Son muchas las cosas que pretendo olvidar, malas compañías, errores
cometidos, algún que otro desliz….. y no lo consigo, creo que esto es el
purgatorio en vida, insulté ofendí me enfrenté y ahora me arrepiento por lo tanto en las
noches todos estos yerros se aparecen en mi mente como si estuviera repasando
un viejo libro. Me dice un amigo de los de siempre que acuda a un confesor ¡Yo,
en un confesionario! La verdad no me veo, hace años que alcance una nueva fe al
perder la vieja la que me fue impuesta y no creo que a mi edad me dé tiempo a
retractarme de tantas infracciones.
Solo los santos reconocen sus pecados de verdad y se arrepienten de
ellos de igual manera, yo no soy santo más bien pecador compulsivo, por esto me
rodeo de pecadores suelen ser más sinceros que los otros, al menos reconocen su
imperfección y flaquezas. Entre estos me encuentro confortablemente. Algo
parecido le debió pasar al personaje de una vieja novela que leí en mi
juventud, algo así como el Pecador era su título y siento no recordar a su
autor o autora.
Ahora no existen pecadores a la antigua usanza, los de hoy se
envuelven en la túnica del latrocinio, el nepotismo, la corrupción en todas sus
formas y maneras, ante estos he de reconocer que soy un simple aprendiz de
demonio, lo mío se movía por otros derroteros, el dinero nunca me importó y
menos el poder y la gloria, creo que a estos la gloria les importa un bledo
pero no el dinero.
Debí elegir otra profesión, algo que me reportará mejor retribución,
eso te da importancia entre los demás. Siempre que se rechaza a alguien no es
por su aspecto físico sino por su pobreza, si la sociedad te ve pobre, desahuciado,
dejado o abandonado en tu vestir se apartará de ti, te señalará con el dedo al
igual que César y dirá: Ahí va un pobre.
Los pobres se ven obligados a
pecar, pues el robo si se considera un pecado para las distintas iglesias, siempre
claro está que sea un hurto para comer o para vestirse, en cambio si hay
cargos, millones, fincas o yates se considera “negocio” de esto sabe mucho la
Banca y no digamos los políticos. Gran profesión, una lástima que en mi
juventud no me diera por estudiar ciencias políticas y me quedase contemplando
a Platón o a Sócrates y Aristóteles, de viejo ya ni les recuerdo yo les olvidé
y ellos a mí también.
Me hubiera gustado nacer en la vieja Ática y dedicarme al sofisma y
pasar a la Historia como el octavo Sabio de Grecia, o quizás ser ingenioso al
nivel de Ulises, todo menos ser un pobre ilota o un simple mercader. Pero me
despierto cuando el orden de mis pecados llega a su límite, quedando reflejada
mi alma en las sombras de la habitación.
Mis amigos
se ríen, ellos conocen mi pasado, saben de mis muchos defectos, conocen los
errores cometidos y mis flaquezas, fui un revolucionario cuando lo útil era
estar pegado al poder y me volví un crítico reaccionario cuando los adictos al poder se
levantaron contra él, no por una clara concepción de ideas sino por puro
interés, el altruismo nunca ha estado bien visto en España. Filoxides
el Crítico
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