sábado, 15 de abril de 2017

Adelio, el último renacentista



Conocí a Adelio una mañana del mes de Marte de hace ya más de diez años, fue en una exposición sobre Caravaggio en un conocido Museo de la capital madrileña, me lo presentó un viejo poeta desaparecido hace unos pocos años y que respondía por Melandro aunque ese no era su verdadero nombre, el cual no llegué a conocer jamás.

Charlamos amigablemente los tres sobre el pintor y su obra, ambos eran unos grandes expertos en pintura y sobre todo del Renacimiento. Melandro afirmaba con cierta cabezonería la superioridad de los pintores barrocos sobre los renacentistas y allí se entablo una interesante discusión entre los dos a la que yo asistía estupefacto ante los enormes conocimientos que ambos tenían sobre historia especialmente sobre historia de la pintura.

Adelio propuso después de más de una hora de acalorada discusión el ir a su domicilio donde tenía ciertas litografías para comparar la luz y los matices de color, la nitidez cromática que diferían entre ambos estilos. Salimos de la cafetería dónde ocurría todo esto y nos dirigimos a un extremo de Madrid dónde Adelio tenía su residencia.

El tiempo que duró el trayecto entre la cafetería que estaba en un chaflán al lado del museo hasta su casa, trayecto que recorrimos en taxi, los dos enconados amigos no dejaron de discutir sobre sus simpatías y manías sacando a relucir artistas tanto de la pintura como de otras artes que yo ni conocía.

Llegamos a un enorme edificio dónde Adelio ordenó al chofer que parase y dirigiéndose al portal nos invitó a acompañarle, subimos hasta la última planta, desde dónde una enorme ventana que te causaba vértigo nada más salir del ascensor se veía la ciudad a nuestros pies, la vista era grandiosa, Adelio se percató de ello y según abría la puerta nos advirtió que la orientación de la casa nos sorprendería aún más.

De pronto nos vimos en un enorme salón, relleno de láminas, cuadros, litografías, bocetos, una copia de la Gioconda, otros dibujos de Leonardo, copias de Rafael, Donatello y Miguel Ángel, era todo un museo algo caótico que expresaba todo el amor y los sentimientos que Adelio profesaba hacia una grandiosa época de la Humanidad.

Descorrió una enorme cortina y la enorme ventana dejo entrar una exhalación de luz que nos dejo ciegos por unos instantes.

-Aquí vivo yo.

Comentó Adelio con una enorme sonrisa de satisfacción en su boca, sus ojos brillaban, se sentía feliz refugiado entre aquellos retratos y pinturas. En una esquina un caballete mantenía un esbozo de lo que parecía ser una Madonna con su hijo en brazos.

-Aquí hago mis pinitos, pinto, escribo y admiro la sierra que desde el ventanal se ve magnífica.
Melandro no cabía dentro de sí, estaba absorto con la vista fija en la pared dónde una copia del retrato de Alejandro Farnesio pintado por Rafael compartía plano con un boceto del Hombre de Vitruvio del genial Leonardo. Yo contemplaba estupefacto todos y cada uno de los rincones de ese enorme salón, más un santuario al arte que una vivienda normal. Mientras tanto Avelio había desaparecido por una puerta que al parecer debía dar al dormitorio y regresó a los pocos minutos envuelto en una túnica rojiza, algo deslustrada pero que le daba una aire majestuoso.

-Este es mi pequeño Parnaso, aquí paso prácticamente mi vida, suelo salir poco solo a ciertas exposiciones u obras de teatro, alguna vez voy al Real pero últimamente no me atrae nada de lo representan.

Melandro seguía sin reaccionar, ahora fijando toda su atención al enorme espectáculo que era divisar la sierra de Madrid desde aquella altura.

A mi solo se me ocurrió la simpleza de preguntar cuánto le había costado aquel piso a lo que Adelio me contestó sonriendo:

-Me gasté la herencia que me dejó mi padre y aún estoy hipotecado pero no me importa, apenas salgo, gasto muy poco en ropa o comida, las pinturas que veis aquí las fue comprando mi padre y anteriormente mi abuelo, y he aportado algunas pero casi todo es heredado, reconozco que en esto soy un privilegiado, poder vivir una vida entre bohemia y monacal actualmente es muy complicado; el Instituto dónde doy clases dos días a la semana está a unos trescientos metros allí almuerzo y regreso a casa nada más terminar. Esta es mi vida.

