¡¡Filoxides,
Filoxides abre inmediatamente!! Grita
Marcio Severo mientras aporrea la puerta
sin miramientos. Me levanto de la cama aún adormilado y bajo las
escaleras para abrir a mi amigo que no deja de golpear la puerta causando un
gran revuelo entre la vecindad.
-Ya voy, ya voy-
Le grito para que deje de golpear de una vez por todas.
¿Qué pasa, a qué
viene tanto revuelo? Apenas está amaneciendo y vas a despertar a todos los
vecinos.
¡Rápido, tienes
que venir conmigo!- Me coge del brazo y me arrastra hasta salir a la calle; el
sol apenas es una leve insinuación en el horizonte aunque su claridad ya
permite la visión. Marcio está lívido, mas pálido de lo que en él suele ser
habitual y su mano fría como un tempano tiembla del frío o quizás del terror
que se adivina en sus ojos.
En unos instantes
hemos recorrido varios estadios que son los que separan mi casa de la explanada
que desde hace unos años sirve de Ágora en nuestra pequeña Polis. Marcio se
abre paso entre la multitud que ya se ha agolpado en la zona destinada al
pueblo y entre empellones y algún que otro exabrupto consigue que nos
coloquemos prácticamente detrás del sitio destinado a los Magistrados, estos ya
se han ido sentando en los bancos de piedra asignados según sus categorías y
todos esperan la llegada del Arconte. Este es un afamado sofista que ostenta el
poder desde que la Asamblea del pueblo hábilmente manejada por el partido
Demagogo se hizo con el poder en la mayoría de las ciudades con derecho
asambleario. Su nombre es Aristos Protadae y es bien conocido por haberse
enriquecido rápidamente desde que alcanzó el poder.
Entre los
Magistrados distingo a Efestos Traciano, un personaje que al igual que yo llegó
a la Polis hará un lustro más o menos, es popular por su reconocida verborrea y
él se considera a si mismo un gran orador, pertenece igualmente al partido
Demagogo, a los demás solo les conozco de vista o por pertenecer al Prítaneo y
por esa causa al empadronarme tuve que hablar con alguno de ellos.
-Marcio, suéltame
ya me estás amoratando el brazo- Pero Marcio sigue absorto pendiente de la
tribuna dónde van llegando más personajes.
El Arconte hace su
solemne entrada entre los murmullos de muchos y los aplausos y vítores de los
suyos, alza la mano para indicar a los presentes silencio y ordena a sus
ayudantes que comience el juicio.
-¿El juicio, qué
juicio y contra quién?- Le pregunto a Marcio que en este momento me mira
aterrorizado. -¡Contra ti, mi preciado amigo, es contra ti!- Me contesta Marcio
casi entre sollozos. -¿Contra mí?- ¿Y de que se me acusa?- Pregunto perplejo
ante aquellas palabras.
Desde que llegué a
la ciudad vivo entregado a mis libros, mi familia y mis animales, tengo poco
contacto con los vecinos aunque creo tener buenas relaciones con todos, no creo
tener enemigos pues ni me ha dado tiempo en poder creármelos ni he prestado
ninguna atención a los enredos a causa de haciendas, reyertas familiares o
problemas domésticos muy propios de las ciudades pequeñas.
De pronto hace su
presencia un hombre alto delgado con aires aristocráticos en el espacio
reservado para los oradores en el centro del Ágora, viste una túnica encarnada
y su aspecto aniñado representa a esta nueva generación de sofistas recién
salidos de la Escuela y que venían a
implantar su “areté” particular, algo engreídos, se consideraban muy por encima
de las viejas tendencias de pensamiento a las que habían apartado con un golpe
de mano en cuanto alcanzaron el poder en casi todas las polis.
Unos de los
Magistrados le anuncia como acusador procesal con el nombre de Aquelos Magnicius, este subió a una pequeña tarima
que le daba un cierto aire solemne desde dónde se volvió hacia el patio en el
que se encuentran los Magistrados y detrás de ellos el público en general que
llenábamos el aforo. Hizo una ligera reverencia al Arconte y dirigió nuevamente su mirada hacía el
público.
-¡Estimados
ciudadanos!-
Su voz sonó seca, cortante, agria, sabía el
papel que representaba y lo iba a interpretar a conciencia, sus ojos brillaban
y sus manos cerradas en actitud amenazante presagiaban una disposición clara a sentenciar
de antemano al denunciado.
