viernes, 10 de marzo de 2017

El Desencantador de Cuentos.




Mi Señor es un extraño personaje, ya me lo advirtieron mis parientes cuando iba a entrar a su servicio, algo excéntrico, siempre absorto en su pensamientos, parecía estar en otro mundo aunque percibía con suma claridad todo lo que acontecía a su alrededor.
Nunca supe con exactitud a que se dedicaba, eran pocas las veces que me permitía entrar en su despacho y una vez dentro no me dejaba que permaneciera durante mucho tiempo. Este, estaba lleno de estanterías dónde se agolpaban cientos de libros, entre estas, unos enormes retratos de extraños seres, mitad hombres mitad animales, que me seguían con los ojos en el poco tiempo que Mi Señor me permitía estar allí.
Un atardecer del mes en honor a Augusto, en plena canícula veraniega, me llamó a su despacho, para ello usaba un pequeño telefonillo que unía su sala de estudio con la cocina, no tardé más de dos minutos desde la cocina hasta el despacho de Mi Señor.
-Necesito de tú ayuda para mi trabajo.
 Me dijo sin más mientras me hacía un gesto para que me acercara a su mesa.
-Tienes que acompañarme en mi próximo viaje a través del libro.
Me quedé perplejo, no sabía que contestarle; ya me dijo el día en que entre a su servicio que por culpa de su defecto físico, tendría que acompañarle en algún de los viajes que hacía, no puse ninguna objeción pues apenas tengo familia, unos primos en una aldea cercana y mi hermana a dos leguas de esta villa, pero no había visto ningún movimiento por parte de Mi Señor en los últimos días que presagiara un viaje inminente, así que le pregunté.
-¿Qué debo preparar para al viaje y para cuantos días?
- Nada, debemos ir ligeros y despiertos, cómo en todos mis anteriores viajes.
No supe que contestar pues nunca había hecho un viaje con Mi Señor, así que esperé ante él para que me dictara nuevas órdenes.
-Cierra fogones y echa pestillos pues lo que tenemos que hacer nos puede llevar horas o días y si la fatalidad se ceba con nosotros, quizás años.
-Aquello me dejo helado, pero corrí presto para hacer lo que Mi Señor me había ordenado. Apagué el fuego de la cocina, retire una olla con caldo que tenía puesta al fuego, cerré ventanas y eche todos los pestillos de puertas y ventanales, eché los visillos sobre los ventanales que daban hacía el camino y cerré contraventanas. Una vez hecho esto me dirigí hacía la habitación dónde me esperaba El Señor. Cuando llegué allí, este se encontraba ante un enorme libro abierto por la mitad de dónde salían unos extraños ruidos, me hizo un gesto para que apagara unos candelabros que estaban sobre la mesa y sin más me espetó:
-Voy a desencantar el cuento de Caperucita Roja y necesito de tú ayuda.
Al decir esto mi Señor se alzó la túnica con la que cubría y pude ver una pierna horriblemente deformada que más parecía una pata de ganso que la extremidad de una persona.
-Ayúdame a entrar en el libro y sígueme después.
Le alcé sobre aquel enorme libro para ayudarle a entrar en él. El libro no tenía nada escrito por fuera, pero al asomarme pude ver como en su interior bailaban como poseídas por un demonio, letras y signos sin orden ninguno, a la vez que un extraño sonido salía de su interior. Una vez sobre el libro y con mucho cuidado fui ayudando a Mi Señor a penetrar en aquel extraño agujero que se habría para dejarnos pasar a los dos; yo mantenía sujeto por el brazo a Mi Señor y así sin darme cuenta íbamos entrando en el libro, mientras Mi Señor hacía una serie de marcas en las paredes del libro como para orientarse a la salida.
¿Has leído el cuento de Caperucita Roja, mi pobre Braulio?
-Sí Señor, pero hace muchos años de esto.
¿Y nunca has sentido curiosidad por desentrañar la Historia?
-La verdad es que nunca se me ocurrió tal cosa. Los cuentos son como son y nada más que eso cuentos, historias para niños.
-¡Ya!. Mi señor no dijo más mientras seguíamos descendiendo dentro de aquel extraño envoltorio de papel, lleno de letras que se movían alrededor nuestro.
-Todos los cuentos cuentan cosas y esconden otras mi buen Braulio y esa es mi tarea descifrar aquello que esconden u ocultan a los profanos.
Habíamos llegado a un prado verde dónde a un lado unos leñadores desbrozaban unos enormes árboles ya talados, al fondo un bosque ocultaba todo lo que hubiera más allá y ante nosotros un camino que venía desde una aldea y acababa en el bosque.
De pronto apareció una joven muy blanca que iba cubierta con una magnifica capa roja, al vernos sonrió pero no paro, siguió su camino en dirección al bosque.
¿Sabéis lo que os vais a encontrar nada más penetrar en ese oscuro bosque, mi querida niña?.
