domingo, 18 de junio de 2017

La tragedia de Nacho



Hace años que no veía a Nacho, desde hace al menos diez y desde entonces las cosas han cambiado mucho y no para mejor según me cuenta.

Nacho tuvo la desgracia de ir en uno de los vagones del tren que explosiono cerca de la estación de Atocha cuando iba a trabajar a la peluquería que regentaba su cuñado en la calle Argensola, Nacho por aquel entonces tenía treinta y seis años, llevaba dos casado con su novia de toda la vida, una chica menuda, culta y pizpireta que según él decía –vivimos juntos desde que nacimos-.

Se habían comprado un pisito en el pueblo de Vallecas y decía con gracia que lo terminarían pagando sus nietos. Feliz, sin más preocupaciones de las que pueda tener cualquier trabajador, iba todas las mañanas a su puesto de trabajo en la peluquería sin haber faltado uno solo en los ya casi seis años que llevaba ocupando el cargo.

Nacho no imaginó nunca lo que aquel desgraciado día del 11 de Marzo del 2004 le iba a cambiar la vida, se había despedido de Pili que aún dormía, se preparó el desayuno, dejo comida para el gatito en el rinconcito habilitado para ello, regó un par de macetas que tenían en la ventana, se ducho y salió hacía el trabajo, compró el periódico deportivo como todas las mañanas, Nacho le encantaba el deporte y practicaba con los amigos futbito y solía ir con su “niña” y otras parejas en bici muchos fines de semana hasta los pueblos del entorno.

Nacho aquél día consiguió sentarse cosa poco frecuente a esas horas de la mañana y continuó leyendo su periódico, no se percató de nada hasta que una fuerte explosión le desplazo del asiento hasta incrustarse de cabeza contra el pasajero que estaba sentado enfrente, una llamarada, un fuerte olor, mezcla de explosivo, sangre y materiales fundidos y nada, el silencio durante mucho rato.

Despertó en el Hospital de la Paz, a su lado estaba su mujer Pili y su madre, el padre había muerto hacía unos años de cáncer, enseguida notó el calor de los suyos y eso le tranquilizó, aún no sabía que es lo que había pasado, tenía un fuerte dolor de cabeza, un brazo en cabestrillo y un picor raro en las piernas. Enseguida llegó un Doctor al aviso de los familiares y este ayudado por una enfermera cambió la venda que tenía en la cabeza, le dio unos calmantes y pidió a los familiares que salieran, Nacho estaba consciente aunque algo mareado, le molestaba mucho la cabeza, notó cierto dolor en el cuello pero lo más molesto era el extraño picor de las piernas, le escocían, sobre todo la derecha.

El Doctor siguió explorando exhaustivamente levantó las sabanas y la enfermera cambió vendas y apósitos sin decir una palabra, Nacho les miraba aún sin comprender nada de lo ocurrido aunque su mente empezaba a recordar el desayuno, la latita para Chino, las tostadas en el calentador para Pili, las noticias sobre el partido del Atleti, su club, el próximo fin de semana y el fuerte golpe.

Una vez realizada la cura, el Doctor salió de la habitación y la enfermera se quedó un  momento arreglando la cama, colocando bien la almohada y comprobando que todo estaba correctamente después esgrimiendo una sonrisa abandonó la habitación, ninguno de los dos le dijeron una palabra.
Al momento entraron nuevamente en la habitación Pili y su madre a las que se habían añadido, Alberto su jefe y cuñado dos compañeras de la peluquería y nosotros dos, mi mujer y yo. Nacho estaba aún aturdido pero nos miró y dejo entrever una mueca de agradecimiento y se quedó dormido.

Al día siguiente, sobre las doce de la mañana, acompañado por Pili que había pasado la noche en un sillón al lado de la cama fue visitado por el médico y una persona vestida de calle, Nacho había desayunado hacía unas dos horas, la enfermera le llevó un tazón de leche con cacao, unas galletas y un plátano, le cambió las vendas, le tomó la temperatura le dijo que se llamaba Carmen, le inyectó un calmante y le dejo solo con Pili. El Doctor le preguntó cómo se encontraba y que tal había pasado la noche, Nacho algo más despejado le contestó que le silbaban los oídos, le escocía bastante una herida que tenía en la mano derecha, entre el pulgar y el índice, herida que según la enfermera la había provocado la metralla y el incesante, molesto picor de las piernas, especialmente en la derecha dónde el hormigueo, picor o escozor se mezclaba habiéndole incomodado toda la noche, había pretendido arrascarse más de una vez pero estaba atado de tal manera que le era imposible mover el brazo izquierdo, el otro estaba escayolado y en el aire sujetado por unas poleas.

El Doctor sin perder la sonrisa un instante le cogió la mano izquierda, se había acercado una silla mientras Pili, su madre que acababa de llegar y el extraño acompañante, se acercaban por el otro lado.

-Mi querido amigo, ha sido Usted víctima de un terrible atentado, dónde ha habido muchas víctimas y desgraciadamente muchos muertos, Usted está vivo que es lo importante pero he de decirle que desgraciadamente ha perdido una pierna, la derecha, y la izquierda la tiene bastante dañada aunque se recuperará si no hay algún terrible contratiempo, debe ser fuerte y pensar que otros, muchos, no han tenido la misma suerte.

