El mundo gira de una manera vertiginosa, en los últimos tiempos el
acontecer de hechos de todo tipo han cambiado el paisaje que nos habíamos formado
en nuestra sencilla existencia. Uno se para a pensar no más allá de la edad
cristiana, al fin y al cabo un rato de vida del planeta para detectar esto que
digo. El mundo cambia o evoluciona según el prisma con el que se mire y detrás
de mis lentes de miope veo un mundo distorsionado, repleto de imágenes unas
veces patéticas y otras, las más, de una decadencia total.
Es igual el avance tecnológico que tengamos, la cercanía de esa
ciencia al consumo humano, este no progresa como lo hizo en siglos anteriores,
es difícil explicar las causas de este debilitamiento humano y tampoco es mi
intención razonarlo, hombres de ciencia, psicólogos, antropólogos, religiosos y
un largo etcétera de estudiosos han escrito mucho sobre esto.
Mi temor es que el pesimismo ha invadido a los más doctos, escorados
hasta el punto de hundirse, procuran refugiarse en sus cátedras con la
pretensión de permanecer ajenos a la visión dogmatica que pretende sintetizar
el todo en uno, aunque este uno sea erróneo.
Desde la perspectiva de los acantilados de mármol Jünger profetizó el
obscurecer de las civilizaciones, se adelanto a los acontecimientos no como
espectador sino como actor secundario, aún en este caso se refugió en la
estética como vacuna ante los horrores de la guerra.
¿Pero y después? Jünger se emboscó, como tantos exiliados
estigmatizados por los acontecimientos habidos y desde ese su infierno nos hizo
ver el nuestro. Primero desde la perspectiva del soldado, luego del trabajador,
más tarde del emboscado y por último del anarca.
“En el transcurso de
cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura,
cada vez más intrépida. (…) Aquello era distinto de lo que hasta aquel momento
había vivido; era una iniciación, una iniciación que no sólo abría las ardientes
cámaras del Horror, sino que también conducía a través de ellas (…). ¿Acaso no
somos una generación plutónica que, cerrada a todos los goces del ser, trabaja
en una subterránea fragua del futuro? Eso que nosotros creamos, y eso para lo
que nosotros mismos hemos sido creados, sin duda se revelará mucho más tarde de
lo que ahora podemos sospechar. Y tal vez seamos nosotros mismos los que más
asombrados nos quedemos cuando lo veamos”. (Tempestades de acero)
Ahora no quedan anarcas, han sido absorbidos o mutilados por una
sociedad suicida más cercana a la autodestrucción que a la elevación
espiritual.
Ya no se teme al infierno, lo hemos tenido presente a lo largo de estos
siglos como para habernos acostumbrado a su terror, ya nada atemoriza al ser
humano y por ello tiende a huir (supuestamente) hacia adelante, sabe que su
suerte está echada y que solo depende de un cambio de estrategias globales para
que su destino cambie de inmediato. Nada hacía presagiar a los alegres
viandantes de Bagdad o a los que tranquilamente tomaban el té en alguna terraza
la hecatombe que vendría después, lo mismo paso en Trípoli, Alepo y tantas
otras ciudades, durante años se convirtieron en infiernos para sus habitantes,
como anteriormente lo fueron Dresde, Berlín, Stalingradoy muchas más.
Y mientras esa humanidad procura sobrevivir adormecida entre
analgésicos, psiquiatras y consumismo, otra gran parte se mueve en la
desesperación y el desencanto. El Trabajador ha sido engañado, ha perdido su
importancia en el mundo actual su fuerza ha sido suplantada por la maquina y su
futuro se debate entre la miseria y el desenfreno, ahora no tiene protagonismo
alguno, este fue absorbido por los sindicatos y estos a su vez por los partidos
políticos, entonces comprende que su camino se estrecha, su cosmovisión se
debilita hasta ser un simple espejismo y nace le Emboscado, este se refugia en
sí mismo, no espera nada del mundo pero se sienta a contemplar desde su
emboscadura los acontecimientos, así va puliendo su espíritu, siente que aún
conserva su libertad, atrozmente dañada por el sistema y renace, vuelve desde
las filas del nihilismo hasta convertirse en el Anarca.
Son muchos los dioses que este mundo ha tenido, estos fueron superados
por los titanes, hombres de acero suplantaron a estos y se llamaron Soldado y
Trabajador, estos eran los nuevos Olímpicos, traerían el orden y con ello la
paz del Cesar, desprecian todo nihilismo burgués, saben de su fuerza y es por
ello por lo que son abatidos sin piedad:
“Se ha llegado a una
concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder
inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción
nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los
desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. Esto presupone, para
empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté
dispuesto a que lo despellejen. (…) La tiranía sólo puede ser posible en
aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero
concepto de sí misma”. (La Emboscadura)
Soñar con la libertad no es una utopía más, es el más hondo valor que
el ser humano debe atesorar, ha de luchar por ella pues la esencia de su
existencia está unida a esta, sin ella se es un pelele en manos de profetas sin
escrúpulos, de demagogos farisaicos y de seres con los peores instintos
posibles.
Filoxides
el Crítico
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