Me animo
nuevamente a escribir simplemente por aburrimiento, el verano es muy largo especialmente
este y las meninges están algo irritadas, quizás sea por el exceso de calor y
porqué no por la excesiva ingesta de cerveza que aunque no haga el daño en la
dicción del porro sí que acorta la vida de esas pequeñas partículas que
conforman mi cerebro, así que cualquier diatriba, injuria, afrenta. Improperio o
pedrada ha de ser debida a este puñetero calor o al líquido amarillo orlado con una capa de dos a tres centímetros de
virginal espuma.
Y mientras la
vesícula me aguante, el hígado no me amarilleé la tez y siga meando fuerte y
claro seguiré escribiendo todo aquello que me dé la real gana y no me corte la
digestión. Dicen que los niños y los viejos dicen la verdad, a los primeros les
guía la inocencia y el desconocimiento de las maldades de la sociedad y a los
segundos, entre los que me encuentro nos guía la mala leche y una larga vida
viendo, soportando y aguantando como todo lo que te rodea se convierte en
mierda sin poder explicártelo o mejor dicho sin poder hacer nada para
impedirlo.
La idiotez va
unida a la sociedad actual como la caca a los pañales del niño, recogidita sin
que haya peligro de fuga pero mierda al fin y al cabo, todos nos apañamos con
nuestros pañales y algunos hasta con los del prójimo por esto de la buena
educación y la relación humana, pero al llegar a cierta edad bastante tienes
con las pérdidas de orina, el flato o algún arrobamiento estomacal como para
tener que aguantar la compostura y mucho menos para soportar flatulencias
ajenas.
Todo esto viene a
cuento por cierto artículo escrito en este medio dónde me mofaba de ciertos
personajes habituales en los medios de comunicación dedicados a lo que ahora se
viene llamando la “alta cocina”. En realidad solo me limité a copiar un
excelente artículo de un buen escritor que firma como Javier Muñoz y que al leerlo
lo hice mío por la total identificación con el escrito.
Aparece por los
foros televisivos un personaje con cresta a lo mohicano, pendiente marcando
oreja y nitrógeno líquido apuntando al puchero, su nombre lleno de faltas de ortografía
demuestra el afán de protagonismo del sujeto en cuestión, me evito el
pronunciarlo pues es suficientemente conocido. Pues al parecer el dichoso
artículo ha herido las susceptibilidades de lo que pudiéramos llamar la “beautiful
people” de mi pueblo, gente al parecer acostumbrada a comer en Maitia o tomar el vermut en Warehouse Madrid.
Yo no tengo nada
en contra de la gente guapa, me encanta que bajen al chiringuito del río
enfundándose la garganta con un Hermes de seda haciendo juego con unos pantalones
rotos de Armani, blusa de Tommy Hilfiger y zapatillas de New Balance y su
capacidad de aguante pues se pueden mantener con una coca cola más de dos horas
de concierto, eso sí es autodominio y no el mío que a la media hora llevo un
litro de cerveza engullido y con ganas de repetir.
Hemos llegado a un
grado de imbecilidad propia del nuevo rico o mejor dicho una perfecta síntesis
de horterez y cursilería, nadie quiere aparentar lo que es en realidad, ni la
edad que tiene o las cicatrices que la vida le va dejando, ósea unos no saben
cómo ponerse cómodos y otros como quitarse años y yo como quitármelos de
encima.
He de reconocer
que me siento más tranquilo entre estas personas que no con aquellas que hacen
de la horterada su medio de vida pero termino cansándome de los unos y de los
otros, en fin cosas de la edad. Yo prefiero a mi edad un poco de discreción, un
adarme de sencillez y un pelín de humildad, con estas tres “virtudes” uno
encuentra tranquilidad, estabilidad y sosiego, se retrotae a sus orígenes cuando
se bajaba en familia en verano a los merenderos cercanos con la tortilla de
patatas de la mejor gourmet del mundo que era tú madre, cuartelera pero buena
cocinera aunque se le olvidará la sal o se excediera con ella, los filetes
empanados y las ensaladas con tomates que curiosamente sabían a tomate, nada de
kétchup, salsa americana o chorradas similares. Vino tinto con gaseosa o sangría
los más pudientes, en plena armonía vecinal sin envidias pues lo bueno que
tiene la pobreza es la igualdad, por eso la aplica tanto el marxismo y la
alienta más, así no hay problemas, todos pobres todos iguales.
Termino mi
bocadillo de chorizo y panceta (léase beicon), me pido otra cerveza, y van…..
me apoltrono en mi silla, pues yo bajo al río con mis armas, y me dejo arrobar
por la voz cristalina de una rapaz de poco más de veinte años que canta como
los ángeles (es una metáfora) acompañada de un excelente grupo, armónica, batería
y teclado que me transportan a un mundo idílico (otra metáfora) eso sí ayudados
por una buena ración de cerveza.
Me fijo un poco y
creo que me debo comprar unas zapatillas nuevas estas me han dado muy mal
resultado, tendré que reclamar a la gitana del mercadillo.
Filoxides
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