-Estoy ante
vosotros para dar testimonio de las graves acusaciones que pesan sobre el
ciudadano Filoxides el Crítico, entre las muchas que este Tribunal ha recibido
hay una de las que el acusado no puede ser bajo ningún concepto ser indultado y
esta es la de ¡Impiedad! El acusado ha ofendido de una manera latente no solo a
los dioses que conforman nuestra sociedad sino a los más puros estamentos de ésta
Democracia, ha puesto en duda la eficacia de ésta hasta el punto de negarla en
público e insultado a sus creadores a los que ha acusado de farsantes y
embaucadores.
Marcio sudaba y me
apretaba el brazo hasta clavarme las uñas, yo me mantenía impávido, no me podía
creer lo que estaba viendo, aún no era consciente de la gravedad de las
acusaciones solo pensaba en la puesta en escena que aquel personaje había
montado en unos simples momentos con una oratoria corta pero que llegaba
directamente a las almas de aquél pueblo sencillo y manipulable. En este
momento me vinieron a la mente aquellas palabras de Eurípides:
“La democracia es
la dictadura de los demagogos”
El acusador da
paso en ese momento a unos testigos que ni conozco ni me conocen pero que
afirman bajo juramento el haberme oído mancillar el nombre de los dioses, despotricar
contra la Democracia y desear la vuelta al gobierno de la Oligarquía
Aristocrática, y además, y esto era considerado de pena capital poner en tela
de juicio la veracidad de los dioses que se veneraban en las distintas Polis
desde el advenimiento de la Democracia.
Uno a uno fueron
pasando por el estrado aquellos ciudadanos que representaban la denuncia, yo no
conocía a ninguno ni apenas de vista, no había coincidido con ellos que yo
recordase por lo que mi indignación crecía por momentos ¿Y la defensa, cuando
entra la defensa?
El Arconte se
dirigió a unos de los escribas y le conmutó a que llamará al estrado al
defensor del acusado, este con voz
teatral y algo afónico llamó a declarar a Marcio Severo como defensor de
Filoxides el Crítico hijo de Filoxo de Ursaria. Marcio se separó de mí y se
acercó al pie de la tribuna.
-Antes de comenzar
mi alegato de defensa de mi amigo Filoxides os quiero recordar distinguidos
ciudadanos unas palabras de uno de los insignes pensadores de la antigüedad de
nuestro pueblo:
“Qué terrible es la diferencia entre el
gobierno de la justicia y la tiranía de los más convincentes” (Sócrates)
Habéis escuchado
acusaciones de personajes que nunca hablaron ni escucharon a mi buen amigo pues
ni le conocen y hasta posiblemente no le hayan visto o fijado en él nunca. Mi
viejo y entrañable amigo al cual profeso un enorme aprecio y un solemne respeto
vino a esta villa como cierre a una vida de trabajo y esfuerzo, nunca en su
ánimo hubo ningún atisbo de Vanidad ni de hacerse notar de una u otra manera,
simplemente quiso vivir los años que le queden en paz consigo mismo y con los
suyos, nadie de los más allegados ni de las personas que de algún modo hemos
tenido trato con él le hemos escuchado ni una sola frase que vaya en contra del
respeto a los dioses aunque sí es cierto que ni ha libado en su nombre ni
sacrificado animal alguno y tampoco acostumbra
visitar el Templo, podíamos decir de él que no es una persona piadosa
pero no por ello un sacrílego ¿Quién de vosotros que asiste al Templo a diario
y hace las ofrendas pertinentes a los dioses, no ha caído después en algún
vicio? ¿Quién no ha ofendido a su vecino, castigado a sus hijos sin motivo
alguno y hasta pegado a su mujer? ¿ No
es esto peor que el no asistir a rito alguno u olvidar fiestas religiosas?. En
cuanto a la denuncia de que mi amigo mancilla de palabra a la Democracia y
ansía de alguna manera la vuelta de los años de Pisistrato, esta cae por su
base ¿No es la Democracia aquella que permite la plena libertad del ciudadano
para expresarse como su conciencia le dicte? ¿Y si es así no tiene derecho mi
amigo, el acusado, de manifestar sus ideas si fueran estas u otras, de manera
tal que pudiera diferir del actual gobierno? ¿No estaría, apreciados
compatriotas, ejerciendo su derecho democrático? Hace siglos la madre de todas
las Polis, la Eterna Atenas en una asamblea parecida mandó al gran Fidias al
exilio y al insigne Pericles le acusaron de despilfarrar el erario público a
pesar de que este había llevado a Atenas al mayor esplendor del mundo entonces
conocido, basándose en las falsas acusaciones de Menon, no fue en nombre de
esta magnificada democracia la que basándose igualmente en la calumnia y el
odio hacia los espíritus superiores condeno a tomar la cicuta al insigne
Sócrates aunque días más tarde esa misma asamblea recomponía su nombre y
prestigio erigiendo una estatua en su nombre.
