Los animales tienen un poder especial
y es la percepción del miedo y la bondad en el ser humano, especialmente los
perros. Yo he tenido la enorme fortuna de poder convivir casi medio siglo con
un perro a mi lado y puedo ratificar lo aquí escribo.
Mis perros se identificaron conmigo y
con los míos hasta formar una parte esencial de la familia. Cada uno en su
tiempo se adaptaron a las circunstancias familiares, Blondi mi primera perrita,
recogida de la calle cuido del bebe recién nacido y no permitía que ningún
extraño se acercase a la cuna, después le protegía cuando comenzó a caminar
avisándonos cuando se caía o tropezaba en casa con algún mueble, fue un gran
compañero que nos acompañaba en nuestros viajes a cualquier lugar que fuésemos.
La pobre comió veneno que algún
desaprensivo esparció por los jardines de nuestra urbanización, estricnina nos
dijo el veterinario cuando tuvo que operarla; en aquella época era muy
frecuente el utilizar este producto para fumigar jardines.
No pudo recuperarse de la operación,
duró apenas un mes desde que fue intervenida, mi hijo quedo muy afectado pues
tenía entonces pocos años y la perrita había sido una “nurse” para él, jugaban
juntos, dormían juntos y ella no se apartaba ni un metro de él cuando le llevábamos
a jugar al parque.
Fue una dolorosa perdida, nos costó
recuperarnos de esta perdida, pero los avatares de la vida hicieron que
encontrásemos a Sussi, otra perrita abandonada que estaba perdida y que llegó a
nosotros gracias a la intervención de la Diosa Diana, pues nunca he considerado
que exista la casualidad, sino que todo tiene un sentido aunque no lo sepamos
entender.
Sussi lleno la segunda etapa de mi
hijo, compañera de juegos de un chico de trece años que pasaba más tiempo al
lado de él que de nosotros. Se bañaban juntos en el mar aunque no le agradaba
mucho pero no se separaba de Pancho en ningún momento. Tuvimos mucho problemas
en aquellos tiempos para comer, cuando íbamos de viaje, en algún restaurante,
hasta el punto que hemos comido en una terraza, protegidos por un toldo
mientras nevaba con fuerza, o irnos a una punta lejana de la playa para podernos
bañar con nuestra perrita.
Su muerte nos hizo igual daño que la
anterior, un cáncer agresivo acabó con ella en muy poco tiempo, aunque su
deterioro era evidente ya tenía quince años y esa edad es mucha para un pastor alemán.
Me prometí que sería el último animal que entraba en mi casa; mi hijo se caso
al año siguiente y nos quedamos un poco más solos mi mujer y yo, después dos
infartos con una diferencia de pocos meses me hizo cambiar de opinión, necesitábamos
que otro perrito llenase nuestro hogar.
Y vino Morgan, bueno no vino fuimos a
recogerle a un albergue situado en la carretera de Fuencarral al Pardo; allí estaba
aquel loquillo de nueve meses enjaulado y fastidiado del estómago, su vida
hasta ese momento no había sido muy agradable. Lo encontraron atado a un árbol recién
nacido, después fue devuelto al albergue pues su carácter nervioso debió agotar
a su anteriores dueños, dos veces fue devuelto hasta que llegamos nosotros. No
lo pensamos dos veces y un doce de Octubre del 2007 la subimos al coche y para
casa.
Los dos primeros meses fueron
caóticos, no podíamos con él y mi mujer que fue la que más tiempo pasaba con a su lado
estuvo a punto de devolverle al albergue, se nos escapaba, no podíamos con él y
teníamos que llevarle atado sin poderle soltar en ningún momento, pero poco a
poco se fue adaptando a nosotros y nosotros a él. Era el típico perro alfa,
perro dominante que debía protegernos ante todos, especialmente de otros
perros.
Después, una vez “domesticado” se
convirtió en una reencarnación de la otras dos perritas que habían convivido
con nosotros. Once años juntos, y al igual que las otras perritas vivía,
dormía, viajaba y pasaba casi el cien por cien del tiempo con nosotros.
Y nuevamente el fantasma del cáncer se
cebo con nuestros animales, de esto se acaban de cumplir cinco meses.
Filoxides


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