lunes, 11 de febrero de 2019

Mosén Tartufo


Contábame mi Padre en aquellas noches frías de las de antes, sentados alrededor de la mesa de la cocina y después de cenar, pequeñas historias o cuentos que a su vez le había contado su padre, mi abuelo, y a este el suyo.

Una que aún recuerdo trataba sobre la vida de un grueso cura de una parroquia en el Pirineo leridano, Mosén Chilart o Crilart, no recuerdo bien, Tófona (Tartufo) como le conocían en el pueblo, no era muy  querido como se puede apreciar por el mote aunque él lo atribuía a su afección al personaje de Moliere, fuera de cualquier modo no se importunaba por ello y por nada.

En el cercano puesto de la Guardia Civil de Canejan en el Valle de Aran cumplía servicio mi bisabuelo, con el grado de sargento, importante cargo en aquellas fechas, finales del siglo XIX en una zona donde el bandolerismo había hecho estragos aparte del trasiego de estraperlistas con la próxima Francia.

Por este motivo mi bisabuelo recorría una vasta zona de territorio acompañado de un pequeño destacamento para evitar daños a los bienes de los payeses y cuidando del orden.

Siempre que el servicio se lo permitía hacia noche en la aldea de Mosén Chilart el Tófona, este sujeto se cuidaba mucho de que sus fechorías se hicieran notorias y trataba a Antonio mi bisabuelo, con sumo respeto y Antonio procuraba que el viejo alcahuete se fuera de la lengua en lo referente al trapicheo que por los pasos poco conocidos fluía la mercancía de manera ilegal en ambos sentidos de la frontera.

En esto Mosén Chilart era un experto pues se contaba que en innumerables ocasiones y a lomos de un viejo rucio había cruzado el paso camino de Francia dónde una oronda mesonera le colmaba de placeres, iba solo pocas veces pues el temor a los bandoleros era grande y casi siempre lo hacía acompañando a unos tratantes de mulas a los que entretenía con sus historias.

Recordaba mi bisabuelo Antonio que en las noches que hacía retén en el pueblo del Tartufo, solía cenar en una venta acompañado del médico, del juez, de algún comerciante de paso a los que se unía Mosén Chilart que a costa de ser invitado enriquecía la velada con divertidas historias, desde sus arrebatos juveniles hasta la participación en la guerra Carlista, del bando de Carlos VI se alisto en Solsona en los “Matiners” apartándose de los hábitos durante un breve periodo de tiempo. Cuanto más vino bebía más larga la lengua se le hacía y aunque lo hiciera sin doblez alguna ponía en ciertos apuros a muchos lugareños por su indiscreción.

Una noche allá por el mes de Febrero cuando el mercurio suele caer varios grados bajo cero, se encontraban cenando mi abuelo Antonio, un cabo primero de nombre Jacinto y el veterinario del pueblo, un amable joven llamado Oriol, cuando entró desencajado en la posada el grueso Tartufo, parecía por el miedo en sus ojos que se había topado con el “dimoni” se sentó en un banco cercano a la lumbre que calentaba el comedor y se bebió una jarra de vino que allí estaba, sin  decir palabra alguna empezó a tiritar como si le hubiese dado un ataque epiléptico. Enseguida el veterinario le tomó el pulso cosa difícil por el tamaño del brazo, le hizo beber una tisana que le preparo Mercé la mesonera y un parroquiano fue a avisar al médico a su casa. 

Cuando el médico llegó, eran casi las doce, el párroco habíase recuperado del trance y en una mezcla de catalán y castellano intentaba explicar a la autoridad (mi bisabuelo) lo acontecido.

