Marco
echa el cierre a su panadería como todas
las tardes.
Ahora
toca ir a casa, besar a los críos, abrazar a su mujer y cenar.
Otro
día más, largo como todos y cada vez más penoso de pasar.
Ahora
dormirá un rato, poco pues ha de seguir con su vida.
Antes
de que el sol vuelva a aparecer por detrás del Cristo demolido.
El
tendrá que volver a la tahona, le espera la masa, la levadura, el agua y la sal.
Así
desde siempre, desde que recuerda y conoce, algún descanso de tarde en tarde.
Los
niños, tres, la mujer, su anciana madre y su tristeza, compañeros todos.
Así
se le marcan las sienes de un triste color grisáceo y los ojos se emborronan.
He
de dormir más se repite desde hace años, muchos o pocos no lo recuerda.
Va
envejeciendo como su propia parroquia, cada día menos y más viejos.
Ya
ni a por pan duro vienen las viejas, ya no lo necesitan ni lo quieren.
La
gente no muere de hambre, ahora muere de hastío o de tristeza.
¡Qué
más da!
El
día que se deje de comer pan será porque la humanidad se ha deshumanizado.
Le
decía su abuelo Germán, muerto de asco allá por finales de siglo.
Ciclos
completos, paradigmáticos, repetibles,
absurdos por ello si mismos.
German
era viejo y por lo tanto un desfasado, desclasificado dirían hoy.
El
asco le royó por entero, dejo la panadería y se refugió en su cuarto.
De
allí no volvió a salir hasta que la funeraria fue a por sus restos.
¡Qué
más da!
Ya
no tenía objetivos que cumplir ni motivaciones extras, solo sombras.
Estas
le cubrían de negro hollín los párpados cada vez más hundidos.
Poco
a poco dejó de hablar, respiraba sonando a letanía.
Hasta
que de su garganta solo escapó el alma.
A
Marco le ocurrirá lo mismo, sus hijos se irán ley de vida llaman a esto.
La
vieja Irene se irá también, pero cerrando su ciclo vital.
Llamad
a esto ciclos de vida es toda un sarcasmo, es insultar a la Parca.
La
gente se va, harta, enferma y aburrida, la felicidad le abandonó años a
Marco
quedará solo, triste, viejo, solo, harto de vivir y de sufrir.
Es
su sino, dicen las viejas del lugar al verle pasar a la faena.
Años
entre levadura, harina de trigo, sal, agua y pesar. Pan para todos.
El
pelo se fue y con él las canas, la espalda se encorvo como un garfio.
Las
manos se deformaron, aquellos dedos largos y honestos.
Viejos
y torcidos la artrosis los dejo.
Le
dicen por Navidad que los hijos están bien, los nietos también.
La
tarde está fresca, demasiado húmeda para sus rodillas y codos.
Mejor
no levantarse, aquí se está bien, hoy no se sale.
Ya
no volvió a salir por su propio pie.
Adíos
Marco, hasta siempre.

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