sábado, 26 de enero de 2019

Adolfo y sus libros (Una noche en Medinaceli)


“El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee” (Umberto Eco)
Nada sé de mi viejo amigo Adolfo, perdí su pista cuando me vine a vivir a Talamanca, de esto hace ocho largos años. Siempre que regresaba del Nordeste de la Península paraba unos días en Medinaceli, una ciudad con un encanto especial.
Allí en una casita a las afueras vivía Adolfo, había alquilado esa casita allá por los años noventa del pasado siglo cuando cerró su librería de la calle Montaner en Barcelona, librería que había heredado de su padre y este del suyo, tres generaciones de libreros que ilustraron durante más de noventa años a buena parte de la sociedad barcelonesa.
Adolfo no pudo hacer frente a las deudas, las reparaciones que el edificio precisaba y la falta de clientes que poco a poco iban ignorando las tertulias que el viejo librero organizaba todos los miércoles. Día tras día el salón principal de la librería, allí donde una mesa circular rodeada de sillas y anaqueles con miles de libros se iba quedando vacío. Uno de los más fieles clientes El Sr. Roger tuvo el tristísimo honor de comprar el último libro antes de echar el cierre, días antes de que las máquinas echasen abajo el edificio.
Adolfo salvó en una vieja furgoneta cuántos libros pudo, regalo muchos y desgraciadamente otros quedaron a merced de las excavadoras, de esto Adolfo no se recupero nunca. En los días que le visitaba me decía que por las noches escuchaba los lamentos de aquellos libros que sacrificó abandonándolos a ese cruel destino.
Solitario, casi un anacoreta en pleno siglo XX, se refugió en esta ciudad cercana al cielo y atada a la tierra por una naturaleza más bien hostil para con el hombre. Una vieja estufa de gas calentaba la casa, más bien el lugar cercano a ella mientras que el resto quedaba abierta al frío que sube del Jalón y que quiebra la respiración en las largas noches sorianas.
Nunca utilizó teléfono alguno, tenía que avisarle de mi llegada llamando a la Alcaldía y que el alguacil se lo dijera. Allí me esperaba con sus gatos, su impresionante biblioteca y sus extraños dibujos que en los años que vivía en esta ciudad iba plasmando sobre cartón, papel o madera. En uno de esos dibujos, indescifrable el contenido tenía escrito a su pie:
“Daría todo lo que se, por la mitad de lo que ignoro”
Creo que la frase es de Descartes. Adolfo había leído mucho, escrito y viajado casi siempre por el Mediterráneo, un mar que le fascinaba, lo cual resultaba extraño que se hubiera adentrado en tierras castellanas para buscar el retiro.
La última vez que le visité, recuerdo que fue en Septiembre del dos mil diez, el otoño se acercaba y las noches ya iban siendo frías. Llegue un viernes sobre las siete de la tarde, venía de Zaragoza, había estado trabajando por la región, Soria, Logroño, Haro, Arnedo y el vienes me despedí de mi compañero de trabajo y después de almorzar con él cerrando algunos flecos de nuestro trabajo salí en dirección a Medinaceli.
Allí en la cancela de su casita cercana a la puerta árabe me esperaba Adolfo con uno de sus gatos en los brazos y una jarra de vino presta a ser engullida. Aparqué mi coche justo enfrente, en un solar habilitado para ello y sin esperar más abrace a mi amigo. Mis brazos se encontraron con un amasijo de huesos y nervio, Adolfo siempre estuvo delgado pero ahora era casi un escuálido, me recordaba ciertos grabados de Don Quijote aunque mi amigo no llevaba barba, siempre iba totalmente rasurado.
Me preguntó por mi familia interesando especialmente por mi hijo y sus estudios, luego sobre mi trabajo y después sobre su actual situación, dándole a esta un punto de comicidad muy propio de las personas que son conscientes de lo efímero de la vida.
Bebimos la jarra de vino y al acabar esta viendo que la noche se nos echaba encima nos dirigimos hacia la Plaza Mayor a un restaurante dónde cenaríamos algo. El rato fue muy agradable, me estuvo contando sus peripecias por el pueblo cuando llegó, el frío que soportaba aunque al ser seco lo prefería a la humedad de Barcelona, el cambio de comidas, me decía que los torreznos le habían cambiado la vida, nos reímos mucho, sobre todo cuándo le dije que los torreznos tiene mucha grasa y él no tenía ni un ápice en su cuerpo 
-¿Dónde lo echas? Le dije mientras le pellizcaba el abdomen.
-Bueno los gatos participan en el ágape
Acabamos de cenar, me preguntó si me iba a quedar más tiempo, pues siempre estaba una noche y al día siguiente retornaba a mi casa en Talamanca. Le contesté que me iría sobre las doce del día siguiente y entonces me dijo:
-Bien, no tenemos tiempo que perder, volvamos a mi casa.
