Observando cómo
Saturno devora a sus hijos, sentado ante el cuadro de Goya que se expone en el
Museo del Prado, a uno se le pasan mil y una idea, a veces contradictorias
otras no tanto.
Creo que Goya
conocía el drama griego, el miedo a perder el poder y el dominio sobre el mundo
de Cronos-Saturno. Este ya había cortado los genitales a su padre Urano y los
había arrojado al mar. Anteriormente Urano había encerrado a sus
hijos, a los que odiaba, y los mantenía ocultos en el seno de su madre Gea
impidiéndoles ver el Sol.
En esas épocas el
pintor reflejaba, con claridad rotunda, tanto el mito como los hechos con toda
plasticidad y realismo.
Sigo inmerso en la
visión del cuadro, la imagen de Cronos es aterradora como solo el pintor
aragonés sabía plasmar.
Me alejo de la sala
con mis pensamientos puestos en Hesiodo y su Teogonía. ¿Cómo pudo Cronos
escapar de la cueva en el Tártaro para mutilar a su odiado padre con una hoz?
Ensimismado en tales abstracciones salgo del Museo; desde hace tiempo tengo por
costumbre visitarlo una o dos veces al mes y me centro exclusivamente en un
cuadro o dos como mucho, observo sus figuras, sus matices, el color, los
contrastes, la simetría del lienzo, su perspectiva, los diferentes planos hasta
que me fundo en él como una parte más de la obra.
No me suele pasar
con todos los cuadros solo con aquellos dónde el artista ha puesto su corazón
en la paleta y el pincel.
Goya vivió tiempos
difíciles, mucho peores que los de ahora y los afronto como podía y sabía:
pintando.
Ahora los tiempos
han cambiado en exceso, el artista está más pendiente del crítico consagrado y
de la llamada “inteligencia” que de la obra en sí. No pinta lo que quiere, si
no aquello que se le demanda. Al igual que el escritor, sumido al poder de la
editorial, que le fija las reglas y a veces hasta el tema.
¿Dónde queda la
creatividad, la libertad de crear? El marchante te asegura el éxito más por la
comercialización de la obra que por el valor real de esta. Una buena etiqueta
consigue maravillas, impresionismo, realismo, cubismo, expresionismo, ismo, más
ismo, más ismo.
¿Cuántos artistas,
creativos de verdad logran ver sus obras colgadas en una exposición? Muy pocos,
me atrevería a aseverar que ninguno, si no tiene detrás una “aval” una etiqueta
o un carnet del partido que sea.
Así nuestros
“intelectuales” pueden después desgranar la obra, etiquetarla, valorarla y
hasta elevarla a obra maestra si el pintor es de su total garantía.
Aquellos años en
la Escuela de la calle La Palma, con tus pinceles y tablas a cuestas, con las
ganas de aprender de tus maestros de allí y de los que ya no estaban, las horas
en el museo del Prado delante de Zurbarán, el Greco, Velazquez, Durero…..diferentes,
escuelas, flamenca, veronesa,….. Años de bohemia y de fracasos, sobre todo
cuando uno se da cuenta que no llegará a nada, quizás a simple retratista o
dibujante de viñetas. O buscarse la vida dibujando caricaturas en la Plaza
Mayor.
El siglo veinte
acabó con lo que se podría denominar el arte clásico, unas ideas políticas,
basadas en los viejos postulados de
siempre, libertad, igualdad, derechos sociales cambio el viejo concepto, el
nuevo pastiche era una adaptación o copia de lo anterior pero con diferente
cara.
Probablemente sea
el siglo veinte el de mayor creación artística de todos los siglos, el cine, el
teatro, la pintura, la música todas las artes se disparan, la propaganda de los
nuevos gobiernos surgidos del totalitarismo hablan de acercar el arte al
pueblo, se les conmina a asistir a conciertos, exposiciones pictóricas o
fotográficas dónde se exalta los éxitos conseguidos por el partido.
El pueblo asiste
entre el bostezo y la desgana, el arte es un sentimiento del alma y si esta
está adormecida por la coacción y el dirigismo, no hay posibilidad de que cale
en la sensibilidad ciudadana.
Hasta entonces el
arte estaba dirigido hacia una minoría selecta, burgueses con aspiraciones
aristocráticas y los nobles que en tiempos pasados habían sido mecenas de
grandes artistas consiguiendo, quizás sin pretenderlo, maravillosas obras de
arte para ser observadas por todo el mundo.
Aquí y por estas
circunstancias nace el artista adoctrinado, el sentimiento de belleza cambia
por el reivindicativo, Paris acoge artistas
de todas las naciones, unos abandonan sus países natales por incomodidad
política, otros se amparan en ello para hacerse un hueco en el nuevo Parnaso,
aquí se consigue la gloria, basta con tener ciertos dotes y un “aval” para que
tú obra se extienda por el orbe aún sin llegarla a comprender por la mayoría de
los humanos.
Un nuevo concepto
se adhiere al arte, la hipocresía, unida en la mayoría de las veces a intereses
espurios, se dice que el metro de Moscou es la consagración del arte para el
pueblo, y puede que en su genuina concepción los dirigentes culturales de allí
lo crean sinceramente, pero el trabajador, aquel que pasa entre las galerías
subterráneas a su lugar de trabajo de da igual que aquellas obras estén allí,
no tiene tiempo para parase a observar con detenimiento una obra pictórica como
no sea la que va de la llegada de un convoy a otro.
Entregado a estos
pensamientos me dirijo al Museo Sorolla, necesito luz, alegría, suaves
tonalidades, representaciones claras, lo nuevo en lo viejo, visitarlo me alegra
el alma.

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