domingo, 16 de diciembre de 2018

De mis perros


Los animales tienen un poder especial y es la percepción del miedo y la bondad en el ser humano, especialmente los perros. Yo he tenido la enorme fortuna de poder convivir casi medio siglo con un perro a mi lado y puedo ratificar lo aquí escribo.

Mis perros se identificaron conmigo y con los míos hasta formar una parte esencial de la familia. Cada uno en su tiempo se adaptaron a las circunstancias familiares, Blondi mi primera perrita, recogida de la calle cuido del bebe recién nacido y no permitía que ningún extraño se acercase a la cuna, después le protegía cuando comenzó a caminar avisándonos cuando se caía o tropezaba en casa con algún mueble, fue un gran compañero que nos acompañaba en nuestros viajes a cualquier lugar que fuésemos. 

La pobre comió veneno que algún desaprensivo esparció por los jardines de nuestra urbanización, estricnina nos dijo el veterinario cuando tuvo que operarla; en aquella época era muy frecuente el utilizar este producto para fumigar jardines.

No pudo recuperarse de la operación, duró apenas un mes desde que fue intervenida, mi hijo quedo muy afectado pues tenía entonces pocos años y la perrita había sido una “nurse” para él, jugaban juntos, dormían juntos y ella no se apartaba ni un metro de él cuando le llevábamos a jugar al parque.

Fue una dolorosa perdida, nos costó recuperarnos de esta perdida, pero los avatares de la vida hicieron que encontrásemos a Sussi, otra perrita abandonada que estaba perdida y que llegó a nosotros gracias a la intervención de la Diosa Diana, pues nunca he considerado que exista la casualidad, sino que todo tiene un sentido aunque no lo sepamos entender.

Sussi lleno la segunda etapa de mi hijo, compañera de juegos de un chico de trece años que pasaba más tiempo al lado de él que de nosotros. Se bañaban juntos en el mar aunque no le agradaba mucho pero no se separaba de Pancho en ningún momento. Tuvimos mucho problemas en aquellos tiempos para comer, cuando íbamos de viaje, en algún restaurante, hasta el punto que hemos comido en una terraza, protegidos por un toldo mientras nevaba con fuerza, o irnos a una punta lejana de la playa para podernos bañar con nuestra perrita. 

Su muerte nos hizo igual daño que la anterior, un cáncer agresivo acabó con ella en muy poco tiempo, aunque su deterioro era evidente ya tenía quince años y esa edad es mucha para un pastor alemán. Me prometí que sería el último animal que entraba en mi casa; mi hijo se caso al año siguiente y nos quedamos un poco más solos mi mujer y yo, después dos infartos con una diferencia de pocos meses me hizo cambiar de opinión, necesitábamos que otro perrito llenase nuestro hogar.

Y vino Morgan, bueno no vino fuimos a recogerle a un albergue situado en la carretera de Fuencarral al Pardo; allí estaba aquel loquillo de nueve meses enjaulado y fastidiado del estómago, su vida hasta ese momento no había sido muy agradable. Lo encontraron atado a un árbol recién nacido, después fue devuelto al albergue pues su carácter nervioso debió agotar a su anteriores dueños, dos veces fue devuelto hasta que llegamos nosotros. No lo pensamos dos veces y un doce de Octubre del 2007 la subimos al coche y para casa.

Los dos primeros meses fueron caóticos, no podíamos con él y mi mujer que fue la que más tiempo pasaba con a su lado estuvo a punto de devolverle al albergue, se nos escapaba, no podíamos con él y teníamos que llevarle atado sin poderle soltar en ningún momento, pero poco a poco se fue adaptando a nosotros y nosotros a él. Era el típico perro alfa, perro dominante que debía protegernos ante todos, especialmente de otros perros.

Después, una vez “domesticado” se convirtió en una reencarnación de la otras dos perritas que habían convivido con nosotros. Once años juntos, y al igual que las otras perritas vivía, dormía, viajaba y pasaba casi el cien por cien del tiempo con nosotros.

Y nuevamente el fantasma del cáncer se cebo con nuestros animales, de esto se acaban de cumplir cinco meses.
Filoxides

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