Hace años que no veía a Nacho, desde hace al
menos diez y desde entonces las cosas han cambiado mucho y no para mejor según
me cuenta.
Nacho tuvo la
desgracia de ir en uno de los vagones del tren que explosiono cerca de la
estación de Atocha cuando iba a trabajar a la peluquería que regentaba su
cuñado en la calle Argensola, Nacho por aquel entonces tenía treinta y seis
años, llevaba dos casado con su novia de toda la vida, una chica menuda, culta
y pizpireta que según él decía –vivimos juntos desde que nacimos-.
Se habían comprado
un pisito en el pueblo de Vallecas y decía con gracia que lo terminarían
pagando sus nietos. Feliz, sin más preocupaciones de las que pueda tener
cualquier trabajador, iba todas las mañanas a su puesto de trabajo en la
peluquería sin haber faltado uno solo en los ya casi seis años que llevaba
ocupando el cargo.
Nacho no imaginó
nunca lo que aquel desgraciado día del 11 de Marzo del 2004 le iba a cambiar la
vida, se había despedido de Pili que aún dormía, se preparó el desayuno, dejo
comida para el gatito en el rinconcito habilitado para ello, regó un par de
macetas que tenían en la ventana, se ducho y salió hacía el trabajo, compró el
periódico deportivo como todas las mañanas, Nacho le encantaba el deporte y
practicaba con los amigos futbito y solía ir con su “niña” y otras parejas en
bici muchos fines de semana hasta los pueblos del entorno.
Nacho aquél día
consiguió sentarse cosa poco frecuente a esas horas de la mañana y continuó
leyendo su periódico, no se percató de nada hasta que una fuerte explosión le
desplazo del asiento hasta incrustarse de cabeza contra el pasajero que estaba
sentado enfrente, una llamarada, un fuerte olor, mezcla de explosivo, sangre y
materiales fundidos y nada, el silencio durante mucho rato.
Despertó en el
Hospital de la Paz, a su lado estaba su mujer Pili y su madre, el padre había
muerto hacía unos años de cáncer, enseguida notó el calor de los suyos y eso le
tranquilizó, aún no sabía que es lo que había pasado, tenía un fuerte dolor de
cabeza, un brazo en cabestrillo y un picor raro en las piernas. Enseguida llegó
un Doctor al aviso de los familiares y este ayudado por una enfermera cambió la
venda que tenía en la cabeza, le dio unos calmantes y pidió a los familiares
que salieran, Nacho estaba consciente aunque algo mareado, le molestaba mucho
la cabeza, notó cierto dolor en el cuello pero lo más molesto era el extraño
picor de las piernas, le escocían, sobre todo la derecha.
El Doctor siguió
explorando exhaustivamente levantó las sabanas y la enfermera cambió vendas y
apósitos sin decir una palabra, Nacho les miraba aún sin comprender nada de lo
ocurrido aunque su mente empezaba a recordar el desayuno, la latita para Chino,
las tostadas en el calentador para Pili, las noticias sobre el partido del
Atleti, su club, el próximo fin de semana y el fuerte golpe.
Una vez realizada
la cura, el Doctor salió de la habitación y la enfermera se quedó un momento arreglando la cama, colocando bien la
almohada y comprobando que todo estaba correctamente después esgrimiendo una
sonrisa abandonó la habitación, ninguno de los dos le dijeron una palabra.
Al momento
entraron nuevamente en la habitación Pili y su madre a las que se habían
añadido, Alberto su jefe y cuñado dos compañeras de la peluquería y nosotros
dos, mi mujer y yo. Nacho estaba aún aturdido pero nos miró y dejo entrever una
mueca de agradecimiento y se quedó dormido.
Al día siguiente, sobre
las doce de la mañana, acompañado por Pili que había pasado la noche en un
sillón al lado de la cama fue visitado por el médico y una persona vestida de
calle, Nacho había desayunado hacía unas dos horas, la enfermera le llevó un
tazón de leche con cacao, unas galletas y un plátano, le cambió las vendas, le
tomó la temperatura le dijo que se llamaba Carmen, le inyectó un calmante y le
dejo solo con Pili. El Doctor le preguntó cómo se encontraba y que tal había
pasado la noche, Nacho algo más despejado le contestó que le silbaban los oídos,
le escocía bastante una herida que tenía en la mano derecha, entre el pulgar y
el índice, herida que según la enfermera la había provocado la metralla y el
incesante, molesto picor de las piernas, especialmente en la derecha dónde el
hormigueo, picor o escozor se mezclaba habiéndole incomodado toda la noche,
había pretendido arrascarse más de una vez pero estaba atado de tal manera que
le era imposible mover el brazo izquierdo, el otro estaba escayolado y en el
aire sujetado por unas poleas.
El Doctor sin
perder la sonrisa un instante le cogió la mano izquierda, se había acercado una
silla mientras Pili, su madre que acababa de llegar y el extraño acompañante,
se acercaban por el otro lado.
-Mi querido amigo,
ha sido Usted víctima de un terrible atentado, dónde ha habido muchas víctimas
y desgraciadamente muchos muertos, Usted está vivo que es lo importante pero he
de decirle que desgraciadamente ha perdido una pierna, la derecha, y la
izquierda la tiene bastante dañada aunque se recuperará si no hay algún
terrible contratiempo, debe ser fuerte y pensar que otros, muchos, no han
tenido la misma suerte.
-¡¡Pero si la noto
Doctor, siento mi pierna, me pica, me escuece aunque no siento los dedos!!-
-Es normal que
crea sentirla pero desgraciadamente su pierna ya no está en su sitio, lo
lamento pero ha de acostumbrarse a ello,
tendrá nuestro total apoyo y pronto, muy pronto hará su vida normal. Ahora si
se encuentra con ánimos, este Señor le hará unas preguntas.