Al salir el contraste de temperaturas nos sorprendió a los dos, hacía un frío terrible para las fechas que estábamos, apretamos el paso, cruzamos la plaza dimos la vuelta al Palacio Ducal y caminamos hacia la puerta árabe cuyo arco iluminado por unas luces indirectas le daban un aire de  decrépito esplendor.
Según avanzábamos me fijé en el emplazamiento de la casa de Adolfo, estaba ubicada sobre un saliente de la colina, a la derecha un camino la acercaba a la Ermita del Humilladero, desde la izquierda se veía la carretera abajo, dónde está la parte administrativa del pueblo y siguiendo la colina el destello de la luz que alumbra el Arco Romano.
-Te gusta la ubicación. Me sacó del ensueño mi amigo mientras abría la puerta de su casa, allí tres preciosos gatos le dieron la bienvenida mientras que Adolfo les obsequiaba con unos restos que había recogido del restaurante, una vez que les había alimentado con estos restos y con unas latas que tenía en una nevera, se volvió a mí y me dijo:
-Bueno, mis chicos ya han cenado, ahora viene el tiempo de los mayores.
Reímos ambos mientras los perezosos gatos iban ocupando sus respectivos sitios para el sueño.
-Creo que vives en un sitio magnífico, eres un privilegiado aunque supongo que echarás de menos tu Biblioteca, el Mar, Barcelona…..
-¡No mi viejo amigo! ¡Nada de eso! Aunque he de reconocer que cada noche escucho los lamentos de aquellos libros que se quedaron a merced de la piqueta, sus sollozos son los gritos que me desgarran el alma. Nunca más les volveré a ver, jamás les ojearé como lo hacía antes, tampoco limpiaré sus lomos del polvo de la ciudad, ya han desaparecido, sus hojas esparcidas por cualquier asqueroso vertedero de la periferia de Barcelona. No les puedo olvidar, ni puedo repetir sus títulos ni sus autores, tampoco el afán ni el trabajo de los editores, los encuadernadores, de todos los que trabajaron en su fabricación, pues son obras de arte, aunque sean de simples tapas de cartón son obras de ingenios, de almas superiores que plasmaron en papel trozos de su alma y su cerebro.
No lo he superado, cada noche en mi soledad, aislado con mis gatos de cualquier ruido, escucho a los que están aquí, los que puede traerme, ellos me preguntan por sus hermanos, me echan en cara que les abandonará y que siguiera vivo. He pensado en suicidarme varias veces pero…¿Qué pasará con ellos? ¿Quién les protegerá, también a ellos de la piqueta o la hoguera?
Pues ese es tristemente el futuro de los libros, la hoguera y sus nuevos inquisidores, los nuevos Calvinos o Savonarolas son las recicladoras, esos monstruos que les harán pasta y puestos a disposición de cualquier industria.
Esto me anima a seguir vivo, con ello mantengo vivos a todos estos libros que nos rodean, que están pendientes de lo que hablamos y yo les siento vibrar, sentir, reír a las comedias, llorar a las tragedias, dialogar, discutir a los filósofos. En las noches más oscuras, ellos iluminan la habitación dónde se encuentran y la casa en general, esto se convierte en un enorme Ateneo, un Ágora de ideas y pensamientos, una Estoa de la enseñanza.
Mis gatos suelen esconderse cuando comienza todo, el ruido de las conversaciones, de los discursos, de las discusiones, de los debates, les asusta, ellos pobres felinos no llegan a comprender el valor de la palabra y menos aún el de las letras.
Es maravilloso poder escuchar a Fausto con Mefistófeles, a Melibea y Calixto, Escuchar como Cesar anima a sus legiones, los lamentos de Valerio hacía su amor Elisa, las discusiones del testarudo Sócrates con su discípulo Platón………Todos defendiendo ideas, posicionamientos, razones y hasta los crímenes más abyectos y yo en el centro del debate sin intervenir escuchando, meditando sobre lo que dicen, lo que sienten y como lo representan. ¡Están vivos! Yo lo sé y por ello soy su guardián, les mantengo aislados de los hombres, les protejo. Qué sería del loco Nietzsche y su Zaratustra sueltos por el mundo y Fichte con su discurso a unos alemanes decadentes, a Spengler riéndose de su acertada visión y la deriva actual, al lobo estepario de Hesse, o a Sancho buscando su Ínsula de Barataria, ellos estarían perdido sin mi mediación, todos saben que ahora están seguros bajo mi cobijo, soy un Avatara , una reencarnación de Visnu que armoniza su mundo.     
