Contábame mi Padre en aquellas noches frías de las de antes, sentados
alrededor de la mesa de la cocina y después de cenar, pequeñas historias o
cuentos que a su vez le había contado su padre, mi abuelo, y a este el suyo.
Una que aún recuerdo trataba sobre la vida de un grueso cura de una
parroquia en el Pirineo leridano, Mosén Chilart o Crilart, no recuerdo bien, Tófona
(Tartufo) como le conocían en el pueblo, no era muy querido como se puede apreciar por el mote
aunque él lo atribuía a su afección al personaje de Moliere, fuera de cualquier
modo no se importunaba por ello y por nada.
En el cercano puesto de la Guardia Civil de Canejan en el Valle de
Aran cumplía servicio mi bisabuelo, con el grado de sargento, importante cargo
en aquellas fechas, finales del siglo XIX en una zona donde el bandolerismo
había hecho estragos aparte del trasiego de estraperlistas con la próxima
Francia.
Por este motivo mi bisabuelo recorría una vasta zona de territorio
acompañado de un pequeño destacamento para evitar daños a los bienes de los
payeses y cuidando del orden.
Siempre que el servicio se lo permitía hacia noche en la aldea de
Mosén Chilart el Tófona, este sujeto se cuidaba mucho de que sus fechorías se
hicieran notorias y trataba a Antonio mi bisabuelo, con sumo respeto y Antonio
procuraba que el viejo alcahuete se fuera de la lengua en lo referente al
trapicheo que por los pasos poco conocidos fluía la mercancía de manera ilegal
en ambos sentidos de la frontera.
En esto Mosén Chilart era un experto pues se contaba que en
innumerables ocasiones y a lomos de un viejo rucio había cruzado el paso camino
de Francia dónde una oronda mesonera le colmaba de placeres, iba solo pocas
veces pues el temor a los bandoleros era grande y casi siempre lo hacía
acompañando a unos tratantes de mulas a los que entretenía con sus historias.
Recordaba mi bisabuelo Antonio que en las noches que hacía retén en el
pueblo del Tartufo, solía cenar en una venta acompañado del médico, del juez,
de algún comerciante de paso a los que se unía Mosén Chilart que a costa de ser
invitado enriquecía la velada con divertidas historias, desde sus arrebatos
juveniles hasta la participación en la guerra Carlista, del bando de Carlos VI
se alisto en Solsona en los “Matiners” apartándose de los hábitos durante un
breve periodo de tiempo. Cuanto más vino bebía más larga la lengua se le hacía
y aunque lo hiciera sin doblez alguna ponía en ciertos apuros a muchos
lugareños por su indiscreción.
Una noche allá por el mes de Febrero cuando el mercurio suele caer
varios grados bajo cero, se encontraban cenando mi abuelo Antonio, un cabo
primero de nombre Jacinto y el veterinario del pueblo, un amable joven llamado
Oriol, cuando entró desencajado en la posada el grueso Tartufo, parecía por el
miedo en sus ojos que se había topado con el “dimoni” se sentó en un banco cercano
a la lumbre que calentaba el comedor y se bebió una jarra de vino que allí
estaba, sin decir palabra alguna empezó
a tiritar como si le hubiese dado un ataque epiléptico. Enseguida el
veterinario le tomó el pulso cosa difícil por el tamaño del brazo, le hizo
beber una tisana que le preparo Mercé la mesonera y un parroquiano fue a avisar
al médico a su casa.
Cuando el médico llegó, eran casi las doce, el párroco habíase
recuperado del trance y en una mezcla de catalán y castellano intentaba
explicar a la autoridad (mi bisabuelo) lo acontecido.
