lunes, 23 de julio de 2018

Horacio


No siempre se tiene el privilegio de conocer seres excepcionales, personas de un valor ético y moral muy por encima del resto. Personas que pasan por nuestro lado sin aparente valía pero despiden un aura de superioridad manifiesta que se acrecienta con el trato.

Conocerlo, repito, es un placer y un honor pero llegar a ser su amigo no tiene calificativo. Esto es lo que me ocurrió hace muchos años cuando conocí a Horacio, fue por pura casualidad como ocurre con tantas cosas.

Buscaba yo un libro para regalar a un amigo en su cumpleaños, había recorrido varías salas de una conocida librería valenciana sin encontrar el libro idóneo para obsequiárselo cuando como me ha ocurrido en varias ocasiones vi el ejemplar perfecto para mi amigo, una antología de poemas de distinguidos rapsodas del siglo veinte español.

Al ir a coger el citado volumen una persona a mi espalda, en la que no me había fijado anteriormente me dijo escuetamente: Muy buena elección, me sonrió y siguió buscando entre los anaqueles. Me desconcertó, lo reconozco pues su aspecto desaliñado con barba de varios días y el revuelto pelo cano le daban un cierto aire de vagabundo que en aquellos años era bastante chocante.

Cogí el libro elegido y me dirigí hacia la caja, allí volví a encontrarme con el mismo sujeto que llevaba bajo el brazo unos cuantos libros de distintas materias. La señorita encargada de la caja le dijo el precio, se escarbó en los bolsillos y al parecer no tenía suficiente dinero para hacer frente al pago vacilo unos segundos, no sabía que hacer, la cajera le recomendó que dejase uno de los libros y con el dinero que había colocado sobre el mostrador podía paga el resto, en ese momento me fijé en sus ojos se habían apagado de una manera extraña, parecía que parte de su vida en ese momento le había abandonado, bajo la cabeza y pidiendo disculpas le dejo todos los libros sobre el mostrador.

Yo iba detrás de él. Esperando para pagar mi Antología de la Poesía Española cuando me fijé en los libros que el hombre había dejado en el mostrador: El Guillermo Tell de Schiller, El Fausto de Goethe, otro librito pequeño creo que de Plinio el joven y dos más que permanecían debajo de estos. Le pregunté a la empleada cual era la diferencia para que no se hubiera llevado los libros y me contestó que unas quinientas pesetas. Le dije que aguardará un instante y me fui a buscar al desilusionado comprador que salía en esos momentos hacia la calle.

Le cogí por el brazo al alcanzarle y se volvió serenamente, sin alterarse lo más mínimo, me disculpe por mi atrevimiento y le dije cual era el libro que no podía hacer frente por su costo, me miró y se sonrió.

-Los libros querían venirse conmigo todos juntos, así que prefiero que sigan juntos en la estantería a tratar de separarles.

Aquella respuesta me dejo sin palabras, hasta muchos años después no pude entenderla. Le pedí que me acompañase al interior de la tienda, nos acercamos al mostrador dónde aún estaban apilados los libros y le rogué que me permitiera pagarle la diferencia para que se pudiera llevar todos los libros elegidos. Durante unos instantes dudó, quizás avergonzado, pero me dio las gracias, me apretó las manos y se marcho con sus libros bajo el brazo.
Tarde un poco en salir de la librería, la señorita me dijo algo pero no le entendí, quizás aquel sujeto extraño de aspecto desaliñado con aires de bohemio me había roto ciertos esquemas en mi interior.

Me dirigí a una cafetería cercana en pleno centro de  Valencia dónde había quedado citado con unos compañeros de trabajo, estos ya estaban acomodados esperándome en la terraza del café, nos saludamos pedí una consumición y olvidé lo acontecido.

A los pocos minutos, un camarero se acercó y dirigiéndose a mí me entrego un librito, era de una edición de bolsillo y se titulaba Reflexiones de un bardo y lo firmaba un tal Horacio Seguer, lo ojee y de sus hojas se desprendió una tarjeta que decía: Gracias por su bondad, Horacio.

El destino, ese implacable manipulador, quiso que nos volviésemos a encontrar de nuevo días después, esta vez fue de una extraña manera. Había llegado al Hotel dónde estaba alojado durante mi estancia en Valencia por cuestiones profesionales, sentí la necesidad de salir a la calle, dejé el portafolios sobre la cama, me desprendí de la atroz corbata y dejé la chaqueta colgada, sín más me dirigí hacia la calle, necesitaba salir, no tenía una razón convincente pero necesitaba el aire de la calle.

