Tiempos ha que no conversaba con Álvaro Muntañol, probablemente más de un lustro, la ultima vez coincidió en la Graduación de su hijo mayor en la Academia Geoestratégica y Desarrollo
Internacional, en el Claustro de Profesores, Muntañol acababa de dar uno de los mejores discursos que yo he escuchado sobre Geopolítica Internacional, recibió por aquel entonces felicitaciones desde los altos poderes del Estado hasta el reconocimiento de muchos dirigentes extranjeros.
Hoy Muntañol Junior sigue los pasos de su padre y ya ha intervenido en diferentes foros internacionales y opta a la cátedra de profesor en la Academia dónde estudio.
Ahora pasados estos años me encuentro con Álvaro por casualidad en una de las bibliotecas públicas de la Ciudad, enseguida nos reconocimos y el cálido abrazo que nos dimos duró casi un minuto, Álvaro sigue siendo un hombre fuerte, se mantiene erguido para su edad pues sobrepasa las siete décadas y su locuacidad demuestra que la agilidad de su cerebro se mantiene activa y en forma.
Nos sentamos en una cafetería cercana y nos ponemos al día de nuestras vivencias familiares ,laborales y humanas mientras tomamos café, al poco tiempo detecto cierta preocupación en el alma de mi amigo aunque el tratase de que esta inquietud o malestar no trascendiera en su conversación era difícil que ello no aflorase desde su ánimo interior.
Älvaro siempre ha sido un hombre pesimista, sus conocimientos sobre metapolítica le ha llevado a superar lo que el conocimiento medio de las personas creen conocer, gran admirador de Aristóteles y por ende de aquellos que de una u otra manera continuaron su obra, afirma con rotundidad: Estamos durmiendo sobre un volcán... Un viento de revolución nos golpea, la tormenta está en el horizonte. De una u otra forma estamos inmersos en un torbellino de falsos conceptos que nos arrastrará en su vertiginoso desarrollo a la hecatombe.
Mientras le escucho estas palabras su cara ha perdido color como si se fuera apagando y sus ojos adquieren una tristeza inmensa como si se alejaran hacia el interior a la vez que me miraban. Pronto recobró el ánimo y la charla derivó hacía temas más triviales, después al despedirnos nos intercambiamos los números de teléfono y mientras no volvíamos a abrazar como señal de despedida me susurro al oído: La igualdad es el slogan sobre el que se mantiene la envidia. El despotismo de los justos nos librará de la mezquindad actual pero a un precio muy alto.
Luego se marchó
Filoxides el Crítico
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