La fría noche nos anima a seguir conversando, Adolfo prepara varias veces café, la noche lo pide y nuestros cuerpos lo necesitan. Según mi amigo continua hablando voy sumergiéndome en ese su mundo, por un momento veo tomar vida a todos y cada uno de los personajes de sus libros, los horribles cuentos de Alan Poe, de Lovecraft persiguiendo a los pobres gatos, en una esquina de la habitación se me presentan los sabios griegos en el Ágora del Partenon, algo más allá veo a las Legiones al mando de Varo avanzar por los bosques germanos de Teutoburbo, al sagaz Arminio celebrando la victoria, a Tiberio llorando la derrota, en otra esquina distingo a Lope conversando con Quevedo, Gongora y otros que no distingo, mientras sus personajes repiten sus obras incansablemente, así hasta el alba.
Entonces todo vuelve a la normalidad. En un butacón algo destartalado duerme Adolfo con una expresión en su cara de total felicidad, uno de sus gatos se acurruca en su regazo mientras que a sus pies montan guardia los otros dos; intento levantarme pero no puedo estoy totalmente paralizado, el frío de la noche me ha dejado totalmente aterido, intento mover las piernas, me las froto con ambas manos hasta que la sangre vuelve a circular por ellas, después de unos momentos consigo ponerme en pie, Adolfo sigue en la misma postura, solo que su cara ha cambiado ahora un gesto triste se apodera de ella, parece como si la vuelta del día le perturbara.
De repente se alza y como si nada hubiera pasado me mira sonriente.
-¿Te quedaste dormido, bribón? Me suelta mientras me da una palmada en el hombro.
-Si, es cierto. Al final me quedé dormido le contesté mientras me fijaba en las tazas de café que había sobre la mesa. No comprendo como con tanto café ingerido me pude quedar dormido. Adolfo me leyó el pensamiento y me dice.
-¡Bah! Es normal, las emociones terminan por superarnos y no dormimos pero entramos en una especie de trance, es lo que me pasa a mí desde hace bastantes años, desde antes de venir aquí.
Intento contarle todo lo que creo haber visto o soñado, no lo sé, pero es como si él hubiera estado pendiente de mí en todo momento.
-Tú lo has visto, toman vida, repiten su obra, su papel en la sociedad que les toco interpretar o pensar, por eso sufro al no poder salvar a los que quedaron allí, esos han desaparecido, se han esfumado aunque sus lamentos siguen golpeando en mi cerebro día tras día.
Salimos a tomar un poco el aire a la calle y sobre todo a mover los músculos todavía rígidos. La vida ha vuelto al pueblo, unos críos cruzan corriendo camino de la escuela, un barrendero comienza su labor diaria, el ruido de un tractor se confunde con el de una segadora que hace su trabajo colina abajo. Los gatos se dispersan por el jardín cercano, uno de ellos el más claro persigue a un jilguero que juguetea con una hoja.
Mejor es que vayamos a desayunar a la cafetería, así andamos un poco, nos irá bien. Me dice Adolfo mientras me acerca mi chaqueta, el frío de la mañana e bastante cortante.
Nos acercamos a una panadería cercan que hace las veces de cafetería y nos sentamos en una mesa cercana a la puerta, adentro dos trabajadores enfundados en su ropa de trabajo conversan mientras toman su desayuno, varias parroquianas esperan su turno para comprar pan mientras la dueña nos atiende a nosotros.
-Como podrás ver no me falta de nada aunque este carente de casi todo como decía Dante “La raza humana se encuentra en la mejor situación cuando solo posee el más alto grado de libertad” y esto es lo que me sobra a mí, libertad, aunque para ello me vea a veces prisionero de este bendito lugar.
-Ahora solo quiero una cosa y eso te implica a ti. Me dice:
-Necesito que me prometas que si falto, probablemente antes que tú por mi edad, te hagas cargo de mis libros, no consientas que nadie les separe o que los convierta en pasta nuevamente y menos aún que terminen de comida de ratas en algún basurero.
-Te lo prometo, Adolfo.
Nos abrazamos mientras salimos del local camino de su casa, allí le esperan sus gatos con impaciencia, sus libros, sus pinceles y acuarelas, su pobreza, su libertad y sus paisajes. Durante unas cuantas horas continuamos charlando de una y mil cosas más hasta que el sol alcanza el medio día, nos despedimos con tristeza, me subo al coche y bajo la colina que eleva Medinaceli hasta el cielo, el cielo de los poetas y de los viajeros del Alba, por el espejo retrovisor veo a Adolfo con uno de su gatos en brazos despidiéndose de mí, cuando su imagen desaparece el paisaje pierde color, tierras negras de Soria me rodean, me incorporo a la Autopista, dejo atrás un viejo poeta loco pero feliz, libre pero encadenado a sus libros y a sus recuerdos.
“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guie. Camina junto a mí y se mi amigo” (A.Camus)
Epilogo: Tengo que ir a recoger todos los libros de Adolfo. Sus gatos se marcharon en  cuánto su amo les dejo, nadie me supo decir que fue de ellos…………


Filoxides de Ursalia

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