Creíamos equivocadamente que Vitra había sido decapitada, en nuestra
ciega vanidad los deseos prevalecen sobre la lógica elemental. Es tares imposible
andar el camino de lo efímero e ilusorio a la realidad y la eternidad o tratar
igualmente de seguir la senda que de la muerte nos lleve nuevamente a la vida.
Muy al contrario, el escenario se presta más a la comedia con todas
sus variantes que a la trágica realidad de la existencia. El hombre ya no busca
la divinidad ni se esfuerza en la excelencia solo el rédito del éxito rápido y
efímero, la cantidad sobre la calidad, el sarcasmo ante la ironía, la moralina
encubridora de toda moral religiosa sobre la libertad de pensamiento y
afirmación del ser.
¿Quién es el causante de este retrotraerse espiritualmente? La
sociedad, esa es la culpable de todo, diría un intelectualoide henchido de
soberbia racionalista. Y… ¿Quién ha formado, amasado y construido esa sociedad
declarada culpable de todos y cada uno de los males que nos aquejan?. ¡Ah, eso
no nos corresponde a los intelectuales! Respondería otro del mismo redil, eso
es simplemente un proceso normal de las sociedades degeneradas por el consumo y la libertad.
La libertad, esa vieja voluptuosa que se nos escapa a poco que nos
demos cuenta o que nos dejemos llevar por aquellos que dicen defenderla. Yo
temo tanto o más a los que en el albor de la lucha pronuncian la palabra
libertad que aquellos que la buscan entre el somier de su cama.
El Caos poco a poco retorna como las aguas de la lluvia por el antiguo
cauce del río, primero hace acto de presencia el actor secundario con su
cohorte de alcahuetas rellenando el escenario, vocingleros histriónicos que
entre adulaciones serviles dan paso al actor principal, al Rey del Caos, el que
llevará el peso de la obra hasta su final, un final insospechado por la masa
que desde el patio de la vida se acomoda, se ajusta la yunta y se prepara para
el engorde o el sacrificio como corresponde a cualquier bóvido castrado.
Aplaude sin parar mientras escucha aquello que el regidor de la obra pone en
boca del actor y que se ajusta a su entendimiento.
Un derrumbe de certezas, acaso de ideales y creencias trae el nuevo
teatro de la vida, el se autoproclama existencialista, se empapa de Sartre o de
Heidegger o de ninguno de los dos, piensa que la razón está en la plena
existencia y considera a esta como la razón absoluta, sin más. La comedia está
servida, la yunta ajustada, el público en su sitio la crítica recordando las
consignas de Gorki, preparada para satisfacer
la mano que la sustenta. El rebaño entregado a la obra, dará la vida si
es necesario por ella, se inmolará si esto es requerido por el autor.
Mientras tanto una minoría permanece fuera de ese monumental teatro
que los años de racionalidad han creado, teatro que se construye constantemente
sobre las bases y cimientos de otros anteriores relegándolos al olvido, sin
tener en cuenta que en ellos se representaron obras de calidad o mediocres
según criterios, gustos y modas, esa minoría lo sabe, recuerda obras anteriores
de Tolstoi, Calderón, Pasternak y hasta del mismo Gorki antes de su “conversión”.
Desfilan los cadáveres por el Aqueronte, mientras que una masa de
incendiarios alaban a Azael. ¡¡Bienvenido Azael libertador!! Mientras saquean,
queman iconos, destrozan enseres. Cientos de Azaeles han ollado la tierra con
el mismo propósito, destruir, saquear, arrasar, devorar si es preciso el cuerpo
del adversario, extraerle las entrañas último reducto de la libertad personal,
prometen un nuevo mundo que viene a ser el mismo pero deformado en esencia y
sustancia, profetas de la nada que llenan el río de los muertos de cadáveres y
más cadáveres.
Fina lluvia cae sobre la calle infectada de mendigos, ajenos al
bullicio del teatro del viejo Epidauro, los carruajes transportan a elegantes
damas y esbeltos caballeros, el cochero fustiga a los caballos y los edecanes
apartan a los pordioseros, es un mundo sobre otro que no desprecia la
diferencia como las sociedades religiosas o racistas sino que le repele la
pobreza. Se bajan damas y caballeros y entran en el gran salón. ¿Actúa Sarah
Bernhardt? ¿ Quien interpreta a Valerio, el gran Boris Karloff? El olor a
pobreza queda afuera, el contagio es lo que se teme más que la enfermedad en
sí.
Las maravillas son muchas, y ninguna más mayor que el hombre. Su poder
abarca el mar, incluso se levanta blanco antes de los temporales del viento del
sur y hace un sendero bajo el oleaje que amenaza con tragarlo…… Estoy completamente convencido que hoy día
Antígona se retractaría de sus palabras. Me quedo más con aquello de que el
hombre es un lobo para el hombre del vidente Plauto, el egoísmo es el punto
esencial de la conducta humana ¿No es así, Hobbes?.
Quizás por ello haya que superarlo, antes que ese enjambre de actores
secundarios, grey bronca, arrabalera y oscura lo arrase todo y a todos,
mendigos incluidos. Ese terror revolucionario que abanderan los plutócratas y
funcionarios, deseosos de acabar con la individualidad, el reino de la cantidad
sobre la calidad, el siervo al servicio de la demagogia, o la demagogia misma
con forma humana.
Cesa la lluvia, la noche cae, el temor se apodera de las criaturas del
bosque, la astuta serpiente de refugia en su nido, el pájaro se acurruca en la
rama, el árbol duerme se siente seguro sus raíces se asientan bien en la
tierra, lleva años, muchos años así, es fuerte y esa fortaleza la transmite a
todo ser viviente, no teme a la tala ni al incendio, él renacerá después más
fuerte y esbelto, el incendiario se pudrirá en la nada.
Filoxides
el Viejo
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