jueves, 4 de octubre de 2018

España como Ideal


En estos días de tribulaciones a nivel nacional, hemos de pensar con cordura y sensatez. ¿Qué está pasando en España? ¿Cuál es la razón de los separatistas? Estas dos preguntas se asocian en una sola y única respuesta. ¡España está enferma! Su decrepitud se ha ido manifestando en los últimos años por la ineptitud de unos muchos y el egoísmo personalista de otros tantos. El regionalismo, no es una cosa de hace cuatro días, la diversidad catalana o vasca no es un hecho de hace unos años, al igual que la gallega o la andaluza. Todas ellas y sus singularidades, tanto culturales, étnicas o económicas, han existido desde hace muchos siglos, fue Castilla la que en un primer momento tuvo sentido de España como Nación, como Identidad Unitaria fue la impulsora del ideal de Imperio, ello llevo a aragoneses a unirse a tal fantástica idea, Castilla fue el motor pero era necesario y ella lo sabía de la unión de todas las partes que confluían el la Península para llevar a cabo ese grandioso proyecto.

Isabel de Castilla no se impuso a Fernando de Aragón por el simple hecho de sexo, amor o ambición, sino que fue capaz de hacer ver al otro gran Rey de España de la necesidad de unirse en una empresa común, en la gestación de una idea imperial. Los aragoneses dominaban el Mediterráneo y Castilla sentía que hacían falta más territorios para engrandecer la idea de Estado.

Fue así como almirantes vascos, catalanes y de otras regiones de esa juvenil España salieron a conquistar el mundo, tanto el viejo como aquel que por la visión de Isabel de Castilla estaba al otro lado del mar océano. Unidos, con sus particularismos apartados, con un proyecto en la mente integrador pasaron en no muchos decenios a ser después de Roma el Imperio más grande del Orbe
.
Ese efecto integrador de diferencias se mantiene hasta bien entrado el siglo XVI,  hasta esas fechas España cree en sí misma, no hay segmento de población, artesanos, terratenientes, industriales, obreros, pensadores y hasta la Iglesia que no sienta suya la idea de solidaridad nacional. 

Luego empiezan las disputas, las traiciones, los egoísmos aldeanos, la ignorancia y poca capacidad de Reyes que se rodeaban de personajes mediocres cuando no ineptos para que les agasajaran cual simples cortesanos, premiando a veces su vileza y corrupción.

Guerras de Sucesión, Carlistas contra Isabelinos, familias reales ambiciosas por el Trono de España a las que el pueblo o la Nación como entidad unitaria les traía al pairo, políticos débiles e ignorantes, terratenientes e industriales ambiciosos, traiciones del clero es una parte de la cantidad de tumores que fueron apareciendo en el cuerpo nacional.

Ortega lo vió claro con esa magnitud de miras que tenía nuestro más insigne filósofo: 

Repudiemos toda interpretación estática de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinámicamente. No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión a priori sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”.

Y mientras hubo esa necesidad de “hace algo en común” España continuó vertebrada, sin rechazos de una región a otra, sin que el mediocre político, movido por espurios intereses, pudiera influir en el desarrollo normal de la convivencia entre españoles. 

La paulatina pérdida de las colonias fue el detonante para que las diferencia comenzaran a manifestarse, un ejército humillado y desalentado, el comienzo del ideal de clase, manifestación separadora de los intereses de la Nación, que tanto la clase obrera como la burguesía promovían desde su egoísta punto de razón (subjetivo), los cambios que se estaban produciendo en Europa, la poca visión de nuestros gobernantes para sacar rédito a nuesta neutralidad (fue más dañina que haber entrado en la contienda) la poca fe que el pueblo tenía sobre sus instituciones fueron haciéndose palpables día tras día.

España se deshacía lentamente, sin que ninguna de las partes implicadas tomara conciencia de ello, la gangrena iba corroyendo el ya mutilado cuerpo del Estado, la división, la lucha de clases, el anarquismo se iba apoderando de toda la sociedad española hasta la guerra civil.

La sugestión moral y la imposición material van íntimamente fundidas en todo acto de imperar. Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas” (La España Invertebrada) J.Ortega y Gasset.

Algo similar dijo ese malhumorado y genial pensador que fue Unamuno cuando dijo aquello de: “Venceréis pero no convenceréis”.

Y así ha sido durante bastantes años, la intención de salir del desastre de la guerra, de superar los errores del pasado, de caminar hacia un objetivo de progreso olvidando viejas rencillas y restañar viejas heridas, fue el objetivo que nos mantuvo unidos durante los últimos años; pero pronto los fantasmas del pasado volvían a aparecer en escena, unas veces por intereses extranjeros, otros por simple codicia y los más por la necedad de unos políticos que fueron incapaces de superar errores y a la vez débiles para atajarlos.

Ahora el español medio se vuelve contra la clase política haciéndola responsable de todos los males sin caer en la obviedad de que esa clase está ahí por su culpa. Pero no es solo la clase política la culpable de los males que nos aquejan, al igual o en más o menos grado se puede señalar a otros estamentos de la sociedad española: Jueces, empresarios, clérigos, artistas, pensadores y un largo etcétera.

El egoísmo unido a un materialismo sin precedentes en aquella España llena de oro, especies y plata del Imperio Español, ha ido minando, corroyendo toda la sociedad hasta hacerla un cuerpo débil y enfermizo:

El Español no piensa en el futuro como prioridad sino que se queda ensimismado en ese glorioso pasado que nunca volverá, esa curiosa inversión de las potencias imaginativas que hacen ver ilusiones pasadas en vez de hacérselas sobre el porvenir, que sería más fecundo  (Ortega y Gasset).

Para cerrar este artículo, no quiero dejar en el tintero la irrupción entre una parte de la sociedad española, de unos “viejos o nuevos patriotas” que piden la intervención del ejército amparándose en el artículo 8 de la Constitución.

No sé si esto es provocado por la rabia del momento o por la insensatez de esa gente que en su momento desmanteló el ejercito con la aquiescencia de aquellos partidos a los que votaban mayoritariamente. ¿Cómo se puede pedir la intervención del ejército contra una parte misma del territorio patrio, por aquellos que mantienen la idea el pacifismo o de la supresión de todo tipo de guerras?

Como son tan estúpidos como para pensar que el ejército solo sirve para cuando dentro del fervor patriotero pretendan que sirva solo a sus propósitos. El Ejército es algo más y de mayor enjundia. Primero hay que pedir a los políticos sensatez y verdadero sentido del Orden Constitucional: “Es un saber querer y un saber mandar” que diría Ortega, y hoy día y desde hace muchos años como he dejado escrito anteriormente, este país nuestro ha dejado de tener hombres de Estado desde hace muchos años.

Por otro lado está la Justicia y la interpretación que los Magistrados hacen de ella. Vemos con demasiada asiduidad como por los vericuetos de la Ley salen libres de toda pena desde falaces empresarios, políticos corruptos, jueces prevaricadores y una larga cadena de malhechores que campean o han campeado a sus anchas por el solar patrio.

El día que el Español tome conciencia de dónde está el error, y cuál es su verdadero enemigo que no contrario, habremos dado un paso adelante, si volvemos a pensar en colectivo, dentro de nuestras diferencias y de nuestros egoísmos, superando estos por el bien común, podremos parar esta descomposición que sin duda alguna lleva a la destrucción del Estado.
Filoxides el Crítico






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