Nada más pisar la calle, después de dejar recado en recepción por si tenía alguna llamada, me fui desde Jaime I en dirección al centro de la ciudad, al llegar a la Plaza de la Constitución me adentre en la calle Sorolla en dirección hacia un barecillo dónde ciertos personajes de la sociedad valenciana pasaban las tardes, allí me encontré varias veces con el humorista Tip y sus inseparables amigos, era un sitio agradable y los camareros ya me conocían, nada más entrar una persona que estaba sentada cerca de la puerta me  saludo, me sorprendió pues no alcazaba a verle la cara deslumbrado por el contraste entre el sol del atardecer valenciano y las luces tenues del local. ¡Era Horacio!

Me invito a sentarme y acepté encantado, había algo especial en ese hombre que me atraía. Llevaba un traje algo deslucido pero limpio, de color gris y una camisa blanca con el cuello bastante rozado pero impecable en cuanto a la limpieza, se veía a la legua que estaba bien cuidado aunque no le sobrase el dinero.

-¿Qué casualidad encontrarnos de nuevo?

-Efectivamente, 

Le contesté mientras llamaba al camarero.

Al llegar este después de sortear al nutrido grupo que se apiñaba en la barra alrededor del simpático humorista Tip y su cohorte, me saludo como si me conociera de siempre, cierto es que cada vez que iba a Valencia por trabajo me acercaba a ese bar pero no era un cliente habitual, esta es una habilidad que suelen tener los miembros de ese gremio.

Mientras me tomaba una cerveza le pregunté a Horacio lo primero que se me ocurrió.

-¿Y, como le va con sus libros?

Creo que no esperaba una pregunta así de simple pues se echó a reír.

-Con los libros siempre me ha ido bien, durante muchos años han sido mi único soporte económico pues tuve una librería cerca de aquí, en el Barri del Carmen, la heredé de mi padre y este del suyo, así de una u otra manera siempre he estado ligado a los libros.

-¿Aún mantiene la librería abierta?

-No, la tuve que traspasar, el negocio era ruinoso para mí en todos los aspectos principalmente en el emocional, hubo un momento que no lo pude soportar y lo cerré, le regalé la mayoría de los libros existentes a un colegio cercano con la única condición de que no se deshicieran de ellos y que me dejaran visitarles de vez en cuando.

-No lo entiendo

-Sepa que hay una cosa que los viejos libreros conocemos pero que estas frías y modernas librerías de ahora desconocen. Hay libros que no se deben separar nunca, ellos se hermanan, se complementan de tal forma que al venderles por separado les haces un enorme daño, pierden cierta armonía que solo ellos conocen.

-Nunca me hubiera imaginado una cosa así, le conteste.

-Mire, puede que no me crea, pero es así. Una vez vendí una primera parte de Anna Karenina a un señor que estaba interesado en ella pues se le había perdido ese libro y se había quedado con la segunda parte de la magistral obra de Tolstoi. Me sorprendió que dejase el segundo libro allí. Pero mi sorpresa fue mayor cuando a los pocos días el segundo volumen se fue amarilleando, desprendiéndose las hojas y secándose las tapas. ¡El libro se estaba muriendo!, llamé al cliente, pues tenía su número de teléfono y le rogué que me devolviera el libro, comprándolo por el doble de lo que yo se lo había vendido a él, aceptó de mala gana pues le mentí diciéndole que era para una señora enferma y no sé que otra historia me tuve que inventar.

-Parece increíble, desde luego.

-Si, pero no es ese solo el caso, he asistido a discusiones entre Goethe y Balmes a causa del Fausto, pensé que lo estaba soñando, pues era una de esas tardes de verano, cuando el sol calienta y la humedad de Valencia se hace insoportable. El establecimiento era viejo, de madera tanto el suelo como los anaqueles, estaba dividido en dos secciones, las novedades en una y los libros más antiguos en otra, bien seleccionados por temas y en perfecto orden alfabético; me había adormilado leyendo la página cultural de Las Provincias cuando me sobresaltó un enorme jaleo en el interior de la tienda dónde estaban los libros de ediciones más antiguas, pensé alarmado que podían ser ratas, esas terribles devoradoras de libros y me apresuré al interior, al legar me encontré varios volúmenes en el suelo, aquello me desconcertó pues no había ningún tipo de corriente de aire allí y las estanterías estaban bien terminadas aunque fuesen antiguas. Recogí los libros del suelo y los volví a colocar en sus respectivos lugares, volví a la parte anterior de la tienda y me olvidé del asunto. No había pasado una hora y después de que unos clientes habían  comprado unos libros sobre temas de actualidad cuando de nuevo el desorden se apoderó de la librería, pasé al interior y aquello era el caos, los libros volaban por los aires, daba igual el tema, el peso o el tamaño, era una batalla entre ellos en toda regla. De pronto el Fausto se abrió solo y de él salió un pequeño grabado con la figura de Mefisto, esta se fue haciendo más grande hasta alcanzar el tamaño de un metro aproximadamente y como si cobrará vida su aspecto fue pasando del azul grisáceo de la tinta al color de la carne.