Nacho se echó a
llorar, no entendía como de la noche a la mañana le había podido ocurrir esto,
él no sabía nada política, solo de tintes, lavados de cabeza, rizos, cortes de
pelo y los domingos su partido de futbito con los amigos de siempre, sus
excursiones con Pili y otras parejas en bici por la sierra de Madrid, las
cervezas en la terraza del bar de Julio, allí en su barrio. Ahora se le había
acabado de un plumazo todo, ahora era un paralítico, de golpe su vida había
dado un terrible vuelco.
Pili se abrazó a
él mientras su madre lloraba al otro lado intentando por todos los medios
mantenerse firme. Pasados unos momentos, el hombre que había salido de la
habitación retornó a ella y se acercó a la cama, se presento como inspector de policía
y le rogó que viera unas fotos por si reconocía a alguno de los fotografiados
como pasajeros del tren dónde iba la mañana anterior.
Nacho no reconoció
a nadie, no había visto en su vida a aquellas personas, el inspector le hizo una serie de preguntas a las que Nacho
fue contestando sin ganas al rato el policía abandonó la habitación y Nacho se
refugió en los brazos de las dos mujeres de su vida.
Nacho ha envejecido,
todos hemos envejecido, pero él de una
manera diferente, su pelo está totalmente cano, su mirada antes viva y
centelleante está triste, cansada, no es tan mayor apenas estará rondando los
cincuenta, pero parece mayor que yo. Pili murió a los cuatro años del atentado
de un cáncer de páncreas, en el funeral fue la última vez que le vi, desde
entonces le perdí el rastro hasta que por una casualidad me enteré de que había
regresado a Madrid de dónde se marchó tras la muerte de su mujer.
Coincidimos en una
cafetería de Alcalá de Henares, antes le había llamado al número de teléfono móvil
que su anciana madre, aún viva, me había dado y que nunca al menos eso me dijo,
había tenido la autorización de su hijo para dárselo a nadie.
-¿Qué tal te
encuentras, desde la muerte de Pili no he vuelto a saber de ti, he intentado
localizarte en el trabajo, he hablado con tu cuñado, con tu madre pero nada no
he podido contactar contigo por ningún medio?.
Le suelto todo el
discurso mientras le doy un abrazo.
-Bien , me
encuentro bien, como verás ando que no es poco y ya me he acostumbrado a la
pierna ortopédica, me ha costado años pero he acabado adaptandome.
¿Dónde has estado
estos años y que has hecho?
-Si te lo cuento
no te lo vas a creer, he viajado he conocido gente, personas diferentes,
afectadas como yo por tragedias, accidentes, atentados, guerras, en fin
paralíticos de cuerpo y de alma pues nadie termina acostumbrándose a que unos
tipos acaben con tus sueños de golpe, mediante una bomba, un tiro o en un
simple robo. Pero la vida es así de trágica y solo nos damos cuenta cuando nos
pasa a nosotros.
-Han pasado muchos
años, deberías superarlo, volver a la vida normal.
-¿Cuál?. ¿La de
antes con mi pierna, mi mujer, mis amigos, mi bici, mis acampadas en la
Pedriza, mi piso de protección oficial en la Villa de Vallecas, mi madre,
vosotros, o la de ahora, lisiado viviendo de una ayuda estatal, yendo a
recuperación un montón de años, durmiendo gracias a píldoras, con tremendos
dolores de cabeza de vez en cuando, con metralla en la otra pierna dónde me
faltan dos dedos? No amigo, mi vida es otra muy distinta desde que esa mañana
me la destrozaron unos…… ahora me muevo como puedo, nunca mejor dicho, por
hospitales, visito a otros heridos como yo, intento reconfortarles, les
pregunto, les hablo, me entero de su dolor, no solo el físico sino el peor dolor
de todos, el del alma. La mía está muerta se quedo entre las vías retorcidas de
esa estación de tren.
-Es muy noble por
tú parte que emplees el tiempo en ayudar a los demás.
¡Noo….nada de eso!
Es simplemente morbosa curiosidad, verme reflejado en la cara de los demás,
sintiendo su dolor como el mío o superior al mío, viendo a sus familias rotas,
sus terribles heridas, sus muñones, sus terribles mutilaciones. A veces creo
que me recreo en el dolor, el dolor de los demás, dejando el mío como simple anécdota,
mientras un tremendo odio se va apoderando de mi alma, un odio no solo a los
que me dejaron tullido, sino a los que nada hacen por acabar con esto, a los
hipócritas que de alguna manera justifican estos actos, a los periodistas que
me asaltaron mientras duraba la conmoción del atentado para al poco tiempo
olvidarse del asunto, a los jueces, abogados y magistrados por su falta de
intención en aclarar los hecho s y buscar la verdad, en fin y en la sociedad
que se olvidó de nosotros al poco tiempo.
Tomamos un par de
cafés, le enseñé fotos de mis nietos, a petición de él, pues me sentía avergonzado
de mi felicidad ante su desgracia, le hablé de lo hecho durante estos años, de
mi jubilación, de un montón de cosas para mí importantes pero que a Nacho por
la expresión de su rostro que ni se inmutaba,
le debían resultar estúpidas.
Nacho y otros más
afectados como él, siguen intentando
descubrir la verdad de lo ocurrido aquel jueves fatídico, cuando iba como todas
las mañanas a trabajar en la peluquería de su cuñado en la calle Argensola.
Filoxides el
Crítico
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