Somos muchos los
españoles que amamos a nuestro país por qué
no nos gusta. Sentimos un enorme dolor ante todo aquello que de una
manera u otra daña su sentido histórico y su destino como Nación.
Los que ya
cercanos a los setenta años o los que han sobrepasado esta edad, acogimos la
idea del cambio político del setenta y ocho con enorme ilusión aunque con
cierta cautela por parte de una minoría que temía, con razón, que los viejos y endémicos
problemas de primeros de siglo (el XX) volvieran y con él los esperpentos habidos en los años treinta.
Nadie quiere
volver a vivir episodios como aquellos, aunque por sus hechos parece lo
contrario y lo que tantos esfuerzos de reconciliación nacional se aportaron por
parte de los vencedores y de los vencidos, hoy después de ochenta años vuelven
con diferentes personajes pero con las mismas siglas y los mismos rencores.
España no se
merece una clase política tan zafia y corta de miras, una clase apoltronada en
el poder a causa de una reglamentación que bajo la aparente idea de que las
provincias más despobladas tengan representación parlamentaria permite que unos
votos valgan más que otros, que unos ciudadanos por el hecho de pertenecer a
unas determinadas provincias terminen imponiendo su privilegio sobre el de los
demás.
Hay que asistir al
Parlamento para darse cuenta durante una sesión de cualquier índole de la
pequeñez de altura intelectual, de la endeblez argumental y de la falta de
miras de nuestros dirigentes, tanto del gobierno como de la oposición. No
existen oradores convincentes y menos aún ideas. Aquellos que dicen representar
al pueblo, desconocen a este pero en cambio se sirven de él para medrar,
enriquecerse y entroncarse en una casta que a ese pueblo le cuesta mucho dinero.
Funcionarios de
cualquier secretaria podrían llevar a cabo la labor de gobierno sin la
necesidad de este y menos aún de un parlamento compuesto por unos políticos de
medio pelo sin preparación alguna.
Nuestro cambio
político, desde la dictadura a la democracia, fue aplaudida por el resto de las
democracias europeas y americanas como ejemplar traspaso de poder desde un
bando que con extrema generosidad cedió ese poder sin enquistarse en él como
temían muchos, la otra parte moderó su discurso para adaptarse a los nuevos
tiempos, sin nostalgias con una fe en el futuro que hacían presagiar un cielo
abierto y despejado de aquellos nubarrones tormentosos que descargaron toda su
furia en una guerra fratricida dónde nadie ganó y todos la perdieron.
El futuro aparecía
ilusionante ante nuestros ojos, los más jóvenes y con cierto escepticismo de
los más viejos, pero que desde su experiencia y conocimiento colaboraron en ese
enorme proyecto que era el resurgir de España como nación moderna y democrática.
Aparecieron
políticos jóvenes que desde sus diferente posiciones defendían una visión de
España clara y diáfana, veían un futuro de progreso y lucharon por ello, no
citaré nombres pero en el corazón de todos estarán escritos siempre, los otros
los más veteranos se adaptaron a los nuevos tiempos y con el enorme bagaje de
su experiencia política colaboraron, tanto para frenar la euforia como para
corregir errores.
Esa clase política
venía a servir, muchos habían vivido la guerra, unos colaboraron en su
desarrollo y fueron partícipes de sus crímenes pero comprendían por ello que
eso no se podía volver a repetir y lucharon por esto.
¿Qué ha pasado
después? ¿Por qué se ha perdido el norte de la esperanza y del proyecto único?
España vuelve a
las andadas, llevada a ello por una banda de desaprensivos nacionalistas, que
vencidos por la policía y la ley se han instalado en el parlamento y en los
muchos parlamentos que conforman esta España invertebrada que es la España de
las Autonomías. Ya no hay terrorismo bandoleril de “aldeanos irredentos”, la
Iglesia está callada, por fin, pero
el cáncer del separatismo sigue carcomiendo el cuerpo de la Nación.
Aparecen en el
espectro político español nuevos partidos pero de ideas viejas, nuevos líderes
pero con discurso añejo, es el eterno retorno de lo mismo, la miseria humana se
ha vuelto a instalar en nuestras instituciones, el rencor, la envidia, la
bajeza moral y dialéctica se ha instalado con el ánimo de adueñarse del poder,
a ello colabora una televisión tolerante ante la injuria, la desfachatez y la
insidia, apoyándose en una vana igualdad de oportunidades ante las cámaras,
adoctrinan desde ella con el dinero de todos y nos machacan desde sus
respectivos canales con proclamas no ya contra el gobierno de la Nación en lo
que estarían en su derecho si no en destrozar la Nación que les sustenta.
Ante los graves
problemas que soporta la Nación, estos políticos de tres al cuarto se enredan
en nimiedades, leyes de todo tipo, prohibiciones ridículas, manifestaciones
chabacanas, etc. Pronto veremos y sufriremos algún comité en las Cortes con
algún ante proyecto para la salvaguardia del derecho de las moscas, la
prohibición de acabar con la cucarachas o en defensa del los derechos del
mosquito tigre, en esto o otras cosas parecidas emplean su tiempo los hombres
de la patria.
La Educación, la
Sanidad, el Empleo, la Seguridad Nacional, la Investigación, el Desarrollo
integral del Campo, la Despoblación, las Jubilaciones, el Amparo de los más Débiles,
esto es secundario para estos pro hombres que se protegen con altísimos sueldos,
jubilaciones millonarias y derechos de casta.
España es algo más
que todos estos trincones, es una Historia en común, un proyecto universal,
nuestra Historia está llena de grandezas y de errores, las primeras para ensalzar
y las otras para corregir y superar. España debe ser enseñada a sus hijos sin
vergüenzas ni rencores, sin miedos ni patrioterismo, y sin complejos. Somos una
gran Nación y por ello y a pesar de la mediocridad de nuestros dirigentes
saldremos adelante aunque tengamos que prescindir de estos.
Filoxides de Ursalia
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