-Perdone, pero esto me parece imposible, es lo más inverosímil que he escuchado en mi vida.

-No lo dudo, pero déjeme continuar.

La figura representaba a Mefisto y era un dibujo de Doré como otros muchos en esa edición del Fausto. Ahora la tenía enfrente de mí con esos ridículos cuernos y la barba de chivo que el dibujante le había aplicado.

-No aguanto ni un minuto más al lado de ese carcamal de Balmes, viejo engreído, ratón de sacristía. Soltó la excéntrica figura.

Entonces me fijé que en el suelo estaba un volumen antiguo de Balmes, su Filosofía Fundamental.

-El enervado Mefisto continuó con su alegato:

-¿Quién ha sido el ignorante que tal aberración la ha colocado al lado del Fausto, seguro que has sido tú, librerucho inconsciente? ¡¡Yo soy el padre de la Metafísica, yo puse los cimientos para que esta tribu de frailucos envilecidos pudieran opinar, rebatir sobre su propia contradicción. 

Me quedé perplejo, pero la figura s iba agrandando por momentos y ya me alcanzaba en altura.

-Mi obra maestra fue la creación de su Iglesia y los muy imbéciles no se han dado cuenta aún de ello, yo soy su padre espiritual, yo les dí ese punto crítico para que tuvieran la posibilidad de perfeccionar la obra. Y tú, simple coleccionista de libros me pones junto a estas reliquias, no lo consiento.

Salí de la tienda como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho; en mi fuero interno la razón me decía que aquello era imposible, una ensoñación por el calor o algo parecido, pero mis ojos lo habían visto, tan real como la Iglesia de San Nicolás o la alameda del Turia, no podía creer lo que me había sucedido pero tampoco se lo podía decir a nadie hasta este momento.

-¿Por eso dejó la librería?

-No, después de aquello pasaron muchas más cosas. 

Regresé a la librería pasadas unas horas, llegaron algunos clientes pero al no verme se habían marchado, según me dijo el comerciante vecino. Entré en la tienda, pasé al interior dónde se había producido el caos anterior y me quedé sorprendido pues todos los libros estaban colocados es sus estanterías, como si no hubiera pasado nada. Pero mi sorpresa fue cuando me fije en el orden como estaban colocados ahora, El Fausto dominaba la estantería  principal secundado por obras de autores “malditos” Pound, Proust, Celine, Sartre, Gorki, Brasillach, Unamuno, Faulkner…… mientras que en la estantería contraria junto al libro de Balmes se alineaban los de Pedro Salgado, Luis Coloma, Scott, Alberto Magno, Roger Bacon, Louis de Bonald, Donoso Cortes…. ¡Los libros habían tomado partida ente ambos oponentes! Algo demencial pero real como que estoy sentado en esta mesa.

Al poco tiempo los vecinos se quejaron de que a altas horas de la madrugada se escuchaban acaloradas discusiones dentro de la librería y me amenazaron con denunciarme a la policía por escándalo público, afirmaban que reunía a indeseables  en mi librería, así que decidí pasar la noche en el establecimiento; la primera vigilia todo estuvo en calma, no escuché ningún sonido extraño que no fuera el provocado por el aire o el chirriar de los muebles, pero en la segunda noche aquello se desmadró, los libros volaban, hasta las pequeñas ediciones de bolsillo saltaban por los aires, voces en todos los idiomas se podían escuchar contestándose unas a otras en una frenética diatriba. Aquello era una verdadera batalla de ideas, palabras, frases, algunas inconexas otras incomprensibles, todas sorprendentes. Encendí las luces todas y el estruendo se calmó, como por encanto cada uno de los libros volvió a su sitio excepto uno, El Apocalísis de San Juan que permanecía en el suelo abierto por 13:18:…..

 Y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.

Esto me desconcertó aún más, yo no soy creyente aunque respeto todas las creencias religiosas, no me puedo considerar agnóstico, adjetivo muy concurrido actualmente y menos ateo, digamos que soy un escéptico, pero aquello me sobre cogió, era como si todos hubieran rechazado ese libro en especial u aquel libro se mantenía fuera de la disputa de los otros. No lo sé, pero ello me llevó a dejar la librería, a refugiarme en la lectura y tener un enorme respeto por toda obra escrita en papel.

En ese momento Horacio me tendió la mano y me dijo:

Creo que es el momento de decirnos adiós.
Y se marchó.
(Mi primer encuentro con Horacio) de Filoxides el Crítico

No hay comentarios:

Publicar un comentario