viernes, 7 de febrero de 2020

Cartas a mi hijo




No recuerdo cuantas cartas he ido escribiendo  a lo largo de mi vida, ni los temas y menos aún el porqué. Necesitaría un psicoanalista a mi lado para que me pudiera explicar el sentido a esto, aunque no creo que el suizo Jung se prestase a ello y los demás no me convencen, en esto y otras muchas facetas soy muy terco (cuanto más viejo peor).

Creo que es necesario dejar constancia a los que me sucederán del pobre bagaje intelectual que uno lleva en su equipaje, este durante muchos años se ha ido llenando de cachivaches, de cosas, ideas y recuerdos inconexos, sin sentido e incompletos, pues que son los recuerdos sino la subjetividad de lo acontecido, uno piensa en los buenos o malos momentos vividos desde su óptica personal sujeta siempre al relativismo del hecho.

Al parecer y sin querer o queriendo, vaya usted a saber el gusto del subconsciente, uno va buscando significado a las cosas, en cierto modo huye de lo real, lo actual, refugiándose en los recuerdos. En mi caso es la noche la que los hace salir afuera para volver de una manera semi onírica hacerse realidad nuevamente, bailotean, se entremezclan y se complacen de dejarme en un estado de vigilia.

Uno preferiría seguir dormido algún rato más, puede que siglos, eras, kalpas, en un estado catatónico, algo similar a la muerte pero con la capacidad de seguir viendo las cosas aunque ajeno a ellas. Repito que cualquier psicoanalista argentino se frotaría las manos con mi caso. Pero dejando a un lado todos estos rifirrafes mentales y procurando centrar la poca cordura que aún me queda me pregunto ¿Para qué me he puesto a escribir hoy?

Siento que cuando el sol comienza a enviar como adelanto a su magnificencia los primeros rayos con ellos vienen como maléficos duendecillos muchos de mis recuerdos sobre vivencias de todo tipo, pocas profesionales he de reconocer, pues estas quedaron encerradas en un sobrio baúl cerrado con cien candados; principalmente esos diablillos me traen un cargamento de historias inacabadas u olvidadas pero que enseguida engarzan en mi cerebro.

Otras no tengo ni la menor idea que son o que pretenden decirme. Un ejemplo de ello es la obsesión de haber vivido una vida paralela o que mientras el yo durmiente, es decir yo mismo me sumergía en el sueño, una parte de este yo salía fulgurante hacia el exterior para vivir su propia vida. Una vida de hazañas, heroicidades y aventuras, muy distinta a la que me había buscado yo mismo.

En ese flete de hechos algunos corresponden a pequeños pecados veniales, pues uno ha llevado una vida tal que ni a pecar groseramente he tenido oportunidades. Pero es lo que hay y uno no puede cambiar lo acontecido guste o no guste.

¿Pero qué iba a escribir yo? Debería volver a la cama para escudriñar los sueños más reciente o recrearme con otros nuevos.
Filoxides de Ursalia

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