miércoles, 15 de noviembre de 2017

El Esperpento




“En los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean es destruir las panaderías” (Ortega y Gasset)

No hay día que pase sin que una infinita cantidad de noticias de todo tipo me invade y violenta mi intimidad desde cualquier medio, por ello he decidido aislarme cerrando mi puerta a todos estos medios “diabólicos” que sin uno darse cuenta poco a poco se van haciendo dueños de mi vida.

El viejo Marcio Severo me lo advirtió hace muchos años, decía el pobre orate que el invento de este tipo de cosas provocaría en pocos siglos la endeblez de los hombres y la dependencia hacia su terrorífica tiranía.

Hoy muchos años después la aseveración de mi viejo amigo se hace más latente cada día, vivimos dominados de una forma despótica por esos artilugios conocidos como teléfonos móviles, tablets, ordenadores, que si en un principio nos ayudaron a agilizar trabajos e intercambiar comunicación tanto cultural como laboral o profesional hoy son el medio por dónde la aberrante publicidad invade cualquier página de consulta o simple ocio.

Pero no es ese el único “mal” que lo que hoy se denomina eufemísticamente “redes sociales” nos aportan esos medios transmisores. Si le das tú número de teléfono a alguien por una causa determinada te verás comprometido a que este corra de medio en medio, de aparato a terminal hasta que sea conocido por una inmensa cantidad de personas, grupos, y empresas, a las cuales ni conoces ni quieres conocer.

Ahora el mal de los males que han puesto de moda ciertos movimientos más o menos revolucionarios es el de utilizar este medio de transportar noticias para hacer política, sea cierta o no la noticia, da lo mismo, lo importante es que llegue hasta ti de la forma más rápida y dañina posible.

Hoy no hace falta jugarse el físico ante la policía o cualquier medio el orden público para montar un motín, una algarada callejera o lo que es peor una huelga y no es que las huelgas tengan que ser malas por naturaleza pero el medio de  convocarlas me resulta infame.

El que se esconde en el anonimato de una u otra manera en esos medios solo demuestra la cobardía de aquel que intenta socavar libertades sin arriesgarse lo más mínimo. Y mi libertad es estar al margen de cualquier energúmeno que intente soliviantarla de esta manera.

Aquellas reuniones clandestinas dónde entorno a un mesa con poca luz alumbrando esta se conspiraba contra el poder, la injusticia o cualquier forma de orden equivocada o no ha sido sustituida por un “whatsApp” dónde te conminan a una cacerolada, una manifestación más o menos “pacífica” (el arte de reventarlas es muy conocido entre revolucionarios de izquierdas y de derechas) una concentración ante el Parlamento o cualquier acto más violento.


A mi edad estoy más que harto de revolucionarios de salón, mequetrefes desaliñados con aires de profetas, siempre airados y sudando soberbia por cada poro de su piel, nunca he visto a un anarquista de primeros de siglo (veinte se entiende) con la cara tapada por un pañuelo o por un “verdugo”, el revolucionario de entonces iba a pecho descubierto ante la fuerza del poder sin temer ser reconocido, muy al contrario, se sentían orgullosos de lo que hacían y de cómo lo hacían.

En los últimos tiempos el esperpento se ha apoderado de la sociedad y muy especialmente de sus dirigentes. La mediocridad abunda entre ellos de tal manera que en el caso de que alguien con dos dedos de frente intentase destacar en un gabinete o parlamento sería sofocado de inmediato por esa marea de déspotas autoritarios, envanecidos en su vulgaridad y protegidos por la cantidad que nunca soportarían una brizna de cordura venga de donde venga. Hasta ellos utilizan estos medios como si fueran la única manera de dar veracidad a sus maldades.

Así que mi decisión de aislarme de tanta agresión mental reduce mi cauce de entendimiento con mis semejantes a la sencilla conversación ente iguales sin imposiciones, respetando tanto la opinión ajena como los modos y las formas y si no estoy de acuerdo procuro no enzarzarme en litigios absurdos, discusiones desabridas o lecciones morales, me callo y aprovechando el momento oportuno me despido educadamente y me voy. Un soplo de aire fresco siempre viene bien.
Filoxides el Crítico

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