"Todo es veneno y nada es veneno solo la dosis hace el veneno" (Paracelso)
El miedo a la enfermedad, la peor de todas el tédio agijoneaba el alma del pobre Sakov.
Durante años estuvo encerrado en aquella torre del Palacio de Invierno del Jóven Zar, raro era el día que alguién se molestaba en visitarlo, solo el pobre Gaurin aparecia de vez en cuando con alguna simpleza comprada en el mercado de Tiflis o a los mercaderes que transitan por la carretera que lleva a Erevan o ciudades del entorno.
Sakov acomoda día tras día los volúmenes que guarda el Zarevich y que fueron una vez de su madre la Zarina María Fiódorovna y que por esos caprichos de la Familia Real acabaron en este Palacete de Georgia cercano a la frontera armenia.
Sakov, el viejo Petroffiev, llevaba al servicio de la Familia Real desde que murió su madre de tifus a la edad de treinta años, él por entonces tenía ocho o nueve, de constitución débil, bastante alto pero algo encorvado, con unos largos brazos y unas extrañas manos propia más bien de un pianista que de un sirviente al cuidado de los libros del Zarevich.
En los últimos años Sakov había perdido bastante la visión, de noche debía ayudarse de un bastón para no tropezar por las galerías del Palacio cuándo se dirigía a sus habitaciones en el cobertizo anexo dónde se había construido todo un santuario con imágenes traidas desde Persia, Armenia incluso Turquia.
Una de sus imágenes favoritas era una jóven vestal semi desnuda que le había comprado a un viejo mercader jázaro que se desplazaba por toda Armenia y Georgia y que según le contó la había encontrado en unas ruinas a la orilla del Mar Caspio.
El viejo le contó que la estatuilla perteneció a un caudillo mogol y que le acompañaba en el lecho siendo preferida a todas sus esclavas y que le daba un cierto poder al entrar en combate.
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