Puede que aún queden parajes en el mundo
dónde la vida se haya detenido, yo
de imaginarme uno de estos lugares lo situaría en la Cordillera del Pamir, allí
entre las más alta montañas de la Tierra la vida se habría detenido o ralentizado
su evolución durante muchos siglos, casi un siglo de comunismo no pudieron o
supieron cambiar las viejas costumbres y las ancestrales tradiciones de los
lugareños. Es como si la evolución tardase en pasar por entre los valles que
llevan hasta el Indo o hasta su hermana mayor el Himalaya.
Marinetti afirmaba que la máquina de vapor,
el cañón de 155mm y el automóvil era la cúspide de la evolución, su programa
político basado en el futurismo, murió ahogado por la misma evolución de la que
él pretendía ser su sacerdote mayor. Hoy probablemente sería tildado de loco hasta por sus correligionarios, la sociedad
cambia tecnológicamente a un ritmo desenfrenado arrastrando con ella al hombre
medio que es incapaz de amoldarse a estos cambios por lo que su incertidumbre
se ha acrecentado vertiginosamente, la felicidad del pastor del valle de
Ferganá sentado a la sombra de un enorme abeto acariciando a su perro mientras
mastica una rama de cardo divisando a los lejos la cima del Ismail Samani puede
resultar engañosa para el hombre occidental, él sueña cuándo viaja en poder
hacer lo mismo que este pastor pero no puede, ha olvidado lo que es la
tranquilidad interior, el desapego por lo material y la vuelta al pristino comienzo de la eras, el pastor del
Pamir como el comerciante alfarero de las bajas tierras de Murghab o el
pescador del lago Karakul proveyéndose del sustento necesario en sus heladas
aguas viven así.
Quién les iba a decir a aquellos iluminados
de finales del siglo diecinueve que al flamante buque de vapor le sustituiría
en menos de un siglo el submarino nuclear, al obús el misil intercontinental, que pasaríamos de
la guerra del opio a los cárteres de la droga, de la tranquilidad del terruño a
la inseguridad ciudadana. El mundo gira vertiginosamente arrastrando culturas y
costumbres, historias y tradiciones, otros demonios nos han invadido
llenándonos de inquietud, la deuda pública, el coste de la vida, el final de
los combustibles fósiles, la contaminación de mares, la polución de campos y
ciudades, las nuevas (viejas) enfermedades. El temor a perder el trabajo, la
casa el modo de vivir la estabilidad familiar, el acoso de la inmigración
convertida en una invasión en toda regla, el terrorismo, la falta de empleo, la
escasez, las guerras religiosas, los nacionalismos rancios , todo ello se ha
vuelto cotidiano, se ha enquistado en nuestras vidas haciendo que lo anormal se
haya convertido en natural a base de sufrirlo.
Filoxides el Crítico
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