Nunca tuve oportunidad de agradecer lo
suficente a la Doctora Morell la
atención y cuidados que tuvo con mi padre hasta el día de su fallecimiento.
La delicada manera en la que nos expuso el
carácter terminal en que se encontraba la enfermedad y la evolución de esta que
avanzaba de una manera fatal.
Siempre he tenido un respeto enorme por los
profesionales de la medicina y en concreto de las Doctoras que nos han tratado
tanto a mis padres cómo a mí.
Desde que le diagnosticaron el cáncer que
acabo son su vida, la doctora Morell estuvo al tanto de la evolución y
desarrollo del mal, interviniendo en lo que fuera necesario para que los
cuidados y el tratamiento fueran los necesarios y más convenientes en cada
momento.
Hoy cercano el aniversario del fatal
acontecimiento, veintisiete años, me entero que la Doctora ha fallecido en su
pueblo de Navarra dónde residía y dónde había nacido; ahora jubilada se
preocupaba de obras de caridad y ayuda a la gente mayor que la necesitaba.
Siempre la tendré presente, su esbelta
figura, su delgadez, su tez morena y esos inmensos ojos verdes que invitaban a
pensar el haber sido una mujer muy bella de joven y más que interesante de
mayor.
Recuerdo cuándo se dirigió a mí para que le
transmitiera a mi madre la gravedad que padecía mi padre, fue precisa pero muy
dulce con una normalidad que aplaco de una manera extraordinaria el impacto de
la noticia.
Nunca se lo pude agradecer como se merecía,
aunque la visité varias veces solo para saludarle hasta que me comentó que se
jubilaba y volvía a Tudela.
De una manera casual me he enterado de su
fallecimiento hace unos días allá en su tierra natal. Por ello además de mi
pésame a su familia le devuelvo la frase que me dijo al fallecer mi Padre:
“Nunca morimos sólo nos alejamos por un
tiempo”
Francisco Filoxo
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