sábado, 17 de febrero de 2018

España, un proyecto inacabado




Somos muchos los españoles que amamos a nuestro país por qué  no nos gusta. Sentimos un enorme dolor ante todo aquello que de una manera u otra daña su sentido histórico y su destino como Nación.

Los que ya cercanos a los setenta años o los que han sobrepasado esta edad, acogimos la idea del cambio político del setenta y ocho con enorme ilusión aunque con cierta cautela por parte de una minoría que temía, con razón, que los viejos y endémicos problemas de primeros de siglo (el XX) volvieran y con él  los esperpentos habidos en los años treinta.

Nadie quiere volver a vivir episodios como aquellos, aunque por sus hechos parece lo contrario y lo que tantos esfuerzos de reconciliación nacional se aportaron por parte de los vencedores y de los vencidos, hoy después de ochenta años vuelven con diferentes personajes pero con las mismas siglas y los mismos rencores.

España no se merece una clase política tan zafia y corta de miras, una clase apoltronada en el poder a causa de una reglamentación que bajo la aparente idea de que las provincias más despobladas tengan representación parlamentaria permite que unos votos valgan más que otros, que unos ciudadanos por el hecho de pertenecer a unas determinadas provincias terminen imponiendo su privilegio sobre el de los demás.

Hay que asistir al Parlamento para darse cuenta durante una sesión de cualquier índole de la pequeñez de altura intelectual, de la endeblez argumental y de la falta de miras de nuestros dirigentes, tanto del gobierno como de la oposición. No existen oradores convincentes y menos aún ideas. Aquellos que dicen representar al pueblo, desconocen a este pero en cambio se sirven de él para medrar, enriquecerse y entroncarse en una casta que a ese pueblo le cuesta mucho dinero.

Funcionarios de cualquier secretaria podrían llevar a cabo la labor de gobierno sin la necesidad de este y menos aún de un parlamento compuesto por unos políticos de medio pelo sin preparación alguna.

Nuestro cambio político, desde la dictadura a la democracia, fue aplaudida por el resto de las democracias europeas y americanas como ejemplar traspaso de poder desde un bando que con extrema generosidad cedió ese poder sin enquistarse en él como temían muchos, la otra parte moderó su discurso para adaptarse a los nuevos tiempos, sin nostalgias con una fe en el futuro que hacían presagiar un cielo abierto y despejado de aquellos nubarrones tormentosos que descargaron toda su furia en una guerra fratricida dónde nadie ganó y todos la perdieron.

El futuro aparecía ilusionante ante nuestros ojos, los más jóvenes y con cierto escepticismo de los más viejos, pero que desde su experiencia y conocimiento colaboraron en ese enorme proyecto que era el resurgir de España como nación moderna y democrática.

Aparecieron políticos jóvenes que desde sus diferente posiciones defendían una visión de España clara y diáfana, veían un futuro de progreso y lucharon por ello, no citaré nombres pero en el corazón de todos estarán escritos siempre, los otros los más veteranos se adaptaron a los nuevos tiempos y con el enorme bagaje de su experiencia política colaboraron, tanto para frenar la euforia como para corregir errores.

Esa clase política venía a servir, muchos habían vivido la guerra, unos colaboraron en su desarrollo y fueron partícipes de sus crímenes pero comprendían por ello que eso no se podía volver a repetir y lucharon por esto.

¿Qué ha pasado después? ¿Por qué se ha perdido el norte de la esperanza y del proyecto único?

España vuelve a las andadas, llevada a ello por una banda de desaprensivos nacionalistas, que vencidos por la policía y la ley se han instalado en el parlamento y en los muchos parlamentos que conforman esta España invertebrada que es la España de las Autonomías. Ya no hay terrorismo bandoleril de “aldeanos irredentos”, la Iglesia está callada, por fin, pero el cáncer del separatismo sigue carcomiendo el cuerpo de la Nación.

Aparecen en el espectro político español nuevos partidos pero de ideas viejas, nuevos líderes pero con discurso añejo, es el eterno retorno de lo mismo, la miseria humana se ha vuelto a instalar en nuestras instituciones, el rencor, la envidia, la bajeza moral y dialéctica se ha instalado con el ánimo de adueñarse del poder, a ello colabora una televisión tolerante ante la injuria, la desfachatez y la insidia, apoyándose en una vana igualdad de oportunidades ante las cámaras, adoctrinan desde ella con el dinero de todos y nos machacan desde sus respectivos canales con proclamas no ya contra el gobierno de la Nación en lo que estarían en su derecho si no en destrozar la Nación que les sustenta.

Ante los graves problemas que soporta la Nación, estos políticos de tres al cuarto se enredan en nimiedades, leyes de todo tipo, prohibiciones ridículas, manifestaciones chabacanas, etc. Pronto veremos y sufriremos algún comité en las Cortes con algún ante proyecto para la salvaguardia del derecho de las moscas, la prohibición de acabar con la cucarachas o en defensa del los derechos del mosquito tigre, en esto o otras cosas parecidas emplean su tiempo los hombres de la patria.

La Educación, la Sanidad, el Empleo, la Seguridad Nacional, la Investigación, el Desarrollo integral del Campo, la Despoblación, las Jubilaciones, el Amparo de los más Débiles, esto es secundario para estos pro hombres que se protegen con altísimos sueldos, jubilaciones millonarias y derechos de casta.

España es algo más que todos estos trincones, es una Historia en común, un proyecto universal, nuestra Historia está llena de grandezas y de errores, las primeras para ensalzar y las otras para corregir y superar. España debe ser enseñada a sus hijos sin vergüenzas ni rencores, sin miedos ni patrioterismo, y sin complejos. Somos una gran Nación y por ello y a pesar de la mediocridad de nuestros dirigentes saldremos adelante aunque tengamos que prescindir de estos.
Filoxides de Ursalia

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