-¡¡Pero si la noto Doctor, siento mi pierna, me pica, me escuece aunque no siento los dedos!!-

-Es normal que crea sentirla pero desgraciadamente su pierna ya no está en su sitio, lo lamento  pero ha de acostumbrarse a ello, tendrá nuestro total apoyo y pronto, muy pronto hará su vida normal. Ahora si se encuentra con ánimos, este Señor le hará unas preguntas.

Nacho se echó a llorar, no entendía como de la noche a la mañana le había podido ocurrir esto, él no sabía nada política, solo de tintes, lavados de cabeza, rizos, cortes de pelo y los domingos su partido de futbito con los amigos de siempre, sus excursiones con Pili y otras parejas en bici por la sierra de Madrid, las cervezas en la terraza del bar de Julio, allí en su barrio. Ahora se le había acabado de un plumazo todo, ahora era un paralítico, de golpe su vida había dado un terrible vuelco.

Pili se abrazó a él mientras su madre lloraba al otro lado intentando por todos los medios mantenerse firme. Pasados unos momentos, el hombre que había salido de la habitación retornó a ella y se acercó a la cama, se presento como inspector de policía y le rogó que viera unas fotos por si reconocía a alguno de los fotografiados como pasajeros del tren dónde iba la mañana anterior.

Nacho no reconoció a nadie, no había visto en su vida a aquellas personas, el inspector le  hizo una serie de preguntas a las que Nacho fue contestando sin ganas al rato el policía abandonó la habitación y Nacho se refugió en los brazos de las dos mujeres de su vida.

Nacho ha envejecido, todos hemos envejecido, pero él  de una manera diferente, su pelo está totalmente cano, su mirada antes viva y centelleante está triste, cansada, no es tan mayor apenas estará rondando los cincuenta, pero parece mayor que yo. Pili murió a los cuatro años del atentado de un cáncer de páncreas, en el funeral fue la última vez que le vi, desde entonces le perdí el rastro hasta que por una casualidad me enteré de que había regresado a Madrid de dónde se marchó tras la muerte de su mujer.

Coincidimos en una cafetería de Alcalá de Henares, antes le había llamado al número de teléfono móvil que su anciana madre, aún viva, me había dado y que nunca al menos eso me dijo, había tenido la autorización de su hijo para dárselo a nadie.

-¿Qué tal te encuentras, desde la muerte de Pili no he vuelto a saber de ti, he intentado localizarte en el trabajo, he hablado con tu cuñado, con tu madre pero nada no he podido contactar contigo por ningún medio?.

Le suelto todo el discurso mientras le doy un abrazo.

-Bien , me encuentro bien, como verás ando que no es poco y ya me he acostumbrado a la pierna ortopédica, me ha costado años pero he acabado adaptandome.

¿Dónde has estado estos años y que has hecho?

-Si te lo cuento no te lo vas a creer, he viajado he conocido gente, personas diferentes, afectadas como yo por tragedias, accidentes, atentados, guerras, en fin paralíticos de cuerpo y de alma pues nadie termina acostumbrándose a que unos tipos acaben con tus sueños de golpe, mediante una bomba, un tiro o en un simple robo. Pero la vida es así de trágica y solo nos damos cuenta cuando nos pasa a nosotros.

-Han pasado muchos años, deberías superarlo, volver a la vida normal.

-¿Cuál?. ¿La de antes con mi pierna, mi mujer, mis amigos, mi bici, mis acampadas en la Pedriza, mi piso de protección oficial en la Villa de Vallecas, mi madre, vosotros, o la de ahora, lisiado viviendo de una ayuda estatal, yendo a recuperación un montón de años, durmiendo gracias a píldoras, con tremendos dolores de cabeza de vez en cuando, con metralla en la otra pierna dónde me faltan dos dedos? No amigo, mi vida es otra muy distinta desde que esa mañana me la destrozaron unos…… ahora me muevo como puedo, nunca mejor dicho, por hospitales, visito a otros heridos como yo, intento reconfortarles, les pregunto, les hablo, me entero de su dolor, no solo el físico sino el peor dolor de todos, el del alma. La mía está muerta se quedo entre las vías retorcidas de esa estación de tren.

-Es muy noble por tú parte que emplees el tiempo en ayudar a los demás.

¡Noo….nada de eso! Es simplemente morbosa curiosidad, verme reflejado en la cara de los demás, sintiendo su dolor como el mío o superior al mío, viendo a sus familias rotas, sus terribles heridas, sus muñones, sus terribles mutilaciones. A veces creo que me recreo en el dolor, el dolor de los demás, dejando el mío como simple anécdota, mientras un tremendo odio se va apoderando de mi alma, un odio no solo a los que me dejaron tullido, sino a los que nada hacen por acabar con esto, a los hipócritas que de alguna manera justifican estos actos, a los periodistas que me asaltaron mientras duraba la conmoción del atentado para al poco tiempo olvidarse del asunto, a los jueces, abogados y magistrados por su falta de intención en aclarar los hecho s y buscar la verdad, en fin y en la sociedad que se olvidó de nosotros al poco tiempo.

Tomamos un par de cafés, le enseñé fotos de mis nietos, a petición de él, pues me sentía avergonzado de mi felicidad ante su desgracia, le hablé de lo hecho durante estos años, de mi jubilación, de un montón de cosas para mí importantes pero que a Nacho por la expresión de su rostro que  ni se inmutaba, le debían resultar estúpidas.

Nacho y otros más afectados como él,  siguen intentando descubrir la verdad de lo ocurrido aquel jueves fatídico, cuando iba como todas las mañanas a trabajar en la peluquería de su cuñado en la calle Argensola.
Filoxides el Crítico

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