“Salía yo de mi cuarto al lado de la sacristía camino de las letrinas cuando note que alguien o algo me miraba, la noche está muy oscura y la vela que llevaba en cuanto recibió la primera sacudida de aire se apagó, así que a oscuras y con estas ropas (llevaba una especie de camisón puesto) salí al patio que lleva a las letrinas, apreté el paso pues la tripa me quemaba y al abrir la puerta de madera que da paso al agujero me encontré de sopetón con una figura vestida de negro haciendo de cuerpo en cuclillas, de allí salí pies en polvorosa temiendo por mi vida”

El hombre no paraba de temblar mientras narraba su “terrorífica historia” mientras que los allí reunidos no podían contener la risa. Jacinto salió en compañía de otro guardia que allí cenaba a la casa del párroco para arrestar al sujeto.

Al poco tiempo Jacinto regreso muerto de risa pues lo que había hecho temblar al cura era un espejo que acababan de poner esa tarde unos carpinteros que arreglaban la parroquia y al que no habían colgado todavía en su sitio.

Entretanto Mosén Tartufo había engullido dos jarras de vino e iba camino de la tercera cuando de pronto la puerta del mesón se abrió y entre una fuerte corriente de aire y copos de nieve entró en el local una figura patética.

Se dirigió al cura de esta guisa: “Vengo a por ti depravado”

El cura soltó un grito más similar a un gorrino que a una persona y se tiró al suelo buscando la protección de la mesa.

-No te escaparás maldito engendro, sucio ignorante, pervertido fornicador.

La figura se abalanzó sobre la ridícula mole que representaba el cura en el suelo con ánimo de zurrarle, cuando Antonio se levantó para defender al pobre Mosén, la mano del médico lo evitó haciéndole un gesto de contención a la vez que en su cara se dibujaba una sonrisa.

-¿A quién tenias en la cama, viejo libertino cuándo a tú casa ha ido la autoridad?
Mientras decía esto, con una correa le atizaba al pobre melón en las posaderas.

Después de unos cuantos correazos la figura echo hacia atrás la capucha que le cubría y pudimos ver al Juez, al momento y detrás de este aparecieron dos guardias de mi escuadrón escoltando a una dama entrada en años y sobrada de peso que gemía lastimosamente.

-Mira adultera, mira a tú “enamorado” llorando como una mujerzuela tirado en el suelo como una fregona, fíjate bien con quién me has puesto los cuernos.

-Si no llega a ser por el descuido de los carpinteros, esta afrenta no sale a la luz y este sinvergüenza de Tartufo y tú hembra descarriada habríais seguido fornicando sin enterarse nadie.

Antonio, se levantó y calmó al Juez mientras los guardias acompañaban a la mujer a su casa, Mercé y otro cliente trataban de incorporar al cura, cosa difícil debido al peso de este mientras el Juez que había llamado a su asistente hacía un momento escribía la pertinente denuncia.

De mañana y regresando al cuartel con la denuncia en la cartera, el destacamento puso camino de Canejan, todavía les duraba  a aquel grupo curtido de guardias que se habían enfrentado a salteadores, bandoleros y contrabandistas la risa por la noche anterior, mi bisabuelo ahora tenía el problema  de cómo podía escribir el informe a su Comandante y que este fuera creíble.

Al parecer las autoridades eclesiásticas se harían cargo del degenerado clérigo según las leyes del momento. Mi bisabuelo cumplió su informe y siguió con su trabajo policial.

Según cuentan en la zona el párroco fue destinado a Reus dónde vivió hasta su muerte, allí dicen que su llegada fue una bendición del cielo, pues la Diócesis les habían mandado a un santo que a lomos de su viejo jumento visitaba las pedanías cercanas todos los días consolando a enfermos, pobres y viudas.

Puede parecer que la historia fuera de tono elevado pero mi padre cambiaba ciertas palabras pensando que a mi edad estas podían ser dañinas, pero yo se las contaba a mis compañeros de patio con adjetivos aún más elevados.

Por esta causa al borrico que acompañaba en sus andanzas a Mosén Tartufo o Chilart le bautice como Apuleyo como su fábula.
Filoxides de Ursalia

No hay comentarios:

Publicar un comentario