El encierro voluntario es tan insustancial como el
obligatorio.
Puede que sea una medida para controlar los miedos,
pero dudo mucho que sirva para frenar tanto la peste que nos invade como la que
puede venir acompañándole.
¿Vaticinio? ¡No, no creo estar en condiciones de
predecir o intuir nada solo que al mal le acompañan siempre muchos adeptos,
simpatizantes y el resto de la plebe!. “Et voluisse sat est” diría el clásico
para darle un cierto aire intelectual a este desequilibrio social.
Nadie se espera la muerte, solo el temerario juega con
ella, la provoca y hasta puede que llegue a amarla, estar cercana de ella puede
resultar un salvoconducto para el intrépido, conocedor del arte de vivir puede
que piense que el final solo es un paréntesis. Temerarios, provocadores, hombres
dispuestos a saltar a la nada sin protección alguna, suicidas modernos o
paranoicos aburridos.
Será esto una muestra del dadaísmo hospitalario, es
decir la anti-vida paralela al anti-arte. No sé, podría ser pero para ello
tendría que refrendarlo un Aragón, o un Tzara, ¿Acaso no es este virus un
balbuceo de nueva enfermedad, una expresión de una nueva peste, una forma de
higienizar el futuro?.
La simpleza invade tanto a gobiernos como medios de
información, estos últimos, claro está, son las cotorras del poder, te dictan
normas, medidas, pautas de comportamiento tanto sanitarias como higiénicas.
¿Sirven para algo? El gobierno dice que si aunque tendremos que convivir con
cifras crecientes de muertos. Te hablan de porcentajes, estadísticas, números,
comparativos y más. Al final te ves convertido en una simple estadística ¿Tiene
esto algún valor? Dicen que se aplican medidas “didácticas” Te enseñan a lavarte
las manos como si aquí estuviera la solución. ¿Es qué no sabíamos lavarnos
hasta ahora? Al parecer no, pero para solucionar esto ya están nuestros
gobernantes, su obsesión por re-educarnos no para.
Filoxides en cuarentena
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