-Sí, Mi Señor, lo llevo recorriendo desde hace muchísimos años, una y otra vez con idéntico resultado, cada vez que alguien lee la historia yo me veo en la obligación de emprender el camino desde mi casa hasta la de mi abuela en el centro del bosque, le sigo llevando dulces o tortas según la historia y he de ir con esta casulla roja que incita al lobo que merodea por el bosque a que me siga y al final me engulla.
-Yo no he leído el cuento así, dije sin más. Solo se come a la abuelita.
-No Señor, yo soy la verdadera pretensión del lobo y por ello voy vestida de esta forma tan llamativa para ser una pobre aldeana.
-Ahora tendrás la protección que deberías tener si tú hacedor hubiera tenido compasión por lo que representas.
Así que colocándose al lado de la niña y apoyándose en mi, Mi Señor emprendió el camino hacia el bosque.
-Señor, puede que el malvado lobo no se digne aparecer o simplemente se coma a mi abuelita y desaparezca.
-No lo hará, su compromiso es igual que el tuyo y debe acatar lo escrito tal y como está.
Al entrar en el bosque sentimos la presencia de algo o alguien pero aunque mirásemos a ambos lados del camino no veíamos nada solo árboles y ramojos. De pronto y sin que nos diéramos cuenta una enorme sombra se plantó sobre nosotros y una ronca voz nos paralizó.
¿Qué pintáis vosotros en esta parte de la Historia, yo debo hacer las preguntas de rigor, la niña me ha de contestar una por una hasta que yo me descubra ante ella como lo que soy una presencia maligna?
-Así que reconoces que no eres simplemente un lobo.
¡Por supuesto, un lobo nunca deja a su manada para atacar y menos para realizar una celada tan rebuscada como esta! Además mi visión no es tan aguda como la vuestra por ello a esta pobre infeliz la visten de color rojo, sin lugar a dudas me la envían con la intención de ser sacrificada.
¿Y qué me dices de la abuelita del bosque?
-Imposible atacarla, me conformo con la niña es más fácil ser devorada. La figura de dentro del bosque no es una simple abuela, representa más, no sé exactamente qué pero lleva allí desde el principio de la creación, ella es la creación en sí, su potencialidad antes que a mí me fuera encomendada la misión de acabar con todo aquello que irrumpiera en el sagrado bosque era la de una diosa protectora, mis antepasados la llamaban Artemis y ella es la que me manda vigilar el bosque  y proteger este de intrusos como vosotros y esta engañosa virgen de rubias trenzas que viste la capa del engaño y del nuevo orden. Ahora vosotros sois mis enemigos y debéis ser devorados junto con ella.
Al oír esto Mi Señor se alzó la túnica que le cubría dejando al aire libre su deformada pierna mientras miraba fijamente a la figura que teníamos delante.
-Ahora piensas lo mismo monstruoso guardián, piensas atacar a la Vieja Tradición con tus desgastadas garras, mantenlas afiladas ante la proliferación de capas rojas que poco a poco invadirán el bosque, talaran sus árboles y acabaran con tu Señora y se ensañaran contigo.
Ante estas palabras el lobo se precipito sobre la niña para devorarla mientras esta reía y reía sin parar, en sus ojos se veía una extraña luz como si no le importara ser devorada una y otra vez, mientras esto ocurría vimos aparecer por entre los árboles primero docenas, después cientos de caperucitas riendo como poseídas dirigiéndose todas como si fueran una hacia la sombra con forma de lobo, hasta que le alcanzaron y entre más carcajadas despedazaban a este sin ninguna piedad.
-Es el momento de irnos, aprisa, aprisa el libro puede cerrarse.
Sin decir palabra alguna sujeté con fuerza a Mi Señor, mientras aquellas criaturas  terminaban su tarea.
-Ayúdame presto, hemos de salir de aquí.
Ante estas últimas palabras levanté a Mi Señor lo cargué sobre mis hombros y corrí hacia dónde una especie de escalera marcaba el sitio por dónde habíamos llegado. Al llegar al interior me fijé en lo que habíamos dejado atrás, solo se veía un tumulto de letras, palabras que volaban, pedazos de árbol como si de papel fuera volando sobre nosotros, todo se descomponía.
¡¡No te entretengas, el trabajo está hecho!!
En unos pocos segundos que a mí me parecieron horas nos encontrábamos saliendo del enorme libro, me fijé en Mi Señor y sonreía, pero su cara dejaba entrever que era una sonrisa irónica, apagada como si el resultado de lo que él llamaba trabajo lo le hubiera satisfecho del todo.
Él, me miro y como si leyera mis pensamientos, me dijo:
-Todos los cuentos encierran el mismo mito, es una constante guerra que tenemos perdida de antemano, pero al menos yo sé a lo que me enfrento.
Filoxides de Ursalia

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