El Mundial de
Fútbol se está acabando y con él el sueño de futbolistas, aficionados y agentes
incluidos. Unas Selecciones a priori consideradas favoritas se han ido para
casa mucho antes de lo que pensaban los aficionados, la prensa y las casas de
apuestas, y con ellas embarcadas en la misma suerte un buen grupo de “estrellas”
del balompié consideradas por todos lo mejor de este deporte.
El Fútbol siempre
ha sido un deporte de masas, más bien un gran espectáculo mundial desde hace ya
muchos años, países enteros se paralizan ante la final de un campeonato y mucho
más en unos campeonatos mundiales, la economía del país anfitrión lo nota,
hoteles llenos, restaurantes, bares a rebosar, las agencias de viajes hacen su
agosto (nunca mejor dicho), la televisión y un gran número de negocios
asociados a este monumental negocio.
Pues esto es en
definitiva lo que el evento futbolístico es: un gran negocio. Probablemente
sean los jugadores los que menos parte se lleven del pastel aunque la prensa
escriba fichas millonarias en los nuevos contratos que se firman durante y
después del mundial.
Los agentes, los
que no pegan una patada al balón se
llevan una buena tajada, así como casi todos los que participan de una u otra
manera y uno se pregunta si este enorme tinglado solo es un negocio deportivo.
La concepción
internacionalizada del mundo del fútbol es algo más que la suma de unas
federaciones deportivas nacionales que se unen para llevar a cabo cada equis
tiempo campeonatos continentales, regionales y mundiales.
Al igual que en el
Imperio Romano, los juegos vienen bien a Cesar como actualmente a los
dirigentes de la UEFA ¿Pero que hay detrás?.
Últimamente la
justicia internacional ha tenido que intervenir ante los “trapicheos” de
algunos de sus dirigentes, pero…. ¿Son estos la cabeza real del entramado? ¿Qué
hay más allá?.
La obsesiva y
demagógica insistencia del no al racismo cuando de las cuatro selecciones que
han llegado a las semifinales, (Inglaterra, Francia y Bélgica) son un
conglomerado de jugadores de distintas razas, etnias y colores. Ver a la
selección de Francia es ver a una selección de jugadores africanos, Bélgica e Inglaterra
igual, el aborigen del país brilla por su ausencia, la mayoría son foráneos
nacionalizados a los que solo hay que ver en la televisión su silencio ante la
interpretación de los respectivos himnos nacionales.
¿Es esa,
verdaderamente la representación del país? El populacho romano pedía al Cesar
la ciudadanía y la libertad para el vencedor de los juegos, así les hacían uno
de los suyos.
Es admisible que
un equipo de fútbol como ente o empresa
privada pueda tener aquellos jugadores de diferentes países que crea oportuno
dentro de los límites que sus federaciones marquen, pero la Selección es otra
cosa, es la representación deportiva de un país y esta debe estar formada por
naturales de él y no valen excusas de naturalizados, nacionalizados u otras
consideraciones.
Marroquíes,
congoleños, argelinos, deben representar a sus verdaderas naciones y no a las
que por intereses económicos les acoge. La polémica surgida por la fotografía
de un jugador alemán de origen turco con el presidente de este último país es
un caso más de la manipulación del verdadero sentir de estos deportistas o del
negocio que para ellos supone estar en una selección en la que el dinero a
recibir es superior al del país de origen.
De la parte del
negocio solo vemos la positiva, es decir, la de aquellos jugadores que han
llegado a la cima. ¿Pero, y el resto? Cuántos de esos críos que salen de su
país ilusionados (engañados) hacia un
próspero futuro se quedan por el camino y ¿Dónde acaban? En categorías regionales
los más afortunados mientras de otros nada se vuelve a saber, engullidos en un
país que aparte del fútbol no les ofrece nada.
La UEFA lava su
alma con ese mensaje televisivo de ¡No, al racismo! Y ya se sienten exhumados
de cualquier responsabilidad, han creado un monstruo enorme, un monumental
negocio dónde el dinero se lo reparten unos pocos, y no son precisamente los
jugadores los más beneficiados. Cierto es, que de este Mundial saldrán nuevos
contratos, nuevos campeonatos y mejores salarios, todo con la finalidad de
mantener un supra negocio que ya solo es un espectáculo y que lo deportivo amén
de lo patriótico ha quedado relegado a un segundo o tercer plano.
Acabará el Mundial
y lógicamente habrá un ganador, este se hará una piña con sus entrenadores,
utilleros, médicos, fisios, masajistas, cuerpo técnico y cantarán el himno, el
que sea da igual y los aficionados lo cantarán igualmente pero el verdadero
sentimiento, el de los que se sienten verdaderamente identificados con los
valores que ese himno propone, aunque sean ganadores se sentirán en cierto modo
defraudados.
Filoxides el Crítico
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