“La capacidad y la experiencia son los
criterios por los que escogemos a un médico para que nos sane o a un general
para ponerlo al frente del ejercito, y del mismo modo deberíamos elegir para el
gobierno a los hombres más capacitados para gobernar” (Sócrates)
Para terminar con
mi alegato de defensa quiero simplemente pediros una cosa, por motivos que
desconozco el denunciado no ha sido llamado a subir a este estrado
manteniéndose entre el público expectante ante tanto agravio, así que le pido a
los testigos que señalen con el dedo al denunciado si es cierto que le conocen.
El Arconte
interrogo con la vista a los acusadores
que eran incapaces de reconocerme aunque me encontraba a escasos pies
delante de ellos bien alto para que se me viera desde todos los ángulos.
Tras unos
instantes, que me parecieron siglos el Demagogo tomó la palabra y mirando
fijamente a Marcio Severo preguntó ¿Y por qué se oculta tú defendido entre la
multitud y no sube al estrado para defender su inocencia escondiéndose detrás
de tú encendido verbo?
¡¡No me escondo de
nada ni de nadie, Aquelos Magnicius!! ¡Aquí estoy escuchando todos y cada uno
de los agravios contra mi persona efectuados por unos ciudadanos a los que ni
conozco ni quiero conocer, sin salir de mi asombro de hasta dónde puede
encanallarse la persona simplemente por el hecho de tener un instante de
popularidad, o por cuatro miserables dracmas de algún enemigo en la sombra que pueda
estar detrás de toda ésta farsa. Agradezco a mi buen amigo, mi alma gemela
Marcius Severo, el alegato de defensa que ha hecho sobre mi persona, aunque lo
considere demasiado atributo para un sencillo hombre como yo. Él me conoce
bien, conoce mis escasas virtudes y mis múltiples defectos, sabe como soy y
como me gustaría que me recordaran después, pero en algo se ha quedado corto y
si el Arconte me lo permite (miro esperando su aprobación al Arconte) añadiré
algo más en mi defensa ya que veo latente la curiosidad que tienes Aquelos.
Puede que mis palabra no me ayuden mucho, es más hasta puede que agraven mi
situación de cara al voto de los ciudadanos sobre mi inocencia pero me importa
más mi orgullo que tu incriminación.
-Pues habla, te
escuchamos- Me exhorta Aquelos sin respetar la opinión del Arconte que se
mantiene callado ante la soberbia del Acusador.
-Hace años llegué
a esta Polis con el único deseo de apartarme de lo divino y de lo humano, ambas
partes de la vida de un individuo me habían agotado, mi fe en los hombres había
desaparecido y aún mantengo esta idea, mi premura era poner tiempo y tierra de
por medio para poder pensar en libertad y volver a la armonía que toda persona
necesita para ser feliz, pensé que distante de las cosas o de los sitios dónde
fluyen las ideas y la actividad el sosiego volvería nuevamente a mi espíritu,
pero desgraciadamente me encuentro en que la insidia y la calumnia está
enquistada en todas y cada una de las Ciudades que he visitado. Vosotros los
sofistas, habéis llevado el Caos mediante la palabrería a una plebe maleable y
vulnerable con consignas y artificios demagógicos, habéis hecho de la denuncia
a la persona la prueba evidente de que sois incapaces de enfrentaros a las
diferentes ideas y matando el perro se acabó la rabia. Hoy se me acusa a mí con
testigos falsos, mañana a otro, y así hasta que consigáis vuestro propósito que
no es otro que anular la voluntad humana.
Se hace un
tremendo silencio entre la multitud que hasta ese momento unas veces aplaudía y
otras abucheaba sin tener muy claro a quién ni cuándo. Este silencio se rompe de
repente al oírse entre el público una voz que grita:
-¡¡Marcio Severo
es un extranjero, nació en Talento. Por lo que no puede intervenir y menos defender
a un acusado!!