Me había recuperado de la fuerte impresión de las vistas tanto interiores como externas cuando la curiosidad se fue adueñando de mí, quería saber más de este excéntrico personaje, me había cautivado, era una atracción extraña como la que se debe tener al encontrarse ante un dios o un ser omnipotente.

Adelio debió notar mi ensimismamiento cuando dijo:

Venid, os voy a enseñar el resto del apartamento.

La puerta por dónde había salido y reaparecido con aquella peculiar túnica daba a una pequeño pasillo pintado todo él en color rojo bermellón, al fondo una puerta en blanco separaba la cocina y en el pasillo dos puertas más a los lados daban una al servicio y la otra a su habitación; Avelio abrió esta última puerta y lo que vimos nos dejó helados a los dos ¡era una sala totalmente decorada al estilo renacentista, una suntuosa cama con dosel tapizado que muestra un paisaje bucólico con dos sillas venecianas una a cada lado, una descalzadora con relieves de  época y un doble armario  al estilo alemán de la época y que Adelio nos dice que es una imitación de un original que está en un museo de Florencia y que fue fabricado por Meter Flötner uno de los maestros de entonces, el contraste lo pone un pequeño mueble bar pero que también tiene figuraciones florentinas o venecianas hecho totalmente de madera pero que se ve más moderno.

-Este es mi santuario, aquí leo, escribo.

 Señalando una pequeña mesa que a la vez es una arqueta dónde unos cuantos libros se apilan en anárquico orden.

-Me has dejado anonadado, contesta Melandro

-Ya ves mi preciado amigo, el Renacimiento está allá dónde yo esté y hasta tengo comprometido con un viejo judío que cuando muera todo se conserve de igual manera en una de las propiedades que este tiene en la Toscana.

-No creo que esa sea una buena idea, digo reponiéndome de la impresión que este reducto me ha causado.

-¡Bah! Esos truhanes lo conservarán y probablemente después se lo venderán  a cualquier nuevo rico ruso o americano, me da igual.

Esta reacción me desconcierta ¿Cómo un hombre que ha destinado toda su hacienda, su tiempo y hasta probablemente su vida pueda permitir que su obra sea violada, perdida o vendida como almoneda en cualquier mercado o feria de antigüedades.

-Creo que no entiendes el valor de las cosas, mi querido amigo, yo me he creado un universo para vivirlo, con toda la intensidad que me sea posible, recibo cartas de amigos de otras partes del mundo que comparten mis gustos, busco pinturas, intento recrearme en la poesía de Petrarca, Fray Luis de León, Garcilaso, o me regocijo con Boccaccio, y me extasío con Dante mientras escucho a Palestrina o a Orlando di Lasso; ahora mismo estoy leyendo a Pico della Mirandola sus recomendaciones a León X, intento imitar gestos, formas y hasta como frugalmente alimentos basados en la tierra al igual que Leonardo, busco en las fuentes del conocimiento todo aquello que me pueda ayudar en el momento que me vea cruzando el Aqueronte en la barca de Caronte hasta las puertas del Hades, tengo mi óbolo preparado para pagar al barquero, no espero retornar como Orfeo pues yo no tengo a ninguna Euridice que rescatar pero una vez concluido mi paso por esta tierra todo se desvanecerá conmigo, todo se habrá acabado, por lo tanto este pequeño universo que me he creado desaparecerá al igual que yo, por que no tendrá sentido, serán solo cosas, sin alma pues esta me acompañará al Olimpo o dónde sea.

A partir de este momento mi admiración por este hombre fue extraordinaria; aquella tarde bebimos los tres “vin santo” que a nuestro amigo le enviaban de la Toscana, consumimos unas cuantas botellas y ya entrada la noche decidimos abandonar aquel espléndido lugar, Adelio nos acompañó hasta el ascensor por el que habíamos subido horas antes, recorrimos un corto pasillo que conducía a este, pasamos por una puerta de incendios y me fije en un cuadro que había colgado en la pared, era una copia de La Virgen de la Aldea de Chagall, después de lo visto me dieron ganas de quemarlo.

Llegamos al portal, me despedí de Melandro y seguí avenida arriba hacía la estación de tren, mientras paseaba me vino a la memoria a Savonarola, mejor dicho los muchos incendiarios que ha habido en el mundo, escondido bajo hábitos, trajes o uniformes y sentí una gran envidia por el hombre que como una águila se había creado un mundo real pero único para su persona
Filoxides de Ursalia

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