“Salía yo de mi cuarto al lado de la sacristía camino de las letrinas
cuando note que alguien o algo me miraba, la noche está muy oscura y la vela
que llevaba en cuanto recibió la primera sacudida de aire se apagó, así que a
oscuras y con estas ropas (llevaba una especie de camisón puesto) salí al patio
que lleva a las letrinas, apreté el paso pues la tripa me quemaba y al abrir la
puerta de madera que da paso al agujero me encontré de sopetón con una figura
vestida de negro haciendo de cuerpo en cuclillas, de allí salí pies en
polvorosa temiendo por mi vida”
El hombre no paraba de temblar mientras narraba su “terrorífica historia”
mientras que los allí reunidos no podían contener la risa. Jacinto salió en
compañía de otro guardia que allí cenaba a la casa del párroco para arrestar al
sujeto.
Al poco tiempo Jacinto regreso muerto de risa pues lo que había hecho
temblar al cura era un espejo que acababan de poner esa tarde unos carpinteros
que arreglaban la parroquia y al que no habían colgado todavía en su sitio.
Entretanto Mosén Tartufo había engullido dos jarras de vino e iba
camino de la tercera cuando de pronto la puerta del mesón se abrió y entre una
fuerte corriente de aire y copos de nieve entró en el local una figura
patética.
Se dirigió al cura de esta guisa: “Vengo a por ti depravado”
El cura soltó un grito más similar a un gorrino que a una persona y se
tiró al suelo buscando la protección de la mesa.
-No te escaparás maldito engendro, sucio ignorante, pervertido
fornicador.
La figura se abalanzó sobre la ridícula mole que representaba el cura
en el suelo con ánimo de zurrarle, cuando Antonio se levantó para defender al pobre
Mosén, la mano del médico lo evitó haciéndole un gesto de contención a la vez
que en su cara se dibujaba una sonrisa.
-¿A quién tenias en la cama, viejo libertino cuándo a tú casa ha ido
la autoridad?
Mientras decía esto, con una correa le atizaba al pobre melón en las
posaderas.
Después de unos cuantos correazos la figura echo hacia atrás la
capucha que le cubría y pudimos ver al Juez, al momento y detrás de este
aparecieron dos guardias de mi escuadrón escoltando a una dama entrada en años
y sobrada de peso que gemía lastimosamente.
-Mira adultera, mira a tú “enamorado” llorando como una mujerzuela
tirado en el suelo como una fregona, fíjate bien con quién me has puesto los
cuernos.
-Si no llega a ser por el descuido de los carpinteros, esta afrenta no
sale a la luz y este sinvergüenza de Tartufo y tú hembra descarriada habríais
seguido fornicando sin enterarse nadie.
Antonio, se levantó y calmó al Juez mientras los guardias acompañaban
a la mujer a su casa, Mercé y otro cliente trataban de incorporar al cura, cosa
difícil debido al peso de este mientras el Juez que había llamado a su
asistente hacía un momento escribía la pertinente denuncia.
De mañana y regresando al cuartel con la denuncia en la cartera, el
destacamento puso camino de Canejan, todavía les duraba a aquel grupo curtido de guardias que se
habían enfrentado a salteadores, bandoleros y contrabandistas la risa por la
noche anterior, mi bisabuelo ahora tenía el problema de cómo podía escribir el informe a su
Comandante y que este fuera creíble.
Al parecer las autoridades eclesiásticas se harían cargo del degenerado
clérigo según las leyes del momento. Mi bisabuelo cumplió su informe y siguió
con su trabajo policial.
Según cuentan en la zona el párroco fue destinado a Reus dónde vivió
hasta su muerte, allí dicen que su llegada fue una bendición del cielo, pues la
Diócesis les habían mandado a un santo que a lomos de su viejo jumento visitaba
las pedanías cercanas todos los días consolando a enfermos, pobres y viudas.
Puede parecer que la historia fuera de tono elevado pero mi padre
cambiaba ciertas palabras pensando que a mi edad estas podían ser dañinas, pero
yo se las contaba a mis compañeros de patio con adjetivos aún más elevados.
Por esta causa al borrico que acompañaba en sus andanzas a Mosén
Tartufo o Chilart le bautice como Apuleyo como su fábula.
Filoxides
de Ursalia
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