He de reconocer que me da un inmenso placer el abuso de sinónimos en
mis escritos. Considero que el castellano tiene una riqueza semántica enorme y
las variaciones de sustantivos para nombrar a cada cosa.
Es por ello la razón por la que utilizo hasta la saciedad sinónimos
para definir o nombrar a los personajes que nutren, alimentan, sustentan y
abastecen los medios de comunicación.
Especialmente los sujetos políticos, sean personajes de primer orden o
los polítiquillos de menor fuste que por desgracia completan, rellenan o
integran el circo público español, todos ellos y desde décadas dan mucho juego
a los que por desgracia no tenemos otra arma para defendernos de ellos que la
denuncia escrita o verbal.
Don Diego, mi viejo profesor de filosofía, sentía un gran desprecio
por la clase política de su época, en sus clases allá por los años sesenta del
pasado siglo definía a este grupo “profesional” como “rebaño improductivo”, se
hacía eco de Ramiro de Maeztu y de otros pensadores del siglo que bien se
podían adaptar al actual.
En cada lección que nos daba y había que estar muy pendiente pues la
clase la teníamos a las cuatro de la tarde y aunque en aquellos tiempos el
planeta no se calentaba como actualmente, teníamos que abrir los tres grandes
balcones que daban a la calle para poder soportar la temperatura de principio
de verano o de la vuelta de las vacaciones.
Repito, en cada lección utilizaba una gran cantidad de sinónimos para
definir conceptos filosóficos y recomendaba al profesor de Lengua y Literatura
que insistiera en el tema. Decía y con razón que potenciar el vocabulario era
beneficioso no solo para la oratoria y el discurso sino simplemente como
defensa ante tanto lechuguino que ya empezaba a asomar por el solar patrio.
Yo he seguido sus enseñanzas y procuro utilizar la mayor cantidad de
sinónimos para enriquecer de alguna manera mis escritos y para defenderme en
los rifirrafes como actualmente acaban las discusiones políticas y las otras.
Decirle a un político que dormita en el “sagrado templo del congreso” (enorme
eufemismo) zoquete simplemente o vago no me deja satisfecho y procuro adornarlo
con todos los sinónimos que puedo (holgazán, haragán, zángano, indolente……)
ello me provoca una enorme satisfacción. Es probable que llegue el momento en
el cual esto sea un delito, pues no pasa el día que nuestros “padres de la
patria” (mandamases, patrones, capos cabecillas y gerifaltes) aprueben una ley
que coarte, limite, restrinja y cohíba mi libertad.
La mía y la de la mayoría de los ciudadanos que de una forma absurda
les ha colocado dónde están para que hagan lo que hacen (y des-hacen). Los
hombres buenos decía Sócrates se han de ver forzados a tomar parte del
gobierno, porque estiman deshonroso presentarse voluntarios.
Hoy en día esto es
diferente, la masa se vuelca sin preparación alguna para formar parte de una
lista electoral, aunque sea para ser presidente de su comunidad. El ansia de
aparentar de los mediocres como su ambición no tiene límites, como mi desprecio
y repulsa hacia toda esta chusma que entra a rebatiña en algún comité, para
asegurar su nombre en alguna lista.
Así que al igual que mi viejo profesor me escudo o protejo en el viejo
Maria Moliner y utilizo todos los sinónimos que puedo para nombrar a los
mequetrefes, botarates, zascandiles, chiquilicuatros (en masculino y femenino)
e inútiles que conforman el paisaje político español.
Filoxides
el Crítico
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