Tener una razón para vivir, esa era la máxima de Corvino Báez. Uno no
supo nunca cual era aquella razón pero supongo que dada la compleja
personalidad de Corvino esta debía cambiar según soplase el viento.
Me llego la noticia de la muerte de Corvino una tarde de este caluroso
mes de Agosto, una casualidad hizo que esta me llegara de la forma más extraña,
nunca pensé que aquel viejo profesor de Teatro por los años sesenta siguiera
vivo y menos que se encontrase viviendo en Paris, la casualidad hace cosas
sorprendentes y una de ellas es encontrarse con un sobrino de Corvino en el
vecindario, una conversación sobre el tiempo en una cafetería del pueblo derivó
hasta Corvino sin pretenderlo por ninguna de las dos partes.
Al parecer Corvino Báez tuvo que salir por piernas allá por los
primeros años setenta al estar enredado en un lio de faldas con la mujer de un
prominente político y según las malas lenguas con la hija de este también, una
joven carnosa y algo ligera de unos veinte años de edad.
Corvino marchó hacia Barcelona esperando que las aguas se calmasen y
con los cambios de gobierno en aquellos momentos hicieran que las prioridades
del ofendido fueran otras, pero no fue así y una noche la guardia urbana fue a
la pensión dónde vivía en la Calle Trafalgar a por él, la suerte algo que casi
nunca le ha fallado hizo que se pudiera escapar saltando por un patio interior
hasta la calle y de allí aprovechando sus amistades poner tierra de por medio
hasta llegar a Francia.
Decía emulando al Marqués de Bradomín aquello de: “Yo aspiro a hacerme
célebre por mis pecados”. Y lo consiguió. Dice su sobrino que consiguió
estrenar dos obras de teatro en Paris de tinte escandaloso por lo que fue
multado y una de ellas retiradas de cartel, pero su suerte le siguió
acompañando y gracias a sus relaciones con el bajo mundo consiguió salir
adelante en un cabaret con pequeñas obras claramente pornográficas que le
dieron fama y dinero.
Alcohólico desde hacía muchos años se codeaba con toda clase de
truhanes, viciosos y la peor calaña de los suburbios parisinos. Estuvo varias
veces hospitalizado por heridas de arma blanca pero solo le hicieron alguna que
otra cicatriz de las que luego presumía entre las prostitutas y los travestis
que fueron los últimos “amigos” de su vida.
No obstante este Sátiro tuvo su pequeña gloria cuando tenía necesidad
de dinero y le pedían algún poema pues aquel viejo pervertido era ante dodo y
sobre todo un gran poeta. Presumía haber tenido amistad con el hijo adoptado de
Cocteau Eduart Dermit aunque este hecho parece improbable, pero Corvino solo
por el hecho de haber tomado café en la mesa de al lado de un famoso le parecía
un gesto de amistad.
Al parecer mantuvo cierta correspondencia con Sartre y con otros
escritores de moda en aquellos años, espero que su sobrino pueda conseguir todo
lo que su tío dejó ya que es el único pariente conocido del estrafalario personaje.
Solo recuerdo de él, cuando hacía mis pinitos en el mundo de la
interpretación un apunte que añadió al personaje de Valerio en la obra de
Moliere El Avaro dónde escribió: “Este personaje lo debe interpretar un memo y
aquí tengo una banasta llena”. En aquel momento me fastidió bastante pero
después comprendí que llevaba razón que mis pasos no debían ir por ese camino,
yo no estaba dotado del arte de la interpretación y aquella aventura acabó tal
y como empezó, un papel, no lo hice mal del todo y desaparecí por el foro.
Luego le ví alguna vez por el Café Gijón dónde intentaba “pegarse” a
cualquier tertulia dónde le pudieran pagar un café o un güisquito con poco
hielo.
Cuando paso lo del político se hablo bastante en cenáculos próximos al
mundillo del espectáculo pero sin más, de Corvino nadie se acuerda excepto la
"casualidad".
Le he pedido a su sobrino por favor me consiga su obra, mi curiosidad
es enorme sobre este hombre considerado por todos como un truhan, frívolo,
mujeriego y borracho o sea todo un personaje.
Filoxides
El Crítico
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