aterrorizado en mi niñez.
Una vez cerca de la puerta pude ver a unas alegres abuelitas sentadas, una en
un cómodo banco y otras en sus respectivas sillas de ruedas charlaba y reían
sin ningún rubor y menos sin temor alguno.
No tuve el valor de entrar, no por
miedo a la enfermedad la cual ni es contagiosa cómo nos contaban y menos aún
mortal al menos tras el tratamiento que se aplica hoy en día. Tres simples
pastillas, tomadas con asiduidad paralizan el virus y vencen la enfermedad.
A mi lado pasó un hombrecillo
encorvado con un capacho lleno de hortalizas que me saludo con una sonrisa y se
adentro en el centro, cojeaba y tenía cierta deformidades en su mano izquierda,
¡un leproso! pensé acababa de cruzarme con un leproso, me quedé absorto durante
unos segundos que me parecieron horas, aquel hombre seguramente había padecido
lepra y ahora estaba entrando en el recinto saludando a todos y entregando a
una monjita el capacho lleno de verduras.
Monte nuevamente en mi coche, bastante
avergonzado por no haber sido capaz de dirigirme a aquellas personas, peguntar
si necesitaban algo o simplemente preguntarles por sus familiares, amigos o lo
que fuera.
En los años sesenta se empleó en este
Hospital la talidomina siendo el segundo Hospital del Mundo en hacerlo, después
vino la Clofazimina y así hasta conseguir que los enfermos fueran tratados de
forma ambulatoria, la lepra había sido vencida al menos en el primer mundo
gracias a la labor de estas personas, sacerdotes, monjas, personal sanitario,
médicos y lo que es muy importante, yo diría vital el amor hacía la humanidad y
el valor ante el oscurantismo y el miedo.
Filoxides de Ursalia
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