El Arconte se fija
en la persona que ha hablado y se dirige a Marcio Severo
-Es cierto eso-
-Cierto- contesta
Marcio, añadiendo:
- He nacido en la
Magna Grecia en la ciudad de Talento y me educó Critón en Cumas por lo que
puede que sea más griego que todos vosotros, lo cual no me impide defender a
cualquier ciudadano que me pida ayuda o consejo.-
El Arconte se
vuelve hacía el Acusador Aquelos Magnicius y le pregunta si tiene algo que
objetar.
-Nada, por mi
parte no hay ninguna objeción, somos ciudadanos libres y pertenecemos a la
misma matriz así que sigamos con el proceso.
Marcio Severo al
que la reciente acusación de apátrida le había envalentonado contesta:
"¿Acaso debemos nosotros seguir la·
opinión de la mayoría y temerla, o la de uno solo que entienda, si lo hay, al
cual hay que respetar y temer más que a todos los otros juntos?" (Palabras
de Sócrates a Critón, en su defensa)
El silencio se hace entre el populacho mientras el Arconte se dirige a
los Magistrados, el vocal se adelanta y dice:
-Ciudadanos libres de esta Polis con derecho a voto, adelantaros-.
Ciento uno se acercan al Magister recogiendo las dos piezas redondas de
cerámica con las que han de votar, una de culpabilidad y la otra para declarar
inocente al acusado, estas se han de introducir en unas grandes ánforas que están
colocadas en una esquina del Atrio por dónde había entrado el Arconte y los
Magistrados. Uno a uno y en total silencio los ciento y un ciudadanos se van
aproximando al pequeño altar que soporta ambas ánforas y deposita su pieza,
para que no se sepa cuál es su voto introducen una de las dos pieza en la
primera vasija la que recoge el voto real y la otra la pieza sobrante, así
nadie sabe lo que se ha votado.
Una vez acabado el acto, los Magistrados vuelcan el ánfora con las
ciento y una piezas de cerámica y comienza el recuento.
Marcio me agarra por los hombros, apretándome con fuerza mientras me
susurra al oído:
-Confía en la voluntad de los Dioses-
-Prefiero confiar en la actitud de los hombres- Le contesto bastante
inquieto
Una vez contadas las piezas todas el Arconte se vuelve hacía mí y con
voz grave proclama:
Filoxides el Crítico, la voluntad del pueblo sabiamente guiada por los
Dioses te absuelve de todas y cada una de las denuncias, puedes irte en paz.
Marcio Severo me abraza al igual que otras personas que apenas conozco,
vecinos, amigos de estos, algún comerciante, un pobre anciano que se gana la
vida recitando en la calle, unos músicos, apenas diez o doce personas, el resto
va abandonando la explanada en silencio.
El Sol ya va decreciendo en el horizonte, ha pasado más de mediodía
desde que Marcio llegó a mi casa hasta el momento, el día ha resultado largo y
confuso, no consigo todavía asimilar lo acontecido. De pronto me encuentro con Aquelos
que me está esperando al final de la explanada.
-Esta vez has tenido suerte viejo idolatra, de la próxima no te
escaparas.
Su cara desprende un gesto de odio sin disimular, un gesto parecido a
una sonrisa marca su boca. Le miro en silencio y sigo el camino a mi casa,
Marcio va delante eufórico a mi me llega aquella frase de Sócrates: “Temed
el amor de la mujer más que el odio del hombre”.
Me
agarro a mi buen amigo Marcio Severo y continuamos el camino entre chanzas y
risas hasta mi casa dónde nos esperan unas buenas jarras de vino.
«¿Cómo podría yo introducir nuevos dioses por decir que una voz divina
se me manifiesta para indicarme lo que hay que hacer? [...] Por otro lado, que
la divinidad sabe de antemano lo que va a suceder y que lo anuncia con señales
a quien quiere, tal como yo lo digo, lo dicen también todos y lo creen. Pero
mientras estos llaman, augurios, voces, coincidencias y adivinos a los que les
anuncian las señales, yo lo llamo genio divino y pienso que al llamarlo así, me
expreso de manera más veraz y piadosa que los que atribuyen a las aves el poder
de los dioses». (Sócrates)
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